miércoles, 3 de marzo de 2010

Puedo escribir los versos más tristes esta noche




Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Seguramente, los chilenos hoy necesitan, como nunca, a su Pablo Neruda, para que les escriba versos tristes. La tierra rugió; la mar invadió; la gente sufrió. Y sufre, camina como alma en pena por parajes llenos de escombros y olor a tragedia.

Lo llaman el país más largo del mundo. Flaco, pero largo. Lleva sobre sus hombros una historia de reciedumbre, de coraje, de dolor y empeño. Una y otra vez, los chilenos se han levantado de entre la destrucción para construir una patria que lo sea para todos. Han sufrido dolores viejos y dolores nuevos. Han sentido sobre sus espaldas los latigazos de la dictadura. Y se han levantado, haciendo del Chile de hoy una de las democracias más sensatas e inteligentes del planeta. Llevan años lamiéndose las heridas y curándose angustias.

Hoy las “guagüitas” lloran. Sus madres las acunan en su pecho, a ver si el llanto se agota y logran dormir el sueño de los inocentes. Los pescadores miran el mar. Y se preguntan: ¿por qué tú, inmenso mar, que me das de comer todos los días, hoy te enfureciste y quisiste arrancarme la vida? Más allá, en las ciudades, las parejas jóvenes quieren entender por qué la tierra se sacudió destrozando sus años de esfuerzo. Los mayores, esos a quienes otrora se les llamaba ancianos, quieren llorar y no pueden. El alma les dice que tienen que dar ejemplo.

“Fuerza, Chile” dice una pancarta que veo en la televisión. Hay que inyectar esperanza. “Unidos nos levantaremos”. Sabia y sentida frase que no tiene sabor a lugar común sino a convicción de pueblo.

“Estamos aquí, con mi hija de siete años apenitas, para que caundo sea mayor pueda decir que sus papás, luego del terremoto, se quitaron la mugre y empezaron a limpiar escombros y a reconstruir”. Eso declara a la televisión una muchacha de unos treinta años en Concepción. Valiente.

Los uniformados están en la calle. Costó tomar la decisión. Fueron muchos años de temerles, muchos los años de sentir que eran enemigos. Hoy son los protectores. No los dueños. Son los que vienen para responder a la necesidad de socorro. Una minoría de saqueadores y pillos de la peor calaña pretendieron hacer fiesta oportunista en medio del dolor colectivo. Los chilenos dijeron No.

Veo las imágenes en la televisión. Al más duro se le tiene que partir el corazón. Tengo en mi portafolio de querencias a varios chilenos. Algunos vivieron en Venezuela y nos quieren. Mucho han pensado en nosotros cuando la angustia nos ha tocado la puerta. Hoy cuando el dolor les entró de golpe de madrugada, nuestros rezos están con ellos. Su tristeza la hacemos nuestra.

En alguna parte, entre las nubes de algodón de azúcar, Pablo Neruda mira hacia abajo, hacia su tierra. “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, dice el gran poeta. Es su forma de llorar.

martes, 2 de marzo de 2010

“Símiamor”

Como andamos en tiempos electorales, y aunque ello sea violación a las leyes que rigen la materia, se multiplicarán las cadenas del “comandantepresidente”. De seguro en ellas nos sorprenderá con algo, pero en líneas generales nos aburrirá como sólo él sabe hacer. Algunos habremos de calarnos las interminables horas de su tóxico verbo, no por gusto sino por razones de trabajo, y seremos testigos de no pocas gracias de las focas domesticadas que constituyen el “espontáneo” público. Veremos algunos gestos de admiración, algunas risas, algunas caras lánguidas, algunas improvisaciones y muchas inclinaciones de cuello. Es decir, rutina.

“Como usted ordene, mi comandante”, “… así será, mi comandante”. Frases así son pan de cada día en este país. No son dichas tan sólo por miembros de las FAN, que si a ver vamos alguna justificación tendría. Son harto más frecuentes en los civiles en puestos gubernamentales y de estado. En este circo, todos estás amaestrados.

El presidente no gobierna. Comanda. Gira órdenes que deben ser acatadas al punto, so pena de vejación pública o hasta destitución ipso facto. Eso no debe sorprendernos dada la inexistente educación civilista del que te conté. Lo que asombra y ofende es ver a civiles acatando órdenes como si fueren pulgas de circo. Peor aún es ver a mujeres sometidas por el macho con botas y dejándose ningunear como si estuviéramos en tiempos de Trucutrú.

No importa si es el Palacio Legislativo, la Plaza Bolívar, el páramo andino o una calurosa avenida de Barquisimeto. El “jefe” no ha terminado de dar una orden cuando el interfecto pone de cara de cachorrito en adiestramiento y procede a soltar alguna frase que revele su domesticación. La cosa se enreda cuando el asunto es de regaño. Entonces el aludido pasa aceite. Puede verse nudos en su garganta y alguna lagrimita lucha por mantenerse en el ojo. Tienen razón en su sumisión. De no complacer al mandamás, pueden pasar de “protegidos” a “descastados”. Y como fuera del gobierno no conseguirían chamba ni de peladores de mandarinas, la “jalada” está justificada. Es trágico un país donde sus funcionarios públicos sean piñatas pintadas de rojo. Es tal la sumisión que cualquier día de éstos ante una orden del jefe les va a traicionar el subconsciente y la respuesta será “símiamor”.

lunes, 1 de marzo de 2010

"Tengo que sobrevivir" - Germán García Velutini


El jueves 25 la familia Fe y Alegría celebró una Eucaristía de Acción de Gracias por la reciente liberación del Sr. Germán García Velutini, miembro de la Junta Directiva de esa institución, quien fue secuestrado ese mismo día del año anterior. La homilía corrió a cargo del P. Manuel Aristorena (Piedra) y del mismo Germán. A continuación publicamos las palabras de Germán:

«Al analizar que estaba secuestrado, lo primero que se me ocurrió fue dar gracias a Dios por haberme dado 54 años de vida feliz, con una familia excepcional y que, quizás, era el momento de tiempos difíciles y de sufrimiento. Que ese sufrimiento debía ofrecerlo a Dios en mi corazón y por muchas personas que, en ese instante, transitaban por situaciones más difíciles que las mías. Pedí a nuestro Señor que me diera la fe y la fortaleza necesaria para afrontar esta nueva circunstancia de mi vida y para que también, a toda mi familia, en especial a mis hijos e hijas, les diera esa fe y fortaleza que iban a necesitar. Pedí a mis captores que me dieran una Biblia, a lo que accedieron, y a los pocos días me la entregaron. Comencé a leer, empezando por los Evangelios, las cartas de los apóstoles, el Antiguo Testamento, y así de marzo a agosto la Palabra de Dios fue mi compañía durante muchas horas al día. Y descubrí que hablamos a Dios cuando rezamos y que oímos a Dios, que nuestro Señor nos habla, cuando aceptamos SU inspiración, cuando dejamos guiarnos por EL, cuando leemos sus palabras. Más de una vez, asaltado por una duda o por un interrogante, y mientras pensaba, me sucedía que al día siguiente o algunos días después recibía respuesta; un pensamiento, una lectura. Así conseguía una paz que me es imposible explicar, paz que sólo se siente internamente. Y en esos momentos, una inmensa felicidad de estar con Nuestro Señor se hacía presente.

Les cito un par de ejemplos:

Al comienzo del cautiverio estaba sumamente deprimido por considerarme una “mercancía”. Analicé lo humillante de un canje Persona vs. Dinero. Me preguntaba: ¿Por qué me ocurrió esto a mí, qué sentido tenía este encierro? La respuesta de Papa Dios no hizo esperar: Los secuestradores me enseñaron la noticia de la rueda de prensa de Fe y Alegría. Y me dije: Allá afuera hay gente esperando a que regrese. Tengo que sobrevivir. En una de las cartas de San Pablo leí ese mismo día: Dios coloca a cada miembro de la iglesia en el sitio que le corresponde. Y me dije: mi sitio es ahora y aquí, rezando por mi prójimo. Desde ese momento mi vida adquirió un sentido positivo: que, aunque solo y sin hablar con nadie, podía hacer algo útil por los demás. Supe que mi oración llegaba a las personas de afuera, de ustedes, me mantenía con fuerzas.

Otro momento fue a finales de agosto. Por alguna razón, me quitaron todas las lecturas, la colchoneta que tenía, y me redujeron las comidas. Pasé un par de días, muy largos, buscando cómo podía sacarle provecho a esa situación. Le pedí a Dios su ayuda. De nuevo su respuesta: Se me ocurrió, como había leído y releído tantas veces la Palabra de Dios, volverla a leer en mi mente. Pese a mi mala memoria, no sólo leí sino que analicé la razón de ser y el porqué de pasajes que recordaba, les busqué aplicación para mi vida. Nuestro Señor me dio la memoria, me dio SU COMPAÑÍA y la compañía de Nuestra Madre Querida, la Virgen, para acompañarme día a día.
Me llenó la certeza que mi vida solitaria, sin mediar palabra con nadie, tenía un sentido. Que lo importante en la vida es servir a nuestro prójimo, y que nuestra oración llega a los demás. Que sí hay una comunicación espiritual con Dios y con todos ustedes, y que esa oración es una forma de servir a los demás. En diciembre me volvieron a dar la Biblia y, además, me regalaron una estampa de San Miguel Arcángel. Este hecho me convenció que los secuestradores también son hijos de Dios y que no nos corresponde a nosotros juzgarlos. Que, para evitar situaciones similares a ésta y transformar a las personas, el camino no es la represión ni la venganza. Que el camino es la enseñanza de la Fe y el Evangelio a niños y jóvenes. Es aceptar a Dios en nuestros corazones y llevarlo al corazón de nuestros niños y jóvenes. Es pedir a Dios que nos cuide y bendiga para que estemos completamente unidos entre nosotros y con Jesucristo, y así demostrar que a través de una Fe y Alegría podemos construir un mundo mejor.»

jueves, 18 de febrero de 2010

Mentiras que parecen verdades


Muchas veces caemos en las trampas de las mentiras por la sencilla razón que necesitamos creerlas, acaso porque confrontar las verdades nos resultaría francamente insoportable, intragable y hasta bochornoso. Pero el que la ingenuidad nos tome por su cuenta, nos revuelque una y otra vez, nos queme la piel, no disculpa en modo alguno a los mentirosos, y menos si sus mentiras tienen que ver con nuestra calidad de vida.

No hay mentiras buenas o blancas cuando se trata del ejercicio de gobierno. Engañar a los ciudadanos, embaucarlos, presentar cifras falsas o adornadas, todo eso es estafa política… y de la peor factura.

¿Cuántos venezolanos creyeron en la miles de promesas bonitas repetidas hasta el cansancio en programas de televisión y en cadenas nacionales? ¿Cuántos venezolanos compraron los juramentos y estuvieron dispuestos a esperar y esperar? ¿Cuántos se rindieron ante la magia de un hombre desplegada en caminos mediáticos asfaltados con millones de dólares?

Yo, que jamás creí en el hombre ese y que lo adverso desde que apareció en la escena aquel patético día de febrero de 1992, creo sin embargo que la ingenuidad de millones no puede ser penalizada con el “los pueblos tienen el gobierno que merecen”. No creo que pueda disculparse por esa vía el oportunismo rampante en que se montaron algunos cientos para exprimir a un pueblo cuyo único pecado ha sido creer con fe en las mentiras de abusadores y destructores de la democracia.

La gente está justificadamente decepcionada. Le prometieron villas y castillos, felicidad y progreso, y lo que ve es un país seco, oscuro y agrietado comandado por una sarta de ineptos y de corruptos. A la gente le prometieron igualdad y lo que ve es aumento de la ranchificación. Le prometieron educación de calidad y lo que recibe es pura mediocridad, puro 10 es nota y lo demás es lujo. Le prometieron un sistema de salud que sería la envidia hasta de los canadienses. A cambio, le entregaron un peor es nada, un sálvese quien pueda. Le juraron que habría desarrollo y hoy en Venezuela lo que abunda es la quiebra de empresas y la expropiación ilegal y una economía que debería ser boyante está más bien abollada. A los venezolanos les prometieron seguridad y hoy el mayor lujo del que alguien puede presumir es el de llegar vivo de vuelta a casa.

Y del desastre de la electricidad y el agua, eso no hay cómo describirlo. ¡Es que no son más inútiles porque no entrenan! ¿Será que creen que si no hay luz no veremos sus incompetencias?

Hay que poner las cargas de la responsabilidad sobre los hombros de quien toca. Dejar de echarle la culpa al pueblo.

Por tanto, a la frase “¡que se frieguen!” (que escucho y leo con demasiada frecuencia), sólo cabe una respuesta: “no, que el castigo vaya para el verdadero culpable”. Lo contrario es autogol, o como se dice en los pueblos, escupir para arriba.

Las próximas elecciones son precisamente eso, una oportunidad magnífica para pasar factura, para regañar y castigar. Sacar a una buena parte de los diputados manganzones de esas curules que ellos han tomado por asalto y convertido en cuevas de Alí Babá es la meta. Pero el objetivo es sentar a gente seria, preparada, honesta, y caraj…., decente.

Haga un ejercicio, amigo lector. Sintonice ANTV los martes y los jueves, y vea completica una sesión de cámara. Verá la clase de diputados que hacen la mayoría y que junto con la camarilla de Miraflores llevan este país por el camino de la amargura. Entenderá por qué le digo que a las focas domesticadas hay que sacarles tarjeta roja y darles boleto de partida para no volver.

jueves, 11 de febrero de 2010

El egócrata

“Exprópiese”, grito orgullosamente el egócrata mientras se pasillaneaba muy “forondo” por la plaza aquella soleada mañana de domingo. Miraba para todos lados, y la sonrisa la exhibía sin reparos, como para que no quedara dudas sobre el placer que estaba sintiendo al confirmar que sus deseos serían cumplidos de inmediato, sin rechistar, por el subalterno alcalde capitalino.

Digno para un estudio de Freud, el egócrata está absolutamente persuadido que el país no sólo le pertenece, sino que sus habitantes deben agradecer que les conceda graciosamente la oportunidad de vivir en él y además de disfrutar de su compañía. Suele hablar en primera persona del singular. El es el protagonista. Todo gira en torno a él. El es el pueblo. El pueblo es de él.

El egócrata hace las leyes, y como las hace tiene además el derecho a violarlas cuando y cuanto le parezca y en el modo en que quiera. Vive y se alimenta de golpes de efecto, disfrazados de golpes de afecto. Su lenguaje es rabioso y virulento. Vive de batalla en batalla, de guerra en guerra, de golpe en golpe. Habla de amor con la daga en la mano.

El egócrata se cree superior, pero en realidad padece severo complejo de inferioridad, un sentimiento en el cual de un modo u otro una persona se siente de menor valor que los demás y hace todo lo posible para disimularlo. Al egócrata le gusta llamar la atención hacia sí mismo. Gusta destruir la imagen de otros para resaltar la suya. Muestra y abusa de su autoridad sobre los más indefensos y está obsesionado con el poder. Siente envidia hacia otros, muy en particular hacia quienes estando en posición de autoridad le ignoran.

El tiene que marcar la agenda. Más aún, él es la agenda. Hará cualquier cosa por convertirse en el foco de atención. Nada le produce más desazón que no estar en la primera plana de los periódicos.

El egócrata usa los instrumentos de la democracia para establecer su egocracia. Es perfectamente capaz de torcer el significado de cualquier precepto constitucional, cualquier ley del rango que sea, cualquier decreto, cualquier reglamento para hacerlos calzar con sus caprichos y deseos.

Para el egócrata dormir o descansar es peligroso. Si lo hace, corre el riesgo que alguien pueda intentar quitarle el poder. En su paranoia, ve fantasmas por todas partes, escondidos en los resquicios. Desconfía de todos y de todo.

El egócrata convierte el ejercicio gubernamental democrático en una pantomima, en un sainete de pésima escritura. En su proceso de alucinación constante, no se percata que lleva en su interior la destrucción, y además, la autodestrucción.

Camina el egócrata hacia su propio infierno, ése en el que se consumirán su yo, su ego y superego. Y entonces, sólo entonces, dejará de construir infiernos. Y entonces, sólo entonces, ese país doned el egócrata manda podrá volver a florecer desde las cenizas.

viernes, 5 de febrero de 2010

¡Bienvenido seas, Germán!


Durante los casi 365 días que estuviste secuestrado, hice lo púnico que podía hacer: rezar. Al San Antonio le pedía por ti, para que te diera la fortaleza y la fe que te era imprescindible para aguantar. Le pedía por tu familia, tu mamá, tus hermanos, tus hijos y tu larga y tan unida parentela, para que no perdieran jamás la esperanza. Le pedía por nosotros, tus amigos, para que no cayéramos en el horror de acostumbrarnos a tu ausencia y te extrañáramos sin cesar. Todos los días encendía una vela. Quería pensar que Dios y San Antonio escuchaban mis plegarias. Recurrí también a nuestro gran poeta, el dulce Andrés Eloy. Buscaba en sus versos la frase, la palabra, el verbo que pudiera describir con precisión la angustia que se me había estacionado en el alma.

Hoy estás de vuelta. Y mis lágrimas, antes de dolor, son ahora de alegría. Son de fe y alegría. Y otro poeta acude en mi auxilio. Tú sabes que yo siempre ando leyendo versos. No ahora, que cada mes me tengo que pintar las canas, sino desde esa época en la que tú y yo éramos adolescentes. Me permito la licencia de tomar unos versos de Benedetti, y adaptarlos. Los leo y pienso en ti.

Se me ocurre que vas a llegar distinto
no exactamente más lindo
ni más fuerte
ni más dócil
ni más cauto
tan solo que vas a llegar distinto
tu rostro es la vanguardia
tal vez llega primero
no olvides que tu rostro
mira como pueblo
sonríe y rabia y canta
como pueblo
y eso te da una lumbre
inapagable
ahora no tengo dudas
vas a llegar distinto y con señales
con nuevas
con hondura
con franqueza


Bienvenido, querido amigo. Bienvenido.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Ciego, sordo y testarudo

Si Chávez hubiera hecho caso durante todos estos años a nuestros muchos consejos, hoy tendría un mejor gobierno y estaría sólido, al punto que hoy podría, como Uribe, darse el lujo de escoger si reelegirse o no. Y ya habría pasado a ocupar el sitial que reserva la historia a los triunfadores. Gozaría del respeto nacional e internacional. Pero no. Pudo más su tozudez, sus caprichos, sus manías, su desmesurada egolatría, su inagotable y rutilante egocentrismo.

Nada de lo que está ocurriendo sorprende. Todo le fue advertido, a viva voz y por escrito. Se le dijo, en todos los tonos y modos, que tanto en la abundancia como en la escasez la eficiencia del gobierno en la gestión pública marcaría la diferencia entre el éxito y el fracaso. Que su revolución fallaría si no producía algo más que un espejismo revanchista. Se le advirtió que convertirse en una suerte de Robin Hood de la tropicalidad sólo le conduciría al más contundente y estrepitoso fallo, aunque el brillo de los aplausos confundiera. No entendió que, como dijo Balzac, “la fama es el sol de los muertos”. Se le dijo que destruir el aparato productivo nacional y estatizar hasta las arepas sólo llevaría al país, y a su gobierno, a una situación de quiebra técnica. Se le aconsejó mirar hacia adentro y dejar de regalar los dineros públicos a otras naciones mientras en el país hubiese tanta penuria. Se le ofrecieron cientos de planes para elevar la calidad de vida de los venezolanos, miles de programas para combatir la inseguridad, docenas de documentos contentivos de análisis situacionales, toneladas de proyectos inteligentes para combatir la corrupción, montañas de planes para convertir el sistema de justicia en uno que cumpliera su cometido. Tantos y tantos fueron los intentos de aportar soluciones por parte de la oposición que no pocas veces fuimos acusados de “colaboracionistas”. Nuestras denuncias siempre estuvieron preñadas de propuestas. Me consta. Yo misma he formado parte de esa oposición “proposicionista”.

Chávez se negó a ver. Fue ciego ante lo que la realidad le ponía frente a sus ojos. Se negó a escuchar. Fue sordo ante los muy sonoros llamados de la sociedad a la rectificación. No contento con ello, se empecinó en un pleito inútil y en un torbellino de pasiones insulsas que hoy le pasan costosas facturas. Fue testarudo. Hoy el pueblo siente hartazgo, desilusión. Uno camina por cualquier parte, y escucha sin parar el “yo creía”, conjugación del verbo creer en el más imperfecto de los pretéritos. Pero en lugar de entender la situación, en vez de detenerse a pensar y a meditar, Chávez eleva su ego. Se enfurece y en su paranoia ve fantasmas por doquier. Cree que Miraflores es el Olimpo. En su desgastado “por ahora”, es tal su incapacidad para evaluar la realidad que cree que nada hemos aprendido en estos años de desdicha. Se equivoca.