La canción de unas chicharras acompaña mi escritura. Están alborotadas. Buscan amor en un país donde cada vez escasea más el cariño. Por eso cantan. Yo las escucho con la paciencia que no me abunda y que trato de cultivar. Porque si algo se necesita en este país es paciencia. Porque sólo siendo pacientes y perseverantes saldremos de este despelote monumental.
Cantan las chicharras. En todo el territorio nacional. Mientras lo hacen, el gobierno arrecia en sus ataques. Nada sacia su deseo codicioso de deglutir todo cuanto de bueno haya en este país. Con una estrategia de matones mafiosos, fueron a poner presos a unos carniceros. Así que aquello de “vamos contra los ricos” no va más. Aquí está instalado el “sálvese quien pueda”.
Y cantan las chicharras.
En Yaracuy, la finca de Diego Arria, en plena producción, es objeto de la malsana ejecución de un procedimiento de confiscación. A Diego le cobran así su crítica a este gobierno.
Y cantan las chicharras.
En el Tiznao, por allá por los campos andinos, unos campesinos se aprestaban a sembrar, luego de haber preparado la tierra para ello. No sabían que recibirían la “visita domiciliaria” del INTI, con la orden de parar toda labor hasta tanto ellos, los genios del gobierno, decidan qué se va a sembrar allí y sean ellos mismos, los del gobierno, quienes lo siembren.
Y cantan las chicharras.
Entretanto, Franklin Brito, el productor agropecuario, cumple 144 días de estar recluido en contra de su voluntad y 66 días de que empezó su última huelga de hambre, el 1 de marzo.
Y cantan las chicharras.
En Maracay, el gobierno se coge el Country Club. Así nomás. Sin derecho a pataleo. Es que le gobierno es guapo y apoyao’. Ni la Fiscalía ni los tribunales le ponen preparo. Y por eso en este país el gobierno hace lo que le dé la gana. El asunto va más allá. Leemos en la prensa que Las instalaciones del Country Club de Maracay ya se encuentran bajo el control del Gobierno de Aragua, luego de que el mandatario regional, Rafael Isea, ordenara la recuperación de estos espacios para el disfrute de los venezolanos. El secretario de Gobierno, Carlos Mendoza, dijo en una reunión con la junta directiva de la Asociación Civil Country Club que la decisión del Ejecutivo regional no tiene vuelta atrás. "Ya estos espacios no serán excluyentes". Esa fue su frase, de ese tamaño es su arbitrariedad. Pero el hombre no se queda ahí y pronuncia esta infeliz declaración: "Ese concepto de acciones, afiliaciones, está enmarcado dentro de la propuesta capitalista. Este lugar va a quedar abierto al uso de todas las personas que decidan visitarlo bajo una normativa propia que permita garantizar su conservación; que no es el criterio de exclusión con lo cual se venía trabajando aquí". Condescendiente en su acción, el gobiernito de Isea dice que a los 1200 socios "no les vamos a impedir jamás el uso de estas instalaciones. Por el contrario, los invitamos a sumarse, a participar en mejorar todas estas estructuras compartiendo con el resto del pueblo. El campo de golf y las caballerizas siguen allí con la única diferencia de que no serán exclusivas".
Y cantan las chicharras.
En el país, por todos lados, afloran las protestas. De trabajadores, de madres, de jubilados, de estudiantes, de profesores, de trabajadores del sector informal y un largo etcétera. El gobierno ni pendiente. Ciego, sordo y testarudo.
Y cantan las chicharras.
Quizás las chicharras no están sólo cantando tonadas de amor. Quizás también nos están despertando. El 26 de septiembre hay elecciones. ¿Vamos a dejar que el gobierno pase liso?
viernes, 7 de mayo de 2010
jueves, 29 de abril de 2010
El éxito de una mesa

Prometieron y cumplieron. Difícil y ardua tarea la de esos venezolanos que se abocaron con inteligencia y sapiencia al complejo asunto de armar el elenco de candidatos de unidad para las próximas elecciones parlamentarias. Y hablo de sensatez pues tal fue el ingrediente fundamental en la preparación de este cocido criollo democrático. Y también hablo de inteligencia, pues sin ella no se podía estructurar una propuesta de candidatos de tanto nivel como la que se logró.
Claro que hay que aplaudir el gesto de desprendimiento de algunas toldas políticas y personas que cedieron ante otros aspirantes, no porque sean menos valiosos sino porque la ocasión lo exigía. Ellos tendrán futuro y espacio en la democracia que toca reconstruir luego de este destructivo terremoto de autoritarismo que contabiliza ya once años. La gente sabrá reconocer en ellos hidalguía y elegancia, dos virtudes que están ausentes en el adversario.
Claro que hay que fajarse a trabajar durante estos cinco meses en una campaña que no será ni fácil ni igualitaria. El gobierno hará uso de todo su poder y de todos los recursos públicos para desplegar una campaña sórdida, procaz, cargada de odio y resentimiento. Estos meses serán un largo y ardiente verano. En esta campaña todos debemso ser agentes de repetición. No hay que sentarse a ver las olas desde la playita. Hay que mojarse las patas.
Claro que hay que respaldar a la Mesa de Unidad e incluso ir más allá. La Mesa debe continuar más allá de las elecciones parlamentarias y convertirse en tanque de pensamiento de la fracción de Unidad en el próximo Parlamento. ¿Por qué? Bueno, porque los diputados principales y suplentes serán objeto de la más perversa restricción de presupuesto para evitar que puedan tener buenos equipos de trabajo. Entonces, ese trabajo de hormiguita requiere contar con un sólido y preparado apoyo para poder ocuparse de la inmensa carga de trabajo que tendrán los parlamentarios.
Claro que quienes están descontentos pues no fueron elegidos en primarias o designados candidatos por consenso deben, por altura política y por elemental sentido del ridículo, dejar de buscar resquicios por los que colarse. Aquí nadie debe pretender “graduarse por secretaría” o intentar erigirse como “gran elector”. Y menos pretender cambiar las reglas luego que el juego ha terminado. Eso no es democrático.
Claro que la gente en el país está harta. No es para menos. La piel del venezolano está ardida. Es víctima de la inflación galopante, de la inseguridad que reina, del horror de servicios públicos que no sirven, de la corrupción que se roba los dineros que las comunidades precisan para mejorar su calidad de vida. Los ciudadanos de a pie están pagando los platos rotos de una gestión gubernamental “neosifrina” que ha contado con el respaldo ciego, sordo y mudo de una Asamblea Nacional de focas amaestradas que ha estado a la altura del betún. Trabajemos entusiastamente en la campaña, votemos el 26S con convicción. El resto, me perdonan, es paja.
martes, 20 de abril de 2010
Bicentenario a lo Halloween
Notitarde, 25 de abril de 2010
Aquello parecía de Halloween, es decir, de espantos. La Avenida Los Próceres convertida en un camino de aparecidos, en una suerte de maltrecho sambódromo de la decadencia prostibularia en que han tornado nuestra dolorosa historia de patria naciente.
No fui capaz de ver sino cortos y espaciados momentos. No tuve estómago para soportar tal mazamorra de vulgaridad, petulancia y mediocridad. El bicentenario del 19 de abril de 1810, mal contado, convertido en una mamarrachada de uniformes inventados y despliegue de aceitunas rellenas de pimentón con la testa coronada con boinas color sangre. El civismo y el civilismo ausentes. La sensatez de 1810 no se veía por parte alguna. A cambio, lo que se mostró fue un despliegue de militarismo tercermundista.
Pero no contentos con el desfile que ha debido tener como base musical el “Thriller” de Michael Jackson, en la tarde hubo sesión solemne en la Asamblea Nacional. Y como todo el espectáculo era de Halloween, pues escogieron bien para fungir de oradora de orden a quien mejor representa la categoría en la región: Cristina Fernández, presidenta de Argentina. Pongamos de lado que Doña Cristina llegó trajeada con un vestido de quinceañera, con falda tablonada y todo, con peinado a lo modelo de Vogue del siglo pasado y con el rostro tapizado de maquillaje y tieso a punta de tantas inyecciones de botox. Nadie le dijo a Doña Cristina que hay un protocolo a seguir para este tipo de actos. Nadie podía hacerlo. Total, en el actual parlamento lo usual es usar atuendos propios de mercadillos. Las corbatas escasean y más de una vez se ha notado a las flamantes diputadas calzadas con chancletas y a los diputados con las cabezas tocadas con gorras, boinas o sombreros, cuando es de elemental cortesía y educación que los hombres se descubran cuando se hallen en un espacio techado.
No pongamos de lado, sin embargo, la selección de una extranjera para llevar la voz cantante en tan solemne ocasión. Ello fue un insulto a la inteligencia venezolana. Abundan en nuestro país historiadores (e historiadoras) de talla y prestigio que hubieran sabido narrar con precisión historiográfica aquellos sucesos de 1810, ponerlos en el contexto de la época y elaborar académicamente sobre su proyección al futuro. Doña Cristina exhibió con absoluto desparpajo su ignorancia sobre el tema y nos obsequió una de esas escenas de drama de teleculebrón que son su hábito. Ella siempre está “en escena”.
Así las cosas, el bicentenario del 19 de abril de 1810, un acontecimiento de enorme trascendencia, pasa así, no por debajo de la mesa, sino como elefante en cristalería. El gobierno se encargó de vulgarizarlo, de narcotizar nuestra historia.
Seguramente si uno se fija en las muchas tomas realizadas durante el desfile en Los Próceres, los verá a ellos, a los grandes de la patria, con los ojos cerrados, con lágrimas corriendo por sus mejillas y con los puños apretados de la más infinita rabia.
Aquello parecía de Halloween, es decir, de espantos. La Avenida Los Próceres convertida en un camino de aparecidos, en una suerte de maltrecho sambódromo de la decadencia prostibularia en que han tornado nuestra dolorosa historia de patria naciente.
No fui capaz de ver sino cortos y espaciados momentos. No tuve estómago para soportar tal mazamorra de vulgaridad, petulancia y mediocridad. El bicentenario del 19 de abril de 1810, mal contado, convertido en una mamarrachada de uniformes inventados y despliegue de aceitunas rellenas de pimentón con la testa coronada con boinas color sangre. El civismo y el civilismo ausentes. La sensatez de 1810 no se veía por parte alguna. A cambio, lo que se mostró fue un despliegue de militarismo tercermundista.
Pero no contentos con el desfile que ha debido tener como base musical el “Thriller” de Michael Jackson, en la tarde hubo sesión solemne en la Asamblea Nacional. Y como todo el espectáculo era de Halloween, pues escogieron bien para fungir de oradora de orden a quien mejor representa la categoría en la región: Cristina Fernández, presidenta de Argentina. Pongamos de lado que Doña Cristina llegó trajeada con un vestido de quinceañera, con falda tablonada y todo, con peinado a lo modelo de Vogue del siglo pasado y con el rostro tapizado de maquillaje y tieso a punta de tantas inyecciones de botox. Nadie le dijo a Doña Cristina que hay un protocolo a seguir para este tipo de actos. Nadie podía hacerlo. Total, en el actual parlamento lo usual es usar atuendos propios de mercadillos. Las corbatas escasean y más de una vez se ha notado a las flamantes diputadas calzadas con chancletas y a los diputados con las cabezas tocadas con gorras, boinas o sombreros, cuando es de elemental cortesía y educación que los hombres se descubran cuando se hallen en un espacio techado.
No pongamos de lado, sin embargo, la selección de una extranjera para llevar la voz cantante en tan solemne ocasión. Ello fue un insulto a la inteligencia venezolana. Abundan en nuestro país historiadores (e historiadoras) de talla y prestigio que hubieran sabido narrar con precisión historiográfica aquellos sucesos de 1810, ponerlos en el contexto de la época y elaborar académicamente sobre su proyección al futuro. Doña Cristina exhibió con absoluto desparpajo su ignorancia sobre el tema y nos obsequió una de esas escenas de drama de teleculebrón que son su hábito. Ella siempre está “en escena”.
Así las cosas, el bicentenario del 19 de abril de 1810, un acontecimiento de enorme trascendencia, pasa así, no por debajo de la mesa, sino como elefante en cristalería. El gobierno se encargó de vulgarizarlo, de narcotizar nuestra historia.
Seguramente si uno se fija en las muchas tomas realizadas durante el desfile en Los Próceres, los verá a ellos, a los grandes de la patria, con los ojos cerrados, con lágrimas corriendo por sus mejillas y con los puños apretados de la más infinita rabia.
martes, 6 de abril de 2010
Políticamente incorrecta
Lo soy. ¿A qué negarlo? No digo ni escribo las cosas que arrancan aplausos de popularidad. Por eso no soy lo que se conoce como “la reina de los helados”. He dicho muchas veces, y lo sostengo, que uno no se mete en política para hacer amigos. Para ello, el espacio ideal son los clubes, los bares, los restaurantes. La política no es para hacer amistades sino para hacer aliados con quienes en conjunto producir planteamientos renovadores y progresistas, sea como ello pueda ser interpretado por cada cual.
El debate sobre las primarias se ha convertido en un pastoso asunto, una mezcolanza de vanidades de gentes que se bañan con perfumes. Aquí hay un gentío que quiere poltrona. Y que además espeta sin limitación que “lo merece”. Veamos, ¿cómo es la cosa? ¿Es esto un problema de dolores? Pues si a dolores vamos, los puestos en la Asamblea Nacional no son analgésicos. Muy por el contrario, es meterse en dolores mayores, de esos que no ceden al efecto de las drogas.
¿Saben los que reclaman a voz en grito su “derecho” (cuasi divino) que, si resultaren elegidos, por los próximos cinco años deberán olvidarse de vacaciones, días libres, pachangas y demás enseres domésticos? El trabajo supondrá siete días por semana y estar de turno permanente como las farmacias 24 horas al día. Tendrán que ser los primeros en llegar y los últimos en irse. A esas de las cinco de la mañana de cada día, incluyendo sábados, domingos y fiestas de guardar, deberán estar completando la revisión de toda la prensa (nacional, regional e internacional). Nada de apagar el celular ni de dejar sin contestar todas las notas que reciban en sus respectivos correos electrónicos. Además de no poder faltar a ni una sola sesión de la Asamblea, también deberán estar presentes en todas las reuniones de comisiones. A eso hay que sumar la articulación de la bancada de oposición, que será una, puesto que los diputados formarán una sola fracción parlamentaria, de Unidad. Agentes libres, favor abstenerse. Y tengan bien claro que frente a la Asamblea siempre habrá un grupete de malandros cuya única función será insultarlos, escupirlos, lanzarles huevos podridos y obsequiarles todo tipo de vejámenes. Prepárense para los ataques que recibirán de sus colegas del chavismo, que serán capaces de cualquier acto en ese hemiciclo. Para quienes no lo sepan, las focas también muerden. Ah, que no se les olvide que más o menos un 50% de sus ingresos como parlamentarios deberán ser cedidos para sufragar los gastos de ejecución de una estrategia seria en todo el territorio nacional así como de una estrategia internacional. Y por si fuera poco, los diputados deberán asistir a sopotocientas asambleas de ciudadanos.
Quien crea que el trabajo que les espera a los nuevos diputados es una escena de “cheverosidad”, que se lo piense mejor. El asunto será “muy heavy”, como dicen los chamos. Quien crea que podrá lucirse, que se lo piense mejor. Quien crea que podrá llegar tarde, guardar cobarde silencio y tener siempre una excusa para no hacer su trabajo, que se lo piense mejor. Quien crea que podrá “pasar agachado”, que se lo piense mejor.
Lo que vimos y padecimos en el periodo 2000-2005 parecerá un lecho de pétalos de rosa comparado con lo que será la nueva Asamblea Nacional. El parlamento para el nuevo periodo será un escenario de una categoría aún no nominada, que seguramente será motivo de estudio en las escuelas de ciencias políticas en el mundo entero dada su extravagancia.
La pegunta es: todos esos que andan desesperados por las curules parlamentarias, ¿tendrán con qué aguantar, o luego que se sienten se van a convertir en bolsas de oficio?
Yo, la políticamente incorrecta, lo pregunto.
El debate sobre las primarias se ha convertido en un pastoso asunto, una mezcolanza de vanidades de gentes que se bañan con perfumes. Aquí hay un gentío que quiere poltrona. Y que además espeta sin limitación que “lo merece”. Veamos, ¿cómo es la cosa? ¿Es esto un problema de dolores? Pues si a dolores vamos, los puestos en la Asamblea Nacional no son analgésicos. Muy por el contrario, es meterse en dolores mayores, de esos que no ceden al efecto de las drogas.
¿Saben los que reclaman a voz en grito su “derecho” (cuasi divino) que, si resultaren elegidos, por los próximos cinco años deberán olvidarse de vacaciones, días libres, pachangas y demás enseres domésticos? El trabajo supondrá siete días por semana y estar de turno permanente como las farmacias 24 horas al día. Tendrán que ser los primeros en llegar y los últimos en irse. A esas de las cinco de la mañana de cada día, incluyendo sábados, domingos y fiestas de guardar, deberán estar completando la revisión de toda la prensa (nacional, regional e internacional). Nada de apagar el celular ni de dejar sin contestar todas las notas que reciban en sus respectivos correos electrónicos. Además de no poder faltar a ni una sola sesión de la Asamblea, también deberán estar presentes en todas las reuniones de comisiones. A eso hay que sumar la articulación de la bancada de oposición, que será una, puesto que los diputados formarán una sola fracción parlamentaria, de Unidad. Agentes libres, favor abstenerse. Y tengan bien claro que frente a la Asamblea siempre habrá un grupete de malandros cuya única función será insultarlos, escupirlos, lanzarles huevos podridos y obsequiarles todo tipo de vejámenes. Prepárense para los ataques que recibirán de sus colegas del chavismo, que serán capaces de cualquier acto en ese hemiciclo. Para quienes no lo sepan, las focas también muerden. Ah, que no se les olvide que más o menos un 50% de sus ingresos como parlamentarios deberán ser cedidos para sufragar los gastos de ejecución de una estrategia seria en todo el territorio nacional así como de una estrategia internacional. Y por si fuera poco, los diputados deberán asistir a sopotocientas asambleas de ciudadanos.
Quien crea que el trabajo que les espera a los nuevos diputados es una escena de “cheverosidad”, que se lo piense mejor. El asunto será “muy heavy”, como dicen los chamos. Quien crea que podrá lucirse, que se lo piense mejor. Quien crea que podrá llegar tarde, guardar cobarde silencio y tener siempre una excusa para no hacer su trabajo, que se lo piense mejor. Quien crea que podrá “pasar agachado”, que se lo piense mejor.
Lo que vimos y padecimos en el periodo 2000-2005 parecerá un lecho de pétalos de rosa comparado con lo que será la nueva Asamblea Nacional. El parlamento para el nuevo periodo será un escenario de una categoría aún no nominada, que seguramente será motivo de estudio en las escuelas de ciencias políticas en el mundo entero dada su extravagancia.
La pegunta es: todos esos que andan desesperados por las curules parlamentarias, ¿tendrán con qué aguantar, o luego que se sienten se van a convertir en bolsas de oficio?
Yo, la políticamente incorrecta, lo pregunto.
jueves, 1 de abril de 2010
Causa y Consecuencia
Dicen las comadronas y los parteros que, de los gemelos, el primero en nacer es el menor. Así, Causa, por haber nacido de segunda, era mayor que su hermanita Consecuencia.
Nacieron en año bisiesto y, para completar, un 29 de febrero. En los pueblos se dice que alumbrar tal día es mal augurio, pavosería, fortuna al revés. La madre hizo todo lo que pudo para aguantar el paritorio, pero cuando apenas faltaba media hora para la medianoche y el comienzo del 1 de marzo, pues su cuerpo dijo “no más” y ahí, en el ambulatorio del pueblo, se escuchó el primer llantén.
Las niñas crecieron como todos los gemelos, juntas y peleando sin parar. Causa era más rebelde y creía que había que llevarse todo lo establecido por delante y comerse el mundo entero a bocados. Consecuencia era más prudente, más cauta, más dada a pensar las cosas dos veces.
Causa era la que se escapaba del colegio, la que rayaba las paredes, la que le contestaba a la maestra. Ella misma se calificaba de “revolucionaria”. Consecuencia asistía a todas las clases, tenía buenas notas y era amable con profesores y mayores.
“No veo qué tiene de revolucionario andar por ahí destruyendo e irritando a la gente. Revolucionario es luchar por el bien, por la justicia, por el pueblo”, decía Consecuencia.
“Pues para construir hay que hacer añicos todo lo que existe, quemar todo y cuando ya todo esté destruido, pues entonces construir lo nuevo, con el hombre nuevo”, replicaba Causa a voz en grito.
Un día había elecciones. Ambas eran candidatas. Causa se las ingenió para regalar medallitas de oro falso. Besuqueaba viejos y niños y prometía maravillas. Consecuencia, por el contrario, tenía una campaña austera y basada en lo que ella consideraba más valioso: la verdad. “Mentir es malo, es inmoral, es pecado. A las personas hay que decirles la verdad, no engañarlas, no prometer cosas que luego no se pueden cumplir. Que de mentiras y promesas incumplidas ya hemos tenido demasiado”, decía Consecuencia con voz de decencia.
“Pero esta Consecuencia sí es bolsa. Yo al pueblo lo tengo comiendo en la mano. Les doy lo que quieren, migajas de pan y mucho circo. Así se ganan elecciones”, pensó Causa.
Y llegó el día de la fiesta electoral. Causa sacó a todos sus amigotes malandros para la calle. Y cuando la gente llegaba a los lugares de votación, los malandros “causistas” les mostraban lo que tenían en las manos: en la una, un fajo de papelitos que decían que con ellos podrían comprar de todo y a precios bajísimos. En la otra, un garrote. El mensaje era claro.
El equipo de Consecuencia llegó a los centros electorales y en las colas le daban a las gentes unos volanticos en los que podía leerse: “No somos más libres ni más ricos si compramos oro falso. No te dejes engañar. Vota con tu conciencia, tu inteligencia y tu corazón.”
En la nochecita, el organismo electoral tardaba en dar los resultados. La ciudadanía estaba inquieta. Los “causistas” pulían sus garrotes. Los “consecuencistas” tomaban guarapito y limpiaban las aceras.
Cuando a esas de las once de la noche en la televisión salió el mensaje que anunciaba cadena, todos se pararon frente al aparato, en silencio. Apareció el caballito y la bandera. “Esta es una cadena nacional del Ministerio……” En escena, la periquera de siempre, los periodistas buscando el mejor puesto, los directivos dándose bomba para llegar a sentarse en el presidium montado para la ocasión.
La presidenta del organismo electoral se sentó frente al micrófono. Tomó agua. Aclaró la voz. La atmósfera podía cortarse con cuchillo.
“Ciudadanas, ciudadanos, en el día de hoy hemos tenido un ejemplar proceso electoral… (bla, bla, bla)… Ha imperado el civismo… (bla, bla, bla)… Computado el 83% de los votos, los resultados son…”
Y entonces, sin aviso previo, se fue la luz en todo el territorio nacional.
Nacieron en año bisiesto y, para completar, un 29 de febrero. En los pueblos se dice que alumbrar tal día es mal augurio, pavosería, fortuna al revés. La madre hizo todo lo que pudo para aguantar el paritorio, pero cuando apenas faltaba media hora para la medianoche y el comienzo del 1 de marzo, pues su cuerpo dijo “no más” y ahí, en el ambulatorio del pueblo, se escuchó el primer llantén.
Las niñas crecieron como todos los gemelos, juntas y peleando sin parar. Causa era más rebelde y creía que había que llevarse todo lo establecido por delante y comerse el mundo entero a bocados. Consecuencia era más prudente, más cauta, más dada a pensar las cosas dos veces.
Causa era la que se escapaba del colegio, la que rayaba las paredes, la que le contestaba a la maestra. Ella misma se calificaba de “revolucionaria”. Consecuencia asistía a todas las clases, tenía buenas notas y era amable con profesores y mayores.
“No veo qué tiene de revolucionario andar por ahí destruyendo e irritando a la gente. Revolucionario es luchar por el bien, por la justicia, por el pueblo”, decía Consecuencia.
“Pues para construir hay que hacer añicos todo lo que existe, quemar todo y cuando ya todo esté destruido, pues entonces construir lo nuevo, con el hombre nuevo”, replicaba Causa a voz en grito.
Un día había elecciones. Ambas eran candidatas. Causa se las ingenió para regalar medallitas de oro falso. Besuqueaba viejos y niños y prometía maravillas. Consecuencia, por el contrario, tenía una campaña austera y basada en lo que ella consideraba más valioso: la verdad. “Mentir es malo, es inmoral, es pecado. A las personas hay que decirles la verdad, no engañarlas, no prometer cosas que luego no se pueden cumplir. Que de mentiras y promesas incumplidas ya hemos tenido demasiado”, decía Consecuencia con voz de decencia.
“Pero esta Consecuencia sí es bolsa. Yo al pueblo lo tengo comiendo en la mano. Les doy lo que quieren, migajas de pan y mucho circo. Así se ganan elecciones”, pensó Causa.
Y llegó el día de la fiesta electoral. Causa sacó a todos sus amigotes malandros para la calle. Y cuando la gente llegaba a los lugares de votación, los malandros “causistas” les mostraban lo que tenían en las manos: en la una, un fajo de papelitos que decían que con ellos podrían comprar de todo y a precios bajísimos. En la otra, un garrote. El mensaje era claro.
El equipo de Consecuencia llegó a los centros electorales y en las colas le daban a las gentes unos volanticos en los que podía leerse: “No somos más libres ni más ricos si compramos oro falso. No te dejes engañar. Vota con tu conciencia, tu inteligencia y tu corazón.”
En la nochecita, el organismo electoral tardaba en dar los resultados. La ciudadanía estaba inquieta. Los “causistas” pulían sus garrotes. Los “consecuencistas” tomaban guarapito y limpiaban las aceras.
Cuando a esas de las once de la noche en la televisión salió el mensaje que anunciaba cadena, todos se pararon frente al aparato, en silencio. Apareció el caballito y la bandera. “Esta es una cadena nacional del Ministerio……” En escena, la periquera de siempre, los periodistas buscando el mejor puesto, los directivos dándose bomba para llegar a sentarse en el presidium montado para la ocasión.
La presidenta del organismo electoral se sentó frente al micrófono. Tomó agua. Aclaró la voz. La atmósfera podía cortarse con cuchillo.
“Ciudadanas, ciudadanos, en el día de hoy hemos tenido un ejemplar proceso electoral… (bla, bla, bla)… Ha imperado el civismo… (bla, bla, bla)… Computado el 83% de los votos, los resultados son…”
Y entonces, sin aviso previo, se fue la luz en todo el territorio nacional.
martes, 30 de marzo de 2010
Cuando la ira es pecado
Dicen que tiene miedo, que está desesperado, que ve fantasmas por todos los rincones. Si bien es cierto que a la paranoia la tiene instalada entre pecho y espalda, en esta ocasión el pánico no es lo que lo está atormentando. Es más bien prisionero de la más sorda ira.
Le llevan la contraria. Y eso, para él, es traición de lesa patria, de la imperdonable. Le dicen que está metiendo la pata, que ya se le ve mofletudo y ajado. Arde en furia. Le aconsejan que haga dieta, que deje de disfrazarse de aceituna rellena con pimentón, que eso no se ve bien en un presidente “civilista”. Los gritos retumban en todo el territorio nacional. ¿Cómo alguien puede atreverse a semejante monserga? Los civiles son poca cosa; nada como ser un militar. “Pero es que lo llaman milico”, le advierten. Cierra el puño y siente la daga de la gastritis.
“Presidente, según todas las encuestas su popularidad está bajando. Y además ya le están responsabilizando por todo, por lo del agua, lo de la electricidad, lo de la inseguridad, lo del alto costo de la vida”, le dice uno de la sala situacional.
“¡Pero si a mí el pueblo me adora!”, replica enfurecido.
“Sí, pero amor con hambre no dura.”
“¡Pero si hasta le quité a los franceses la cadena Éxito, para que regalen comida!”
“Sí, presidente, pero no alcanza. Tuvimos que liberar los precios de muchos alimentos, porque si no caíamos en desabastecimiento.”
“Voy a decretar libre toda la Semana Santa. Si no hay pan, que haya circo. ¡Jaua, tráeme café!”
Los militares, otrora bien vistos, hoy son una casta que “goza” de la peor reputación. Su magnífico prestigio de antaño ya se hizo añicos. No sólo lucen como arrogantes y soberbios, con cara de boliolicarcas, engordando como el comandante/presidente sino que los ciudadanos se han dado cuenta que esos en quienes la república invirtió cuantiosos montos en educación pues resulta que, a la hora de gerenciar lo público, raspan el examen y queda en evidencia su mediocridad. Son como el jefe que está en Miraflores: simplemente incompetentes.
La furia lo consume. La CIDH se manda con un informe catastrófico. La SIP se reúne en Aruba y los mentecatos que envió para que argumentaran no supieron hacer el mandado. El lío del agua y de la electricidad crece y la gente se queja ya abiertamente. La inflación galopante ya no hay manera de taparla. Los hospitales y ambulatorios hacen crisis por todas partes. Cada semana los muertos por asesinatos se cuentan por centenas. Y el ministro del área sólo le da excusas.
Y todos los jalamecates del partido le adulan para que les garantice curul en la Asamblea.
La corrupción se esparce como verdolaga. Y lo único que escucha son pretextos.
Marcel sigue denunciando, con esa cara de buena gente y con su voz que jamás se exalta.
Y el Aló Ciudadano tiene mucho más rating que cualquiera de los Aló Presidente.
Para colmo, se va Uribe pero, caraj, llega Juan Manuel Santos, que es peor, porque ni siquiera es paisa. Este es cachaco, nacido en la mera Santafé de Bogotá. Y la maldita computadora de Reyes sigue cantando infidencias. Y estalló el lío del juez ese de la Audiencia Nacional, el tal Eloy Velazco. FARC, ETA…
Y Obama, que no es el negrito del batey sino el presidente del imperio, no le responde a sus insultos. Manda a subalternos del Departamento de Estado a pronunciarse. Y sigue sin llegar la invitación a la Casa Blanca.
Tuvo que agenciarle un cargo bien pagado al tal Mel. Semejante mangasmeás con sombrero de terrateniente y bigotes teñidos que se dejó quitar el coroto.
Y por si fuera poco, el salto de talanquera de Falcón, el único buen gobernador que tenía, el único que servía, quien además habla sin decir que se declara en su contra. Le provoca decirle que sea varón, pero si lo hace la gente de lo que se va a acordar es del episodio cuando Uribe se lo dijo a él en su mismísima cara y frente a un montón de dignatarios. La ira se le transforma en odio. Y no hay ya pepas ni bebedizos para calmarle la gastritis punzopenetrante que le corroe las entrañas.
Ah, pero le entra un fresquito en medio de este calorón. ¡Uf, qué placer ver que al tal Álvarez Paz lo encanaron! Recuerda bien que en 1992 se atrevió a enfrentar la insurrección. Alguien, en la pata de la oreja, le susurra: “Presidente, lo de Álvarez Paz le puede traer muchos problemas. Los demócrata-cristianos van a poner el grito en el cielo. Y mire que no son pocos y los hay en los cinco continentes. Se están violando varios derechos y además juzgarlo encarcelado viola el debido proceso. Y con Álvarez Paz ya van 33 presos políticos”. “Me importa un comino. Que los escuálidos chillen lo que les dé la gana. Preso está y preso se queda”, responde con una risita. “Sí, pero la CIDH se va a pronunciar, de eso podemos estar seguros, porque además le recuerdo que fue diputado, presidente de la cámara de diputados, gobernador del estado Zulia, candidato presidencial”, le advierten. “¡Que se vayan a lavar ese paltó!... Llamen a Insulza y cóbrenle el favor de haber votado por él y de no haberle montado otro candidato en frente. Es más, vayan a ver qué hacen con Guillermo Zuloaga, que supe que dijo algo allá en la reunión de la SIP que no me gustó.”
Las elecciones están a pata de mingo. ¿Y si pierde? ¿Y si el babalao cubano que le predijo que sería el mandamás hasta el año dos mil no sé cuántos leyó mal los caracoles? Porque incluso ganando más curules que la oposición puede perder. Y no se ve por ninguna parte que los escuálidos anden pensando en no participar. Tal parece que no van a volver a pisar esa concha de mango como lo hicieron en 2000. Menos mal que de por medio está el mundial de fútbol, a ver si los fulanos de la Mesa de Unidad se dedican a jalar caña y a ver los partidos. “No creo, presidente. Con todo y fútbol los de la mesa de unidad y los candidatos van a hacer campaña, y si tienen que caminarse cada centímetro de territorio del país lo harán”, le dice uno de sus estrategas.
Reúne a la tropa, es decir, a sus ministros y demás “sigüíes”. Todos ponen cara de lo que son, una sarta de inútiles, una manga de oportunistas buenos para nada. “¡Inventen algo!”, ordena iracundo. Y todos se miran los unos a los otros. Viven en la tierra del verde jengibre. “¡Sirvan para algo. Quiero agua, quiero electricidad, quiero que acaben con los malandros! ¿En qué idioma se los tengo que decir? ¡Quiero ganar las elecciones! Y les advierto, si los resultados no son como yo quiero que sean, voy a cortar oreja y rabo… Jaua, tráeme café.”
La ira lo consume. La suya no es sólo una emoción mal llevada, es pecado y de esos que llaman “capital”. Claro, para eso también hay cura. La primera por casa de los curas, pero esos a quienes él tanto insulta, como Monseñor Lückert, porque lo de él es enfermedad del alma. Y la segunda, por casa de los loqueros, perdón, quise decir los psiquiatras, que prescriben terapia y farmacopea para ese tipo de dolencias.
Es Semana Santa. Recemos.
Le llevan la contraria. Y eso, para él, es traición de lesa patria, de la imperdonable. Le dicen que está metiendo la pata, que ya se le ve mofletudo y ajado. Arde en furia. Le aconsejan que haga dieta, que deje de disfrazarse de aceituna rellena con pimentón, que eso no se ve bien en un presidente “civilista”. Los gritos retumban en todo el territorio nacional. ¿Cómo alguien puede atreverse a semejante monserga? Los civiles son poca cosa; nada como ser un militar. “Pero es que lo llaman milico”, le advierten. Cierra el puño y siente la daga de la gastritis.
“Presidente, según todas las encuestas su popularidad está bajando. Y además ya le están responsabilizando por todo, por lo del agua, lo de la electricidad, lo de la inseguridad, lo del alto costo de la vida”, le dice uno de la sala situacional.
“¡Pero si a mí el pueblo me adora!”, replica enfurecido.
“Sí, pero amor con hambre no dura.”
“¡Pero si hasta le quité a los franceses la cadena Éxito, para que regalen comida!”
“Sí, presidente, pero no alcanza. Tuvimos que liberar los precios de muchos alimentos, porque si no caíamos en desabastecimiento.”
“Voy a decretar libre toda la Semana Santa. Si no hay pan, que haya circo. ¡Jaua, tráeme café!”
Los militares, otrora bien vistos, hoy son una casta que “goza” de la peor reputación. Su magnífico prestigio de antaño ya se hizo añicos. No sólo lucen como arrogantes y soberbios, con cara de boliolicarcas, engordando como el comandante/presidente sino que los ciudadanos se han dado cuenta que esos en quienes la república invirtió cuantiosos montos en educación pues resulta que, a la hora de gerenciar lo público, raspan el examen y queda en evidencia su mediocridad. Son como el jefe que está en Miraflores: simplemente incompetentes.
La furia lo consume. La CIDH se manda con un informe catastrófico. La SIP se reúne en Aruba y los mentecatos que envió para que argumentaran no supieron hacer el mandado. El lío del agua y de la electricidad crece y la gente se queja ya abiertamente. La inflación galopante ya no hay manera de taparla. Los hospitales y ambulatorios hacen crisis por todas partes. Cada semana los muertos por asesinatos se cuentan por centenas. Y el ministro del área sólo le da excusas.
Y todos los jalamecates del partido le adulan para que les garantice curul en la Asamblea.
La corrupción se esparce como verdolaga. Y lo único que escucha son pretextos.
Marcel sigue denunciando, con esa cara de buena gente y con su voz que jamás se exalta.
Y el Aló Ciudadano tiene mucho más rating que cualquiera de los Aló Presidente.
Para colmo, se va Uribe pero, caraj, llega Juan Manuel Santos, que es peor, porque ni siquiera es paisa. Este es cachaco, nacido en la mera Santafé de Bogotá. Y la maldita computadora de Reyes sigue cantando infidencias. Y estalló el lío del juez ese de la Audiencia Nacional, el tal Eloy Velazco. FARC, ETA…
Y Obama, que no es el negrito del batey sino el presidente del imperio, no le responde a sus insultos. Manda a subalternos del Departamento de Estado a pronunciarse. Y sigue sin llegar la invitación a la Casa Blanca.
Tuvo que agenciarle un cargo bien pagado al tal Mel. Semejante mangasmeás con sombrero de terrateniente y bigotes teñidos que se dejó quitar el coroto.
Y por si fuera poco, el salto de talanquera de Falcón, el único buen gobernador que tenía, el único que servía, quien además habla sin decir que se declara en su contra. Le provoca decirle que sea varón, pero si lo hace la gente de lo que se va a acordar es del episodio cuando Uribe se lo dijo a él en su mismísima cara y frente a un montón de dignatarios. La ira se le transforma en odio. Y no hay ya pepas ni bebedizos para calmarle la gastritis punzopenetrante que le corroe las entrañas.
Ah, pero le entra un fresquito en medio de este calorón. ¡Uf, qué placer ver que al tal Álvarez Paz lo encanaron! Recuerda bien que en 1992 se atrevió a enfrentar la insurrección. Alguien, en la pata de la oreja, le susurra: “Presidente, lo de Álvarez Paz le puede traer muchos problemas. Los demócrata-cristianos van a poner el grito en el cielo. Y mire que no son pocos y los hay en los cinco continentes. Se están violando varios derechos y además juzgarlo encarcelado viola el debido proceso. Y con Álvarez Paz ya van 33 presos políticos”. “Me importa un comino. Que los escuálidos chillen lo que les dé la gana. Preso está y preso se queda”, responde con una risita. “Sí, pero la CIDH se va a pronunciar, de eso podemos estar seguros, porque además le recuerdo que fue diputado, presidente de la cámara de diputados, gobernador del estado Zulia, candidato presidencial”, le advierten. “¡Que se vayan a lavar ese paltó!... Llamen a Insulza y cóbrenle el favor de haber votado por él y de no haberle montado otro candidato en frente. Es más, vayan a ver qué hacen con Guillermo Zuloaga, que supe que dijo algo allá en la reunión de la SIP que no me gustó.”
Las elecciones están a pata de mingo. ¿Y si pierde? ¿Y si el babalao cubano que le predijo que sería el mandamás hasta el año dos mil no sé cuántos leyó mal los caracoles? Porque incluso ganando más curules que la oposición puede perder. Y no se ve por ninguna parte que los escuálidos anden pensando en no participar. Tal parece que no van a volver a pisar esa concha de mango como lo hicieron en 2000. Menos mal que de por medio está el mundial de fútbol, a ver si los fulanos de la Mesa de Unidad se dedican a jalar caña y a ver los partidos. “No creo, presidente. Con todo y fútbol los de la mesa de unidad y los candidatos van a hacer campaña, y si tienen que caminarse cada centímetro de territorio del país lo harán”, le dice uno de sus estrategas.
Reúne a la tropa, es decir, a sus ministros y demás “sigüíes”. Todos ponen cara de lo que son, una sarta de inútiles, una manga de oportunistas buenos para nada. “¡Inventen algo!”, ordena iracundo. Y todos se miran los unos a los otros. Viven en la tierra del verde jengibre. “¡Sirvan para algo. Quiero agua, quiero electricidad, quiero que acaben con los malandros! ¿En qué idioma se los tengo que decir? ¡Quiero ganar las elecciones! Y les advierto, si los resultados no son como yo quiero que sean, voy a cortar oreja y rabo… Jaua, tráeme café.”
La ira lo consume. La suya no es sólo una emoción mal llevada, es pecado y de esos que llaman “capital”. Claro, para eso también hay cura. La primera por casa de los curas, pero esos a quienes él tanto insulta, como Monseñor Lückert, porque lo de él es enfermedad del alma. Y la segunda, por casa de los loqueros, perdón, quise decir los psiquiatras, que prescriben terapia y farmacopea para ese tipo de dolencias.
Es Semana Santa. Recemos.
martes, 9 de marzo de 2010
A mí me pasa lo mismo que a usted
Leo la prensa, escucho la radio, veo la televisión, reviso internet, leo mi correspondencia. Y sí, a mí me pasa lo mismo que a usted. Estoy harta de tanto pleito vacío, de tanta insultadera, de tanta frase hueca. Estoy hasta la coronilla de discursos inflamatorios, de esta gesta dizque heroica, de las boinas y los disfraces de aceituna rellena de pimentón.
Estoy cansada de un gobierno que no ha servido para nada y que no da señales de alguna vez servir para algo, como no sea para sistemáticamente destruir. Estoy hastiada de un Parlamento Nacional fracasado e intelectualmente escaso, integrado por focas amaestradas.
Ya no soporto más las declaraciones insípidas de la Defensora del Pueblo, a quien el cargo, al cual llegó por carambola, vaya si le queda grande. Encuentro francamente intolerable que la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia sea una mujer sin carácter ni personalidad, inodora e incolora, que es apenas una voz que repite lo que le dictan desde Miraflores y que, a pesar de la millonada que recibe por su mal trabajo, es responsable porque en Venezuela la justicia simplemente no exista.
No puedo más con esos señoritingos como el Presidente del Instituto Nacional de Estadísticas, un pésimo personaje de peor novela que habla de la inflación y de los patéticos índices económicos de Venezuela como si aquí todo estuviera de maravilla. Cómo se nota que ese señor en su vida pisa un mercado, ni hace la compra, ni sabe cómo tenemos que hacer magia para sobrevivir los millones que no tenemos una chamba tan bien pagada como la de él.
Me produce nausea leer o escuchar a José Vicente Rangel, con su farsa dominguera en televisión y sus necedades en el Diario Vea en el que escribe con la cobardía del seudónimo “Marciano”.
Me revuelve el estómago cada una de las marramuncias que hace Diosdado Cabello para triturar a la gente de RCTV. Cómo se le nota que lo único que siente es envidia, porque ni naciendo de nuevo podría llegarle ni por las patas a Marcel Granier.
Carezco de tolerancia para la estupidez y la brutalidad que exhibe con desparpajo el nuevo Vicepresidente Elías Jaua, el rey de la improvisación.
Me enfurece ver a la plana mayor del gobierno nacional hablando paja sobre la inseguridad, cuando ellos son los responsables de que en este país vivir ya sea un caso de suerte.
Me indigna el señor ministro del poder popular de interior y justicia, quien con su cara tan lavada declara pomposamente sobre el sistema penitenciario venezolano como si éste fuera una sucursal de Disneylandia y no una puesta en escena más dramática que Los Miserables de Víctor Hugo.
Se me acabó la paciencia tipo Job para aguantar las sandeces de la regordeta presidenta de Venezolana de Televisión.
Me irrita ver al Canciller Maduro y al Presidente de la República insultando a todos los mandatarios que no les hacen reverencias.
Me resulta intragable la vulgaridad y la patanería del tipo ese de La Hojilla.
Me acalora sintonizar ANTV cuando están en sesiones porque no puedo creer que en un solo lugar quepa tanta sumisión y desvergüenza.
No hago chistes sobre este gobierno no porque haya perdido el sentido del humor, sino porque creo ningún chiste puede superar a este sainete que vivimos.
Me motiva ver a nuestros jóvenes luchando por un país que heredaron hecho trizas.
Me inspira ver a las familias de los presos políticos que no desmayan.
Me reconcilia ver que los partidos políticos de oposición hacen esfuerzos denodados por llegar a acuerdos de unidad, a pesar de los muchos contratiempos y las muchas críticas oportunistas que les hacen.
Me emociona ver a los gobiernos regionales y municipales de oposición echándole un camión de ganas y trabajando sin descanso por la población, a pesar de los ataques inmorales que reciben del gobierno nacional y las infamias de las que son todos los días objeto.
Me entusiasma sentir que todos estos largos años de lucha comienzan a dar frutos.
Como ve, amigo lector, a mí me pasa lo mismo que a usted.
Por eso y muchas cosas más, este año el dulce de lechoza me lo comeré en septiembre.
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Estoy cansada de un gobierno que no ha servido para nada y que no da señales de alguna vez servir para algo, como no sea para sistemáticamente destruir. Estoy hastiada de un Parlamento Nacional fracasado e intelectualmente escaso, integrado por focas amaestradas.
Ya no soporto más las declaraciones insípidas de la Defensora del Pueblo, a quien el cargo, al cual llegó por carambola, vaya si le queda grande. Encuentro francamente intolerable que la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia sea una mujer sin carácter ni personalidad, inodora e incolora, que es apenas una voz que repite lo que le dictan desde Miraflores y que, a pesar de la millonada que recibe por su mal trabajo, es responsable porque en Venezuela la justicia simplemente no exista.
No puedo más con esos señoritingos como el Presidente del Instituto Nacional de Estadísticas, un pésimo personaje de peor novela que habla de la inflación y de los patéticos índices económicos de Venezuela como si aquí todo estuviera de maravilla. Cómo se nota que ese señor en su vida pisa un mercado, ni hace la compra, ni sabe cómo tenemos que hacer magia para sobrevivir los millones que no tenemos una chamba tan bien pagada como la de él.
Me produce nausea leer o escuchar a José Vicente Rangel, con su farsa dominguera en televisión y sus necedades en el Diario Vea en el que escribe con la cobardía del seudónimo “Marciano”.
Me revuelve el estómago cada una de las marramuncias que hace Diosdado Cabello para triturar a la gente de RCTV. Cómo se le nota que lo único que siente es envidia, porque ni naciendo de nuevo podría llegarle ni por las patas a Marcel Granier.
Carezco de tolerancia para la estupidez y la brutalidad que exhibe con desparpajo el nuevo Vicepresidente Elías Jaua, el rey de la improvisación.
Me enfurece ver a la plana mayor del gobierno nacional hablando paja sobre la inseguridad, cuando ellos son los responsables de que en este país vivir ya sea un caso de suerte.
Me indigna el señor ministro del poder popular de interior y justicia, quien con su cara tan lavada declara pomposamente sobre el sistema penitenciario venezolano como si éste fuera una sucursal de Disneylandia y no una puesta en escena más dramática que Los Miserables de Víctor Hugo.
Se me acabó la paciencia tipo Job para aguantar las sandeces de la regordeta presidenta de Venezolana de Televisión.
Me irrita ver al Canciller Maduro y al Presidente de la República insultando a todos los mandatarios que no les hacen reverencias.
Me resulta intragable la vulgaridad y la patanería del tipo ese de La Hojilla.
Me acalora sintonizar ANTV cuando están en sesiones porque no puedo creer que en un solo lugar quepa tanta sumisión y desvergüenza.
No hago chistes sobre este gobierno no porque haya perdido el sentido del humor, sino porque creo ningún chiste puede superar a este sainete que vivimos.
Me motiva ver a nuestros jóvenes luchando por un país que heredaron hecho trizas.
Me inspira ver a las familias de los presos políticos que no desmayan.
Me reconcilia ver que los partidos políticos de oposición hacen esfuerzos denodados por llegar a acuerdos de unidad, a pesar de los muchos contratiempos y las muchas críticas oportunistas que les hacen.
Me emociona ver a los gobiernos regionales y municipales de oposición echándole un camión de ganas y trabajando sin descanso por la población, a pesar de los ataques inmorales que reciben del gobierno nacional y las infamias de las que son todos los días objeto.
Me entusiasma sentir que todos estos largos años de lucha comienzan a dar frutos.
Como ve, amigo lector, a mí me pasa lo mismo que a usted.
Por eso y muchas cosas más, este año el dulce de lechoza me lo comeré en septiembre.
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