domingo, 7 de diciembre de 2008

Sabe a calidad el sabor

La cocina se me da bien y es mi refugio, no para escapar sino para encontrarme a mí misma. Porque, créanme, es muy fácil extraviarse en el ruido de los aplausos y las lisonjas y el chaparrón incesante de los insultos, las injurias y las calumnias. Cuando cocino, cuando mis manos se pringan de esos sabores y olores de nuestro país, los infundios y las infamias desaparecen, porque lo bueno siempre podrá más que la maldad de algunos.

El año pasado, por estas mismas fechas, escribí un artículo con el que pretendía recordarle a mis lectores esas pequeñas cosas, esas maravillas gastronómicas que existen en el mundo, y que son "prueba de la existencia de Dios". Me sorprendió, muy gratamente, la enorme acogida que tuvo ese artículo. La gente quiere vida. Y calidad. Y en Venezuela, sabe a calidad el sabor.

Este año quiero concentrarme en nuestra Venezuela. Muchos creen y aducen, pomposamente, que la culinaria nuestra es escasa, poco colorida y carente de estilo y sustancia. íCuánto se equivocan! Nada más lejano a la realidad. En los fogones de Venezuela, a consecuencia de la unión de factores como la climatología, la integración de etnias y nacionalidades, la ubicación geográfica y la natural curiosidad venezolana, se ha desarrollado un sincretismo de sabores, aromas y texturas digno de estudio. Hace unas nochecitas, conversando con una amiga a quien tenía mucho tiempo sin ver, caímos en el tema de la culinaria. Se me quedó grabada una frase que me dijo: "en Venezuela no se come bien; en Venezuela se come sabroso". Una verdad poderosa, del tamaño de un templo.

"... Recorrer los caminos de la culinaria venezolana, es adentrarse en un despliegue de sabores, colores y aromas inolvidables. Cada plato en nuestra cocina lleva consigo una historia, un sentimiento escondido. Se puede asegurar que nuestra historia se desenvolvió paralela al calor de los fogones venezolanos, a medida que ha pasado el tiempo han variado las costumbres y los sueños, la historia sigue su curso, pero en cada nueva creación en nuestra cocina sigue existiendo la raíz de nuestros antepasados, ese toque mágico de nuestros indios, ese abanico de especias y sabores de la colonia... La cocina venezolana es la expresión de nuestro colorido, nuestra sazón, nuestra alegría desbordante. Como nosotros, la comida es variada, mezclada, llena de color y de sabor..."


Yo no lo hubiera escrito mejor. Tan hermoso texto no es de mi autoría. Está en la página www.venezuelatuya.com. Venezuela tuya, mía, de nosotros, de todos nosotros. Esa Venezuela a la que tantas veces vejamos, menospreciamos, degradamos, miramos por encima del hombro. Esa misma Venezuela a la que deberíamos querer con toda el alma, y defenderla de satrapías, por algo más que la mera conveniencia.

Hace apenas unos días falleció María, la ayudante de Angel Lozano en su programa televisivo. María era la más clara muestra de las manos que confeccionaban delicias para el paladar, que tejen exquisiteces que son festejo para el alma. Tuve el goce de conocerla y tratarla, y degustar sus glorias. En el cielo, porque es allí donde está, María agasaja a comensales con su indescriptible arte. A ella, a María, dedico mi lista de "pruebas de la existencia de Dios" de este año.

Comencemos, pues...

1. El pernil con naranja cajera, receta del abuelo de mi querido Alcalde Gerardo Blyde.

2. La polvorosa de camarones preparadas con mero, cebolla, ajoporro, vino blanco y crema de leche, con un toque de parmesano, que es una de las especialidades del restaurante Las Brisas, en Los Robles, Isla de Margarita.

3. El helado de pistacho de Gelatto en el pueblo de El Hatillo.

4. El flan caraqueño de jojotos

5. El mazapán de merey al perfume de sarrapia

6. Las tostadas dulces de pan viejo

7. El bienmesabe de naranjas

8. El desayuno criollo en la calle que baja a la Plaza Bolívar de El Hatillo

9. El pabellón oriental, con cazón guisado, en casa de los Sanabria en San Antonio de los Altos

10. El queso de bola relleno que yo preparo

11. El steak pimienta del Club Náutico de Maracaibo

12. Los espárragos en salsa holandesa que mi marido prepara

13. La torta de dátiles y nueces de Marianella Ruiz

14. Los quesos de cabra que venden en La Muralla en El Hatillo, bañados con una confitura tibia de tomate.

15. La tarta de manzanas que se prepara en sartén

Hummm... Se me hace la boca agua mientras escribo este artículo. Hummm... Dios existe. Hummm...

Es Navidad. Tiempo de comer cosas ricas. Tiempo de hallacas, pernil, pan de jamón. Ah, y tiempo de dulce de lechosa...

martes, 25 de noviembre de 2008

ADORADA MIMINA


Hay mujeres que poseen la gracia y el encanto que las hace vivir eternamente en el corazón de quienes la conocieron y amaron.
 
Mimina estaba dotada en abundancia del don de la simpatía, de la afabilidad y de la elegancia de alma. Con su manera de vivir demostraba y enseñaba la verdadera forma de amar, de sufrir, de reír, de ser feliz. En su espíritu daba hospitalidad a nuestras ideas; en su corazón acogía nuestras alegrías y nuestras penas. Nunca fue mera espectadora de la vida. Mimina siempre estaba en el mismo centro de la vida. Sabía vivir el instante e igualmente tenía una notable capacidad para dibujar el futuro.

Mimina tenía un talento innato para descubrir los mejores rasgos en otras personas. Si alguien era ingenioso, pero su timidez le impedía revelar su ingenio a los demás, Mimina encendía la chispa del tímido e iluminaba su agudeza.

Mimina descubría las flores escondidas. En todo momento irradiaba una impresión de serenidad y de equilibrio personal pues sus mayores goces eran interiores; en su espíritu y en su imaginación llevaba una vida radiante. Esta íntima plenitud la dotaban de una sencillez maravillosa y le impedían caminar la senda de la mezquindad.

Mimina era tremendamente femenina y extraordinariamente poderosa. Era inteligente, pero su inteligencia era además el complemento de un corazón inmenso y abierto capaz de comprender.

Mimina era inspiradora e impulsaba a todos a avanzar mas allá de lo que pensable. Sus brazos siempre se abrían cuando queríamos un abrazo. Su corazón comprendía cuándo necesitábamos un apoyo. Sus ojos tiernos se endurecían cuando hacía falta darnos una lección. Su fuerza y su amor nos guiaron, y nos dieron alas para volar.

Mimina era permanente poesía en prosa.

Por eso la adorábamos. Por eso siempre la adoraremos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Dignidad a la política

Es indiscutible que la política está en toda nuestra vida. “Todo es político, aunque lo político no lo sea todo” (Emmanuel Mounier). Para algunos, la política es el “arte de gobernar”. Para otros la política es una simple actividad entre los que tienen el poder o buscan llegar a él. Aristóteles tenía una visión antropológica de la política dado que la ligaba al espacio de la “polis”. La política, creo yo, es el campo de acción de los diversos actores de una sociedad en procura de un fin. La política se realiza a través de la interacción de los ciudadanos e individuos organizados en una institución máxima que es el Estado, en el cual se dan las relaciones de poder entre actores sociales, políticos y económicos, quienes interactúan para su conservación y la del propio Estado. El ideal político, refiriéndonos exclusivamente a la acción de gobernar, consiste en hacerlo bajo un marco legal y legítimo que pueda satisfacer las demandas colectivas y buscar el bien común por medio de una forma de gobierno establecida por todos los integrantes de la sociedad.

Ya sabemos que los problemas sociales no pueden resolverse limitándonos cada cual a la esfera individual. La sociedad ya no es una relación entre gobernantes y gobernados. También sabemos que la política debe cumplir una función en beneficio de la sociedad como un todo. El pluralismo de las ideas políticas supone un progresista debate, una sana confrontación de ideas. Ello es necesario para la gobernabilidad democrática. Ese escenario se estructura para construir país y sociedad, para progresar en derechos y para articular espacios de participación reales. Ello no es lo mismo al enfrentamiento y al lenguaje de la degradación política y personal en que hemos caído en Venezuela, para desgracia y perjuicio de todos.

Es obvio que la confianza en la política, en los partidos, en los políticos, en las organizaciones y en las instituciones democráticas ha disminuido. Esa desconfianza ha producido una crisis de la política, crisis que suele expresarse en la ruptura o distancia que existe entre los problemas que la ciudadanía reclama resolver (pobreza, inequidad, violencia, alto costo de la vida, etc.) y la capacidad que la política tiene para enfrentarlos y solventarlos. La política venezolana ha perdido prestancia, altura, dignidad y elegancia, y por tanto ha perdido hidalguía y grandeza. La culpa, sin embargo, no es tan sólo de los “políticos”, puesto que los agentes de la política ya no son tan sólo los políticos. Miles de personas se convierten en activistas políticos, pero sin estar dispuestos a acatar rangos, jerarquías o instrucciones, o las mínimas regulaciones organizacionales. Miles de individuos hacen desordenado y espontáneo “dibujo libre”, no “atienden línea” y usan las nuevas tecnologías para hacer política, pero son ajenos a la responsabilidad que ello implica. Se escudan tras el traje de “ciudadano libre”, o “apolítico”, o “sin perro que me ladre” para atacar con mentiras y vejaciones a todo aquel que no piense como él o ella. La gran víctima de esta situación es la verdad, a la cual se la pisotea sin reparo alguno y con total y absoluto desparpajo. Los “agentes libres”, como nada tienen que perder, hacen lo que bien les viene en gana, sin riesgo alguno de sanción. Y, dada esta circunstancia, algunos agentes formales de la política, lejos de poner coto o reparo a esta situación, como deberían hacer, se aprovechan de ella, la propician, alientan y hasta patrocinan. En este patético ejercicio de libertinaje, la escena se convierte en un espacio de difamaciones, injurias y vilipendios.

La política es un servicio, una vocación. Si bien implica la búsqueda del poder político, el ejercicio de la política debe existir y desarrollarse en función de una sociedad y no por el poder en sí mismo. Hay una enorme diferencia entre la política y la politiquería, entre poder y autoridad, entre mandar y gobernar, entre manipular y liderar. La fuente de la política es la sociedad, pero la sociedad considerada en su conjunto, no en función de una parte, y menos si esa parte es minoritaria, hegemónica y excluyente. Cuando el poder se usa para potenciar el poder para todos, entonces tenemos un poder que sirve a la sociedad en lugar de servirse de la sociedad.

Algunos políticos creen que todo tiene un precio: el candidato, el diputado, el partido, el voto, el proyecto de ley o la ley, las promesas electorales, el conocimiento, la voluntad. Por este camino hemos llegado al divorcio de la ética de la política y, en consecuencia, a ver la política como un fin, y a los ciudadanos como medios o instrumentos para alcanzar ese fin.

Para los humanistas cristianos (yo me encuentro afiliada a esa corriente) transformar la política en un servicio humanizador. Por ello algunos propiciamos la “Repolitizacion”, a saber, el ejercicio de la política como servicio. Buscamos recobrar entre la ciudadanía el protagonismo en las decisiones que construyen vida social. Creemos en el proceso de atender la realidad política transformándola. Nos vemos a nosotros mismos como agentes de cambio social, como sembradores de esperanzas en cada una de las comunidades que nos toque representar. Para ello debemos saber escuchar, debemos dialogar permanentemente, ser sensibles a las señales que nos da el día a día y, sobre todo, ofrecer garantías de credibilidad a los ciudadanos. Eso sólo se logra con vocación de servicio público, con compromiso con las personas y generando y cumpliendo acuerdos con la ciudadanía. La política, repito, es una actividad de servicio.

Algunos candidatos -sin escrúpulo alguno- caminan de campaña en campaña y de partido en partido “negociando” de la manera más pragmática y anti-ética la “supervivencia política”. Poco o nada importan los postulados filosóficos, políticos y programáticos. La cuestión es no quedarse por fuera de la repartición.

Empero, algo debe quedar muy claro: los partidos, movimientos políticos y candidatos son actores fundamentales en el proceso democrático, son quienes tienen la responsabilidad, moral, ética y jurídica de representar y reflejar la verdadera voluntad de sus electores, bajo unos principios mínimos de transparencia, respeto y responsabilidad en el ejercicio de lo público. Son responsables tanto de lo que hacen, como de lo que permiten que sus afiliados y aliados hagan. Es inmoral el “dejar hacer, dejar pasar”.

Este largo texto tiene un solo propósito: declararme acérrima enemiga de las campañas de “destrucción masiva” como las que hemos visto en este proceso electoral de gobernadores y alcaldes. Cuando un candidato tiene algo bueno que ofrecer, cuando tiene propuestas valiosas y creativas, no necesita caer en la vulgaridad de la mentira.

Una práctica que puede ayudarnos a encontrar el camino de la dignificación de la política es la comunicación de la verdad, la lucha por la justicia, la promoción del bien común y la defensa de los derechos humanos de todos los ciudadanos. Eso se traducirá en darle la altura y la dignidad que tanto necesitamos en la política.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Vivir el Serviam


Gracias a María Cristina Núñez de Turco Rivas y a Sister Jackie por sus estimulantes palabras. Y gracias a ASEAM por invitarme a participar en este congreso. Con este panel de oradores, lo menos que puedo sentirme es honrada y privilegiada. No es cualquier cosa compartir tablas con gente de tan alto calibre y prestigio.

Mis palabras de hoy tratan precisamente sobre un privilegio: el privilegio de llevar el Serviam tatuado en el alma.

Serviam shall be our watchword… Eso canta nuestro himno… El Serviam no es, sin embargo, una linda palabra, o un bonito escudo. No es un vocablo para cuando la oportunidad se pinta de discurso; no es un latinazgo elegante para lucirse. El Serviam es una manera de ser, de actuar, de vivir.

Además de Alberto Federico Ravell y Feliciano Pacanins, de Luis Vicente León y Hugo Faría, que son cuatro venezolanos de excepción, aquí están como oradoras de orden ex alumnas de varias generaciones.

Está María García de Fleury, de la primera promoción, por quien mi grupo siente un particular cariño y respeto. María nos enseñó dentro y fuera de las aulas, nos guió en esos tiempos de la confusión de la adolescencia.

Está Lilian Tintori de López, de la promoción XXXIII, la nueva generación que brilla con luz propia. Muchos caerán en el error de decir: “Ella es la esposa del Alcalde Leopoldo López”. Yo, que conozco mucho a Leopoldo, me permito apuntar que si Lilian es la esposa de Leo, Leo es el marido de Lilian.

Y vemos en la agenda a Ana Teresa De Sola de Mata, para hablarnos de un maravilloso proyecto. Porque en la comunidad ursulina, el futuro siempre se conjuga en presente del indicativo.

Veo muchas caras conocidas. Y eso, junto con estos espacios que guardan toneladas de buenos recuerdos, me hace sentir que estoy en casa. Este no es sólo mi colegio. Esta es mi casa.

Yo represento a algo así como la madurez: una señora cincuentona que viene a hablarles en nombre de la promoción Merici X, la de 1973. Sí, lo sé, uno dice 1973 y suena al precámbrico, a Jurassic Park…Y tienen razón, 35 años son un bojote de años… Precisamente con ocasión de un aniversario tan importante para nosotras, y yendo con la modernidad de los tiempos, y porque el medio es el mensaje, como bien apuntara McLuhan, para celebrar estos 35 años produjimos piezas audiovisuales, armamos un Blog, y habilitamos sistemas de comunicación con las compañeras doquiera que estuvieren. Y claro, celebramos con una misa y con varios encuentros.

Nos dimos a la tarea no sólo de intentar ubicar a todas las que estudiamos juntas, sino que identificamos cómo vive cada una el Serviam. Descubrimos que en esta promoción hay, como decimos en criollo, “de todo, como en botica”. No me refiero tan sólo a la variedad de profesiones y oficios. Me refiero más bien a la multiplicidad de formas de ejercer el Serviam. Si uno hace un acercamiento descubrirá que todas estas mujeres, que de niñitas de falda, gorra y medias tobilleras se convirtieron en adultas, encontraron su propia manera de vivir el Serviam. Y lo hacen todos los días. En el recreo – perdón, quise decir receso – los que lo deseen pueden ver un video casero que es un close up a nosotras.

El Serviam no se tiene, una no lo posee. No es posible atajarlo ni ponerle límites. Simone de Beauvoir, la destacadísima escritora francesa, en el primer párrafo de su excelente obra “La Ceremonia del Adiós”, escribe: “Eso no se puede decir, no se puede escribir, no se puede contar… Eso se vive, eso es todo”.

La frase parece escrita para el Serviam. Porque al Serviam hay que vivirlo, no simplemente recitarlo de caletre o colocarlo en una pared como amarillento recuerdo del pasado. El Serviam no es un alfiler para decorar la solapa de una chaqueta o el cuello de una blusa para hacer saber a la gente que estudiamos en el Merici. El Serviam no es un mero acompañante en un viaje, no es un libro con indicaciones. No es una manual de buenos modales. El Serviam es el guía de nuestra travesía por esa maravillosa aventura que es la vida. El Serviam es la esperanza que no se agota; es la conciencia a la que le basta una mirada; es la voz de aliento y también el susurro de atención y alarma. Es un exigente sello tatuado en nuestra alma cristiana.

Serviam significa “I shall serve”, “yo serviré”. Y yo agrego, Serviam significa “yo sirvo”. Sirvo a la gente, a mi familia, a mi prójimo; sirvo al débil, al amigo, a mi comunidad; sirvo a mi país, sirvo al mundo. Caray, significa “yo sirvo para algo”. Serviam es una declaración de utilidad, de responsabilidad, de solidaridad y fraternidad; de dar una mano a quien lo necesite, de ofrecer el hombro para apoyar a quien lo precise, de compartir lo que somos y tenemos.
Déjenme decirles que vivir el Serviam es un acto permanente de inteligencia emocional y espiritual. El Serviam tiene todo que ver con tenacidad y perseverancia. El Serviam no es un “de vez en cuando”. Es un “todo el tiempo”. Serviam es decirle al mundo que somos mujeres dignas, que tratamos de hacer el bien. Como escribió nuestro dulce poeta Andrés Eloy Blanco, es que “algo le toque al mundo de lo que estamos queriendo”. Por eso el Serviam nos acompaña a donde sea que nos lleven nuestros pasos.

Serviam es concebir la vida como algo trascendente, no como un homenaje insulso y decadente a la banalidad. Serviam significa querer y amar. Significa dar con generosidad; significa saber pedir ayuda cuando la tristeza o la angustia nos sofocan y no temer lucir débiles. Significa comprender y evitar el egotista ejercicio del prejuicio y la intolerancia.

Serviam es saber reír y saber llorar, y entender que tanto reír como llorar nos hace maravillosamente humanos. Serviam significa no aceptar lo injusto y luchar por la equidad. Significa hacer, incluso a riesgo de equivocarse. Significa saber que, aun en las equivocaciones, hay aprendizaje. Significa que es más importante hacer y equivocarse que caer en el patético error de pasar por la vida sin pena ni gloria. Y si una se cae, bueno, se levanta, se alisa la falda, recoge los pedazos rotos y sigue.

A nuestra adolorida y tan querida Venezuela, creo yo, le hace falta que mucha gente, y muy en particular muchas mujeres, vivan el Serviam. Quizás pelearíamos menos y lucharíamos más; despreciaríamos menos y comprenderíamos más; rechazaríamos menos y abrazaríamos más. Con el Serviam como guía, sembraríamos más y cosecharíamos mejor. Privaría la honestidad sobre el oportunismo. La honradez sobre la corrupción. La decencia sobre la inmoralidad.

Habría más programas como el sistema nacional de orquestas juveniles e infantiles y menos bochornosos maletines que viajan en los aviones de la corrupción. Hablaríamos más en la primera persona del plural, en el “nosotros”, y seríamos mucho menos egoístas.

Y no tengo empacho alguno en afirmar que si entre líneas en nuestra constitución leyéramos la palabra Serviam, este país honraría a su historia; y los padres de la Patria y los muchos hombres y mujeres de sucesivas generaciones que dedicaron su vida a construir a la nación no estarían, como están, revolcándose en sus tumbas y pateando ataúdes y cenotafios.

El Serviam, puesto en primer plano, nos recordaría que somos república porque otros mucho antes que nosotros no se rindieron, porque otros mucho antes que nosotros se negaron a ver su presente como un triste destino sin remedio. Que tenemos que vernos a nosotros mismos en un espejo, pero no en un espejo empañado, no en un espejo roto, sino en el espejo de prístino cristal de la esperanza.

El Serviam nos dice cada día que no podemos rendirnos, que la vida es el mejor horizonte que tenemos, que es el territorio en el que otros han conseguido superar los problemas, muchas veces antes que nosotros nos dejáramos caer en esta desgastante letanía de desesperanza, pesares y ansiedad que nos toma por su cuenta una y otra vez, en un carrusel que pareciera no parar nunca. No tenemos derecho a la claudicación, porque no importan nuestros dolores y terrores de ahora, sino el esfuerzo que otros, esos otros que son nuestros otros, hicieron por superar tragedias mayores y pintarnos nuevos horizontes. Estamos comprometidos con ellos y con esos campos de sueños que sembraron con sus manos encallecidas y que fertilizaron con su sangre.

Con el Serviam como guía los venezolanos tendríamos un país y no esta mera coincidencia geográfica de un gentío en que se nos convirtió la Patria. Aplaudiríamos el esfuerzo y el trabajo, la prudencia y la modestia, que son virtudes que alumbran la senda del progreso, y repudiaríamos enérgicamente el rastacuerismo, la viveza y el manirrotismo, canallas vicios que sólo conducen a la decadencia y la involución.

Serviam, amigos, queridas ursulinas, alumnas y ex alumnas, profesores, padres y representantes, Serviam es servir, servir para algo, servir bien. He allí el fundamento de la educación y formación ursulina. El Serviam es como bien cantan los versos de Andrés Eloy en su “Coloquio bajo la palma”:
Lo que hay que ser es mejor
lo que hay que hacer es amar
lo libre en el ser humano,
lo que hay que hacer es saber
alumbrarse ojos y manos
y corazón y cabeza
y después, ir alumbrando.


Quizás algunos de ustedes conocen mi trayectoria pública y política. Soy escribidora de oficio, una simple artesana de las palabras. Escribo cuentos, novelas, poemas, artículos de prensa, ensayos, discursos. Y también crónicas, chistes y textos para caricaturas. Al escribir muestro la huella digital de mi alma, aún a riesgo de quedar tan a la luz pública, que me convierta en objetivo de guerra. Escribo todos los días, escribo para no perder la razón en un país donde hasta el más cuerdo puede enloquecer.

También ejerzo en la Política una labor quizás de poco lustre pero de trabajo de hormiguita. De hecho, buena parte de mi quehacer político ocurre tras bastidores, lejos de los reflectores, las cámaras y los micrófonos, asesorando a los nuevos liderazgos y despertando en los jóvenes el ansia de construir un mejor país. Soy en definitiva una irredenta y sencilla militante de la democracia. Una mujer pequeñita de finales de un siglo y comienzos de otro, que hace lo que debe y ayuda en lo que puede. Y como soy extremadamente terca, la palabra “rendición” no está en mi diccionario.

La cocina se me da bien y es mi refugio, no para escapar sino para encontrarme a mí misma. Porque, créanme, es muy fácil extraviarse en el ruido de los aplausos y las lisonjas y el chaparrón incesante de los insultos, las injurias y las calumnias.

Pertenezco a una familia que come, sueña, ríe, llora y reza unida. Y tanto en mi vida privada como en mi vida pública, el Serviam está incrustado en mi ser y quehacer. El Serviam es mi inspiración, mi mejor aliado. Es también mi seguro, mi garantía de no desviación de principios y valores. Es la antorcha de honestidad y honradez que ilumina mi senda, por muy oscura y plagada de tentaciones pecaminosas que esa senda sea. El Serviam no me permite practicar la nefasta indiferencia y mucho menos la muy perjudicial indolencia. El Serviam evita que yo caiga en el error de meterme en la comodidad de una burbuja y me mantiene los sentidos y el alma abiertos y atentos.

Y de veras me complace mucho saber que cualquiera de mis compañeras del Merici X estaría aquí diciéndoles más o menos lo mismo, pues siendo muy distintas y plurales, coincidimos en la manera cómo entendemos el Serviam. No somos perfectas. Dios nos libre. Eso sería caer en el pecado de la soberbia y la petulancia, además de que nos haría insoportablemente aburridas. Somos sí mujeres que creen en lo que hacen, y hacen aquello en lo que creen. Nosotras pasamos por este colegio, y este colegio pasó por nosotras.

Educadas como fuimos por las Ursulinas, entendemos el Serviam como un privilegio que nos obliga y compromete a la dignidad. Fuimos educadas para ejercer la libertad, sí, la libertad, pero con responsabilidad. Prefiero mis alas a una jaula. Y sé que la emancipación no se consigue cambiando de pastor, sino dejando de ser ovejas. Con tropiezos, con dolores y con errores, y también con muchas satisfacciones, vivimos el Serviam. Acaso debería decir, tan sólo, que en el 35 aniversario de nuestra promoción, sabemos y entendemos que el Serviam, más que un “motto”, más que una consigna, es una rúbrica de compromiso.

Gracias a ASEAM y a mis queridas ursulinas. Gracias por lo que hacen todos los días. Gracias por vivir el Serviam y enseñar a tantas mujeres como yo a llevarlo como estandarte de vida. Gracias por ser, o, como canta Eros Ramazotti, gracias por existir. Si algo de bueno hemos hecho en la vida, en generosa parte se lo debemos a ustedes.

No los aburro más. Termino citando un par de párrafos del epílogo de “Una Muchacha llamada Providencia”, un cuento de mi autoría:
“… Hay ventajas – que no pocas – en acumular canas y arrugas. Entre ellas, llegar a los cincuenta y déle y poder sentarse a recordar gente magnífica que se tuvo la fortuna de conocer. Cierro los ojos y mi memoria evoca con pasmosa precisión una tarde linda de dulcitos criollos y agüita de papelón, departiendo con unos guayaneses de corazón abierto y cálido y verbo acogedor: los Leoni.

Para la época yo debía tener unos quince años, y era a la sazón una muchachita de alma y cabellos indómitos, que acaso ni tan siquiera alcanzaba a imaginar que la vida se le presentaría exigente y pasional. De boca de estos anfitriones aprendí cosas que no estaban en los libros de historia. Hay algo glorioso y ciertamente maravilloso en entrar en contacto con personas dispuestas a compartir sus vivencias, sus errores y aciertos, sus temores y grandezas, sus alegrías y tristezas.

“Querer a este país duele, pero es un dolor bueno, que se calma con trabajo, con sudor, con largas jornadas de esfuerzo”; eso dijo Raúl Leoni una tarde de llovizna en una Caracas que hospedaba su cuerpo ya enfermo.

Desde el pedacito de cielo donde están, Raúl Leoni y Doña Menca nos ven, y rezan, y tratan de ayudarnos y cobijarnos. Seguros podemos estar que estos guayaneses no pierden la fe, esa fe que siempre tuvieron en una Venezuela por hacer, que habría de ser construida con ladrillos de democracia, la democracia que nació parida con harto dolor por un país complejo y diverso sobre una cobija de fique, la democracia que no estaba sumida en sombras y a la cual le fue secuestrado tanto y tanto principio, pero también la democracia que de alguna manera se nos tatuó en la piel y que tiene estrellas que titilan en el firmamento para guiarla. Ellos, Raúl y Menca, están en esas estrellas que podemos observar en el cielo de noches hermosas.

A Raúl Leoni le gustaban las alpargatas, los versos de Andrés Eloy y de la alacena se robaba los mazapanes y los cristales de guayaba que le mandaban desde la ciudad de la angostura del río. Dicen que durante toda su vida en conjunto, Doña Menca lo consentía, y le preparaba su jaleíta de mango. Y él, así como compartió tanta democracia con el país, siempre estaba dispuesto a compartir una cucharadita de su jalea con cualquiera que quisiera acompañarlo…”

La referencia a los Leoni no es en modo alguno gratuita y tampoco oportunista. De hecho, poco amiga como soy de la improvisación, mis palabras de hoy las llevo preparando durante semanas. No podía imaginar la tragedia que ocurriría. Lorena Leoni es mi compañera de promoción y una amiga incondicional. Ella es una egresada del Merici X. Los Leoni vivieron el Serviam y lo siguen viviendo. Son ejemplo de venezolanidad, modelo de esa Venezuela nuestra que no podemos permitir que sea degradada y escaldada.

En estos momentos, la familia Leoni sufre un dolor inmenso, un dolor tan y tan grande y tan sofocante que no hay palabras en el diccionario para describirlo. Los Leoni están tristes. Si entendemos el Serviam, si vivimos el Serviam, el dolor de los Leoni es nuestro dolor, su pesar es nuestro pesar, su congoja es nuestra congoja. A los Leoni, que son la personificación del Serviam, no podemos sino retribuirles con nuestro Serviam. Rezar con ellos y por ellos. Llorar con ellos. Ser Serviam con ellos. Y suplicarle a Dios que nos ayude a ayudarlos. Les pido que esta noche cierren sus ojos y eleven una plegaria por Lorenita y por los Leoni. Hacerlo es rezar por esta Venezuela Nuestra.

Vivir el Serviam, en síntesis, es un ejercicio de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; vivir el Serviam es amar a Dios, a la Humanidad y a Venezuela. Vivir el Serviam es entender esos versos del dulce poeta:
Los que aquí estamos
nacimos en la pura tierra de Venezuela;
amamos a Bolívar como a la vida misma,
y al pueblo de Bolívar, más que a la vida entera;
y a Venezuela, inalcanzable y pura,
sabemos ir por el "bendita seas".


Le pido a Dios, a Santa Úrsula y a Santa Ángela que nos bendigan, que nos den la fortaleza para enfrentar la adversidad y que nos permitan siempre darle un espacio privilegiado en nuestras vidas a la esperanza.

Buenos días y muchas gracias. Ah, y por favor, vayan a votar el 23 de noviembre.

lunes, 18 de febrero de 2008

Cocina de Autor


En casi todos mis cuentos y novelas aparecen recetas de la culinaria venezolana e iberoamericana. Yo creo firmemente que en los fogones y los calderos se encuentra buena parte de lo que somos como seres humanos. A continuación encontrarán algunas de esas recetas, narradas por su propios autores. Es entonces "Cocina de Autor".

El asado negro de Leticia
"... Lo preparó con sus propias manos, usando la receta que su abuela Corazón le había enseñado:
- Mira, muchachita, ¡pon cuidao! Para preparar el asado negro necesitas un muchacho redondo de kilo y medio más o menos. Necesitas además una taza y media de aceite de maíz, una taza de papelón rallado, una cebolla grande cortada en cuadritos pequeños, tres cabezas de ajo machacado, un kilo de tomates maduros, media taza de vino tinto, una pizca de sal y pimienta negra recién molidita. Escucha bien. La noche anterior, agarras el muchacho y lo limpias dejándole parte de la capa de grasa. Lo sobas bien con los ajos machacados y la sal y la pimienta. Luego lo bañas con el vino tinto, y entonces lo cubres y los dejas dormir todita esa noche en la nevera. Al día siguiente calientas muy bien el aceite en un caldero y le agregas el papelón. Papelón, no azúcar, que no es lo mismo ni sabe igual. Cuando está bien oscuro, sellas la carne con esta mezcla hasta quedar prácticamente negra. Aparte cortas las cebollas en cuadritos chiquitos, pasas los tomates por agua caliente para quitarles la piel, les quitas también las semillitas y los picas en pedazos no muy chiquitos.

Entonces agregas las cebollas al caldero, las dejas transparentar y agregas los tomates, con un poco de agua. Le pones su poquita de sal y su poquita de pimienta. Lo tapas y lo dejas tapaíto hasta que el muchacho esté tierno. Si ves que se va secando, le agregas más agüita. Cuando esté listo lo dejas reposar antes de cortarlo. Y luego lo sirves con mucho orgullo, que el asado negro es como la gente, exige respeto. Mira, muchachita, no hay quién resista la tentación de comer un buen asado negro. Lo sirves en una bandeja bien bonita y lo acompañas con un arrocito bien blanco y unas tajadas con quesito blanco rallado..."

Los buñuelos de Pensamiento
Para preparar los buñuelos, se comienza por quitarle la vena a la yuca que ha sido salcochada por cuanto menos una hora en agua con una pizca de sal. Luego se tritura esa yuca hasta que consigue una masa suave y bien uniforme. Luego con las manos se hacen bolitas, y se fríen en aceite bien caliente hasta que doren. Se ponen en una bandeja y se les espolvorea con azúcar, y se dejan enfriar. Se los bautiza con jarabe de papelón, que se logra derritiendo panela en un poquitico de agua a fuego medio. Al jarabe de papelón se le puede aromatizar con clavitos de olor, con canela, con guayabita, o hasta con hojitas de naranjo.

El Negro en Camisa
Se requiere 300 gramos de chocolate en polvo semi amargo; 300 gramos de azúcar; 300 gramos de mantequilla; 6 posturas; tres cuartos de taza de harina leudante; y además leche y agua. Esto para hacer el bizcocho. En un perol de cobre o acero inoxidable, se coloca media taza de leche en baño María, allí se disuelve el chocolate, y se agrega la mantequilla derretida. Se tiene que estar moviendo constantemente. Se añade la azúcar sin dejar de remover. Es muy importante que el chocolate no hierva, pues de lo contrario puede perder su aroma. El Negro en Camisa, como tantas cosas en la vida, requiere paciencia, mucha paciencia. Añada las yemas de los huevos y continúe removiendo con fuerza. Ahora agregue la harina cernida. En un perol aparte, bata las claras y cuando estén a punto de nieve se agregan en la mezcla batiendo con mucho cuidado. Se pone todo esto en un envase alto y se lleva al horno, a 350 grados. Se sabe que está listo cuando se mete un palillo y sale limpio.
Para la preparación de la "camisa" se necesita 1 litro de leche, 6 yemas, 1 ramita de vainilla y azúcar. Se caliente la leche y se agrega el azúcar y la vainilla, sólo las semillitas. En un cazo, hay que batir muy duro las yemas de huevo y añadir la leche. Luego eso se agrega a la leche caliente, removiendo sin parar hasta que suelte el hervor. Luego se baja la candela y se deja espesar. Se saca del fuego y se deja reposar. Se saca al "negro" del molde, y encima se le pone la "camisa". Hay que dejar que la camisa abrace al negro.

El dulce de pomarosa del General
Para hacer el dulce de pomarosa necesitan como 20 pomarosas maduras, como un litro de agua, como un cuarto de kilo de azúcar, y pétalos, pétalos de rosas blancas o rosas miniaturas. Y también agua de rosas o de azahares. Pongan atención. Cortan las pomarosas por la mitad, y les dan forma de casco. Le quitan las semillas y las guardan aparte. Ponen en la candela el litro de agua con el azúcar. Entonces, cuando empieza a espesar, meten los cascos de pomarosas, y quitan la olla del fogón para que las pomarosas se cocinen solas en el melao' caliente. Y dejan enfriar. Cuando ya esté bien fresco lo ponen en un pote, y lo dejan reposar en la oscuridad por un día y una noche. Agarran los pétalos de las rosas y los lavan muy bien, y los ponen en agua fresca. Luego, cuando sirven el dulce, le ponen unos pétalos, y unas goticas de agua de rosas o de azahares.

La Olleta de Gallo de María Federación
La Olleta de Gallo es una sopa de origen español en cuya receta se nota la influencia de los hábitos criollos, pues incluye piezas gallo, pequeños trozos de carne de res y cochino, vino dulce, verduras y especies. Para preparar la olleta de gallo se necesita, Para el caldo: 1 gallo de 2 a 2,5 kilos, 1 limón (para la limpieza de la carne), 5 litros de agua, 1 ajoporro, 2 cebollines 1 cebolla grande, cortada en dos, 1 cabeza de ajo entera , 2 ramas de céleri, 1 cucharada de granos enteros de pimienta negra y 2 cucharaditas de sal. Hay que hacer un sofrito, con 5 cucharadas de mantequilla o aceite de maíz 1 taza de cebolla picada 1 y 1/2 tazas de ajoporro 1/2 taza de cebollín, 1 diente de ajo grande bien machacado, 3/4 taza de pimentón rojo , 3 cucharadas de ají dulce , 2 tazas de tomate, sin piel y sin semillas . Y también hay que hacer un melao’ con 500 gramos de papelón en 1 taza de agua.

Entonces viene el momento de hacer la sopa, que se prepara con el caldo del gallo , el melado de papelón, la carne de gallo picada en trocitos, 4 a 5 tazas de harina de trigo tostada, 2 tazas de vino dulce Moscatel, 1/2 taza de encurtidos en mostaza bien picaditos, 1 cucharadita de salsa picante, 1/2 taza de salsa de tomate, 1 cucharada de salsa inglesa, 20 aceitunas rellenas de pimentón, picadas en rueditas , 1/2 taza de alcaparritas enteras, 5 cucharaditas de sal, 3/4 cucharadita de pimienta negra recién molida, 1/2 cebolla grande, picada en juliana y quemada en un cucharada de mantequilla y con una cucharada de salsa inglesa, y además 1/2 taza de jugo de naranja.

Las glorias culinarias de las Gil
- Pongan cuidado, que voy con la receta del Lomo – advirtió la mayor de las Remedios.
- Se fríen 6 cebollas en una sartén con poca grasa. Se agregan las tajadas de cerdo y se doran de 7 a 8 minutos por cada lado. Se añade sal y pimienta al gusto y se deja cocinar a fuego lento durante 10 minutos. Se le agrega al jugo de la carne un poquito de agua y 1 cucharada de café molido. Luego, 4 cucharadas de crema fresca, y se va removiendo despacito, muy despacito, hasta que quede bien diluida. Se vierte la salsa sobre los trozos de lomo. Y lo digo en especial para las Virtudes, que les da por la desesperación. Cocinar bien no es un oficio, es un arte que requiere paciencia.
- Oye, Remedios, aprovecha y cuenta la receta de la Salsa de Café y de la Tortilla, que yo no sé a dónde fue a parar mi cuadernito – dijo una de las Milagros.
- ¡Qué raro! Te la pasas en ese desorden. Anota pues.
- Para hacer la salsa, se derriten 50 gramos de mantequilla. Se agregan 2 cucharaditas de salsa inglesa, 2 cucharaditas de mostaza fuerte de Dijon, 1 cucharada de jugo de limón, una pizca de azúcar, unas gotas de Tabasco, Sal y pimienta al gusto, y 1 taza de café fuerte. Ponen a hervir todo hasta obtener una mezcla uniforme, de consistencia homogénea. La pueden guardar en un pote, hasta por un mes.
- ¿Y la tortilla? – Preguntó la menor de las Remedios.
- ¡Mija, espera, que te vas a morir la víspera! ¡Caray! Anota, pues. Se baten 6 huevos y se mezclan con 225 gramos de carne de res o de ave previamente cocida 125 gramos de jamón, 1 papa, 1 berenjena, y 1 cebolla frita. De último se pone miga de pan mojada en café muy fuerte completamente deshecha. Se mezcla bien y se hace una tortilla a la francesa, como más compacta.
- Tía, dale con la gelatina, que estoy copiando – acotó Remedios.
- ¿La volviste a perder? Bueno, anota. Calientas en una cacerola 1/3 de taza de agua y 3/4 de taza de azúcar super fina, hasta que ésta se disminuya a fuego lento. Deje hervir durante 2 minutos. Por otro lado vas disolviendo 2 cucharadas de gelatina sin sabor sobre 3 3/4 tazas de café fuerte caliente. Mezclas con el jarabe de azúcar. Cuelas esta preparación por un lienzo y la dejas enfriar.
- ¡Espera, espera, que no soy taquígrafa!
- Luego la viertes en 4 pequeños moldes individuales con formas, y la pones a enfriar hasta que esté firme. Para hacer la crema que acompaña la gelatina, tomas una mitad de la pulpa de 2 mangos, y lo mezclas a mano con 2/3 tazas de crema fresca. Para decorar, usas tiras de mango y la crema de mango, a la que pondrás encima las semillas y jugo de las parchitas. ¿Anotaste?
- Sí, ya anoté todo muy bien. ¿Y el Café flambeado?
- Pero, mija, si te lo he contado como doscientas veces.
- Bueno, deja la quejadera. Que sea la doscientos uno...
- Ta’ bien. Pones en el centro de una cazuela de barro los 25 o 30 terrones de azúcar. Viertes 1/4 de litro de aguardiente de caña, 1/4 de litro de ron y el 1/4 de litro de cognac. Agregas canela y cáscaras de limón. Prendes fuego al azúcar embebido de alcohol y deja arder durante diez minutos. Remueves suavemente con una cuchara. Cuando las llamas decrezcan en intensidad, viertes en la cazuela 1/4 de litro de café fuerte, sin azúcar, caliente, revuelves un poco más y sirves con un cucharón en las tazas de café. ¿Anotaste?
- Listo.

El Conejo en Coco de Doña Eulalia
Mira, Isabel, para preparar el conejo en coco que tanto le gusta a Juanchito, necesitas 2 kilos de conejo, 100 gramos de mantequilla sin sal, 2 tazas de leche de coco, 6 dientes de ajo machacados, 2 cebollas ralladas, 1 pimentón bien picadito, 5 tomates finamente picados, sin piel sin semillas, 2 ajíes dulces picaditos, 1 taza de caldo de pollo o de gallina, Sal y pimienta y 1 cucharada de salsa inglesa. Primero lavas y cortas en presas el conejo. Lo adobas con los ajos, la cebolla, la salsa inglesa, la pimienta y la sal, y lo dejas reposar por unas horas. En una paila que ya esté muy bien curada, calientas la mantequilla, le agregas una cucharadita de aceite para que no se queme, y fríes las presas escurridas hasta que estén doradas. Añades el adobo que usó para sazonar el conejo, y además los ajos, el pimentón, los tomates y el caldo. Lo pones a fuego lento hasta que la carne esté casí blanda. Luego le agregas la leche y lo dejas a fuego muy bajito hasta que ablande completamente y la salsa espese. Luego lo sirves caliente y lo acompañas con un arroz blanco.

Los Suspiritos de Monja que le gustaban a Teresa
Morella, para hacer los suspiritos de monja necesitas 230 gramos de harina, 100 gramos de mantequilla, 20 gramos de azúcar, 6 huevos, 1/2 litro de leche, 1 cáscara de limón, y 1/2 litros de aceite.

Dicen que éste uno de los platos de lo que llaman “la cocina de convento”. Pones a cocer la leche junto con la mantequilla, la cáscara de limón, una pizca de sal y el azúcar. Cuando comience a hervir le añades la harina dejando cocer y removiendo hasta que se haga una masa espesa. Entonces lo retiras del fuego y los dejas enfriar un poco. Luego vas incorporando los huevos, uno a uno y batiendo mucho, pues de este batido depende que salgan bien los suspiros de monja. Después pones al fuego una cacerolita con bastante cantidad de aceite y cuando esté caliente, se va echando la pasta para freírla, en porciones del tamaño de una nuez. Los dejas freír solos, ellos mismos se dan la vuelta, se abren y aumentan. El fuego debe ser suave, para que no se te quemen. Se sirven calientes, muy escurridos de aceite y espolvoreados de azúcar de nieve. ¿Sabes Morellita? Esta receta es vieja, viejita. Viene del convento allá en Francia, cuando las primeras religiosas fundaron la congregación de las hermanas de San José de Tarbes. Dicen que ellas siempre tenían preparada una bandeja de suspiros de convento para calmar el hambre de las extraviadas almas de los muchos que tocaban a su puerta.

El Pelao’ de Gallina de Doña Amalia
Para preparar el pelao’ de gallina se requiere 1 gallina de 2 y medio kilos, bien limpiecita y cortada en presas, 2 tazas de aceite, 3 cucharadas de papelón, 1 pimentón picado en trocitos, de 10 a 12 ajíes dulces picados, 3 cebollas grandes picadas en tiritas, 4 ramas de cebollín, 1 cucharada de ajos machacados, 3 tomates maduros sin piel picados en cuadritos, 2 y medio litros de agua caliente, 2 cucharadas de sal, 4 tazas de arroz, 1 cucharada de encurtidos, 3 cucharadas de alcaparras. Y, claro está, no pueden faltar la pimienta y el comino, al gusto.

Se calienta en una olla 1 taza de aceite junto con el papelón, para conseguir un caramelo. En él se doran las presas por ambos lados. Que queden bien doraditas; luego se sacan y se apartan. En la olla se agrega la segunda taza de aceite, y cuando esté bien caliente se le agregan las 3 cebollas, el pimentón, las ramitas de cebollín, la cucharada de ajos bien machacados y los tomates, maduritos y sin piel. Todo esto se cocina a fuego más bien bajo por unos diez minuticos. Entonces se agregan las presas, el litro de agua caliente, a la cual se le agregado sal, pimienta y comino. Todo esto se revuelve, se tapa y se cocina a fuego fuerte por como dos horas, pero teniendo mucho cuidado que no se queme. Luego se le agrega el arroz, 1 y medio litros de agua, así como los encurtidos y las alcaparras. Puede que haga falta ponerle un poquito más de sal. Pero eso toca a cada cual decidirlo. Se vuelve a tapar, se baja el fuego, y se deja en la candela por una media hora. Hay que revolver para que el arroz no se apelotone.

El Cristal de Guayaba de Providencia
Presten atención. Primero, lavan muy bien las guayabas, y luego las ponen a salcochar. Cuando hayan hervido, las cuelan, y toman un litro de esa agua. Le agregan un kilo de azúcar, y todo lo ponen al fuego. Cuando comience a hervir, le agregan unas goticas de limón. Tengan mucho cuidado. Que no se les derrame ni se les queme. Fíjense que empieza a ponerse como gordita. Luego toman un cuchillito, y con la punta toman una pizca de polvo de alumbre, sólo una pizquita. Cuando vean que está a punto, agarran una cuchara de palo y lo baten bien fuerte, hasta que les quede como uniforme; luego echan esa mezcla en potes de vidrio que estén bien limpios. No los tapen, hasta que se hayan enfriado. Luego los pueden guardar en la alacena o en la nevera.

Mereyes de Providencia
- María Gloria, fíjate bien. Presta atención. Primero vamos con el Turrón de mereyes. Vas al mercado, y le pides a Don Crisanto semillas de merey como éstas, ya tostadas. También necesitas papelón blanco. Agarras el papelón y con agua haces un caramelo. Cuando está a punto de hebra que al meter una cuchara los hilos floten en el aire, le pones las semillas enteras o molidas, como prefieras. Se baja el fuego y se bate muy fuerte con una paleta. Entonces lo echas en un mármol engrasado, y lo dejas enfriar. Cuando esté frío, no antes, lo partes en panelas.
- ¿Y los mereyes pasados? – Preguntó una María Gloria a quien la vida aún no le había regalado la virtud de la paciencia.
- Calma, calma. Estás como tu mamá, que si ustedes se descuidan, viste el santo antes de la beatificación. – Respondió Providencia. - Mira, para hacer los mereyes pasados, le tienes que arrancar a los mereyes las semillas, y luego, con cuidadito, le vas quitando este ollejito con la uña. Luego las exprimes muy bien, las pones en este melao’, que los haces con agua y la mitad de un papelón. Cuando el melao’ empieza a tomar consistencia, le pones los mereyes y dejas que hiervan hasta que se pongan bien oscuritos. Entonces los sacas y los escurres. Después los pones en una tabla como ésta, y los colocas al sol y al sereno por tres o cuatro días. Tápalos con una tela muy fina, para que no se les paren las moscas.
- Prima, si alguien no aprende contigo, caray, no aprende con nadie.

El Mojito en Coco de la Tata Costa
Pasó varias semanas aprendiendo de memoria cada uno de los pasos para la preparación del mojito en coco. Mientras veía a Constancia, tomaba nota mental de los ingredientes, de las cantidades y los modos. Que el mojito en coco no es asunto de manos inexpertas. Camino a la escuela, repetía mentalmente todo el procedimiento:

- En un cazo, se pican un manojo de cebolla en rama, tres cebollas de cabeza, 2 ajíes dulces, 3 pimentones verdes, y se mezclan con el aliño molido hecho de pimienta, ajo, orégano, onoto, comino, malagueta y clavitos. Al lado, en una olla, se cocinan tres kilos de corvina o róbalo. El pescado tiene que estar fresco, porque si no, no queda bien. Cuando el pescado está cocido, se desmorona. Se rallan tres cocos, se les añade agua, hasta conseguir una leche. A esa leche se le añaden la mezcla de aliños y verduras, y tres papas picadas en cuadritos. Todo eso se le echa encima al pescado. No hay que olvidar echarle un poquito de sal, sólo un poquito. Y se vuelve a montar en el fuego. Cuando se nota que se ha ido secando, se retira del fuego, y se le ponen aceitunas picadas en rueditas y alcaparras. Eso como adorno.
El Mole de Guajolote de Doña Cielito
Yo vengo de Venezuela, pero soy hija de mexicana. Mi madre era de Guadalajara. Soy una gran admiradora de los platillos de esta tierra. Le suplico que me dé la receta de este magnifico mole.
- Como no, Seño. – Respondió Doña Cielito – yo no tengo nada por escrito, pero si usté quiere anotar... Primero tengo que decirle que esta receta es de mi tierra, de Puebla, del siglo XVII. Cuentan que es de la Madre Andrea de la Asunción, Dios la tenga en su gloria, que era una monja del convento de Santa Rosa. Es mejor prepararlo por adelantado y luego añadir el guajolote. No sólo porque la preparación es larga y complicada, sino también porque el mole es como el amor: necesita tiempo para que se confundan los aromas y sabores. Para hacer el mole, usté tiene que usar un metate como éste. Nada de modernismos. Tiene que ser un metate. Fíjese bien. El mole tiene que quedarle como terciopelo. Parejito, espeso. Nada de trocitos que se noten. Fíjese bien, Seño. Yo le voy a explicar como me lo enseñó mi mamacita y a ella su mamacita. En un caldero grande, ponga a fuego fuerte un guajolote de unos cuatro kilos cortado en piezas en 16 tazas de agua, con 4 dientes de ajo, ½ cebolla amarilla y 1 cucharada de sal. Cuando empiece a hervir, lo cubre y lo deja cocinar a fuego medio hasta que el guajolote esté suave. Cuando esté listo, lo cuela y guarda aparte el consomé.
- ¿Y la salsa?
- Ah, el mole... Cuando yo era chamaquita, mi mamacita me decía siempre que el mole es comida de amor. Por eso se tiene que hacer con ternura. Caliente usté dos cucharadas de aceite en un sartén y saltee un poquito 200 gramos de chiles anchos, 90 gramos de chile pasilla, y 315 gramos de chile mulato. Todos desvenados y sin semillas. Los pone luego en un recipiente con agua caliente y déjelos allí como media hora. Luego los escurre y los muele en el metate. Aparte, en un comal, pone a tostar 4 chiles chipotle y 1 kilo de jitomates. Pele los jitomates y conviértalos en pasta junto con los chipotles. Y eso lo guarda. En el mismo aceite que usó para los chiles, saltee 10 dientes de ajo y una cebolla picada hasta que se vean transparentes, y muélalos como a los jitomates. Saltee 150 gramos de almendras en el mismo aceite por unos minutos, y le añade 100 gramos de cacahuetes pelados, 8 clavos de olor, 4 granos de pimienta, una ramita de canela y media cucharadita de semillas de anís, y los deja ahí cocinando. Luego, muele usté esa mezcla junto con las pasas. En una cacerola de barro, y a fuego fuerte, calienta media taza de aceite. Le añade todos los ingredientes molidos y machacados y lo cocina por unos minutos. Lo tiene que estar moviendo siempre. Le agrega 90 gramos de chocolate amargo rallado y 1 cucharada de azúcar, sin dejar de mover. Cuando la mezcla hierve, le añade unas 4 tazas del consomé de guajolote. Entonces, lo tapa y lo deja cocinar a fueguito lento suave por 20 minutos. Y le añada la sal, tantita nomás, sin exagerar. Lo prueba, a ver si está bueno. Le pone las piezas de guajolote, lo cubre, le sube un poquito el fuego, y lo deja ahí por unos diez minutos más. Mientras tanto, en el comal tueste unas semillas de ajonjolí, hasta que estén doradas. El mole se sirve con estas semillas desparramadas por encima de la salsa. Y yo siempre le rezo a La Lupita mientras lo preparo.
Los Tequeños de Yolanda
- Los tequeños son muy ricos, muy de nosotros. Se conocen en todo el país, y para que lo sepas, los sirven hasta en las fiestas más encopetadas de toda Venezuela. Pon cuidao’. La receta es muy sencilla. Eso sí, con paciencia, porque cuando vayas a hacer tequeños, tienes que hacer bastantes, porque si no, no alcanzan. A la gente le encanta los tequeños, y se los devoran.
- Oye, Yolanda, ¿tú sabes de dónde vienen los tequeños?
- No sé. Lo que sí sé es que dicen que vienen de la época colonial. Tú sabes, usaban los restos de la masa con la que se hacían los pasteles. Alguien me dijo que originalmente los hacían en una hacienda allá arriba en Los Teques. Y por eso se llaman "tequeños". Pero deja la preguntadera, y pon atención, que te vuelvo a dar la receta. Oye bien, para hacer cien tequeños, necesitas quinientos gramos de harina, doscientos gramos de mantequilla, un huevo, media cucharada de sal, un poquito de agua, y como un kilo de queso duro blanco, preferiblemente no muy salado, cortado en palitos. Ah, y no seas pichirre con el aceite, y nada de andar usando aceite pasado. ¡Dios te libre, que los echas a perder! Pones la harina en forma de corona en un mesón, añades la sal, la mantequilla y el huevo. Mezclas muy bien y añades de a poquitos agua tibia para formar una masa suave y elástica. Amasas muy bien y la dejas reposar por como media hora. Luego cortas la masa en dos pedazos y, en el mesón, extiendes la masa con un rodillo. Espolvoréale un poquito de harina y la extiendes de forma parejita. Luego cortas unas tiritas uniformes, y vas forrando los palitos de queso. Que no te queden huecos, porque si no, se escapa el queso. Calientas muy bien abundante aceite en un caldero y fríes los tequeños hasta que doren.
- ¡Estos te quedaron de gloria! Espera, que llevo pa’ los muchachos allá en la sala, y regreso.
- Pero yo me voy, te digo que tengo una torta en el horno...
- Tá bien, pues. Mañana paso por tu casa, para tomarme un cafecito contigo y contarte del picoteo.
La Polvorosa de Pollo de Anaís
En efecto, el aroma transportó a Laurencio a otras épocas. A épocas en las que era feliz, quizás sin saber cuánto. La polvorosa de pollo era de los platillos predilectos de Laurencio. Lo era también de Anaís. Pero eso no se lo contaba él a nadie. Anaís la preparaba con la receta que le había enseñando su abuela, la mamá de su papá, caraqueña de prosapia. A él le encantaba verla en la cocina preparándola. Y la recordó explicándole a su madre cómo hacerla:

- Doñita, venga que le explico. Para hacer la polvorosa de pollo, necesita primero, para hacer la masa, 500 gramos de harina de trigo, 250 gramos de manteca, 125 gramos de mantequilla, sal y agua. Para el relleno, va a necesitar 4 pechugas de pollo pequeñas 1 cebolla picada finita, 1 ají dulce bien picadito, 8 dientes de ajo bien triturados, 1 cucharada de papelón rallado, ½ taza de vino, unas cuantas aceitunas rellenas, unas pasitas, una pizca de sal y pimienta. Para preparar la masa, en una superficie lisa forme una corona de harina y en el centro coloque la manteca y mantequilla, agregue un puntico de sal, una bien todo con la harina, luego agregue agua. Poco a poco va amasando hasta que todo quede bien unido y la masa sea suave. A esta masa la deja reposar y luego la extiende y forra con ella un molde engrasado. Para hacer el guiso, muy fácil. Corte el pollo en pedazos y lo dora en mantequillita; luego, lo saca del caldero y lo desmenuza. Aparte, pero en la misma grasa, hace un sofrito con la cebolla y el ají dulce, luego le pone el pollo desmenuzado, el ajo machacado, el papelón, la sal y la pimienta. Lo deje cocinar un poco a fuego medio y luego le añade el vino, las pasas y las aceitunas, y lo pone a fuego lento hasta que el guiso le quede sequito. Entonces pone el guiso en el molde, y lo cubre con el resto de la masa. El pastel, porque la polvorosa es un pastel, lo pone en el horno, a 350º por una media horita. Luego lo sirve con un arrocito blanco, y si quiere, unas tajaditas.
La Torta de Queso Criollo de Yolanda
Por dos meses, Yolanda preparó cada tarde una torta de queso, que era platillo preferido de su hija, para llevarlo al hospital, por si Victoria despertare con antojo de esa delicia. Para hacer la torta, Yolanda usaba medio kilo de queso blanco rallado y muy fresco, medio kilo de azúcar, una taza de leche, seis huevos, una cucharada de maicena y una cucharada de vainilla. Levantaba las claras a punto de nieve; aparte batía muy bien las amarillas, y agregaba a las claras. Diluía la maicena en la leche y agregaba el queso y el azúcar y por último la vainilla. Vertía la mezcla en un molde engrasado y enharinado y lo ponía en el horno a 350 º por 30 minutos. Era un ritual, un ritual de esperanza, un ritual de fe. En el hospital habían bautizado a la suculenta torta como "Torta Victoria". Cuentan que cada vez que alguien la degustaba, se le quitaba de encima el pesar.

El Bienmesabe de Contemplación
Ninguna mujer en toda Caracas preparaba el bienmesabe como la negra Contemplación. Se decía que el suyo tenía cualidades casi mágicas. Que quien lo comía sentía que sus calamidades entraban en reposos y serenidades.

Su secreto no estaba en la receta, sino más bien en las horas. Lo preparaba en la madrugada, antes del cantar de los gallos, cuando los cocuyos eran los únicos despiertos, por estar dedicados al arte de amar.

Así, en el silencio de la noche, Contemplación se iba a la cocina, y a la luz de velas, y sin emitir sonido alguno, preparaba su dulce. Su bienmesabe era medicina para el alma. Tomaba tres cocos grandes, los partía y les sacaba la pulpa. Esto lo ponía en un cazo y le añadía dos tazas agua caliente. Con un mazo iba triturando la carne blanca. Entonces, lo pasaba por un paño, para extraerle la leche al coco. Le agregaba entonces dieciocho amarillos y un puntico de sal. Luego, en una olla, juntaba tres tazas y media de azúcar con una taza de agua, y lo llevaba al fuego, fuerte, muy fuerte, sin revolver, hasta lograr un almíbar a punto de hilo. Luego retiraba la olla, del fuego, y le agregaba la mezcla de carne de coco y huevos, y lo batía hasta lograr una crema. Esto lo llevaba de nuevo al fuego, y lo iba revolviendo lentamente, muy lentamente, hasta llegar al hervor. Entonces lo retiraba de la candela y lo dejaba enfriar un poco. Tomaba entonces un bizcocho que siempre tenía en la alacena, y lo picaba en rebanadas finas. En una dulcera de cristal, colocaba las rebanadas y las bañaba con medio vaso de jerez dulce. A seguir, una capa de la crema. Y luego una generosa capa de un merengue preparado con tres claras de huevo, media taza de azúcar y una pizca de canela, batido todo esto a punto de nieve.

Para antes que cantara el gallo, Contemplación tenía listo el bienmesabe, que colocaba a buen resguardo en un lugar fresco, alejado de la tentación de las hormigas y de otros antojadizos. O mejor dicho, Contemplación preparaba cada madrugada tres bienmesabes: uno para llevar al Convento de San Jacinto, otro para dejar en la Plaza frente al portón de la Catedral para los mendigos, y un tercero para la merienda de la casa, de Doña Carlota y visitantes, si hubiere alguno, y para el servicio. El mismo bienmesabe, sin diferencias. Doña Carlota era muy estricta en dos cosas: en que todos somos igualmente hijos de Dios, y en aquello del compartir.

Una generosa porción del bienmesabe de Contemplación le fue servida al joven Victorino.

martes, 12 de febrero de 2008

Cantar en tiempos de cólera

Otra vez, le impidieron venir. La satrapía hizo de las suyas, y le cerró las fronteras.

Alejandro Sanz ha sido proscrito por el régimen y calificado de “persona non grata”. Pero él no calla, él canta, canta en tiempos de cólera. Y allá en tierras de Costa Rica con estos versos entonados le habló a Venezuela:
“… No es lo mismo ser que estar / no es lo mismo estar que quedarse, ¡que va! / tampoco quedarse es igual que parar / no es lo mismo / será que ni somos, ni estamos / ni nos pensamos quedar / pero es distinto conformarse o pelear / no es lo mismo... es distinto…. No es lo mismo arte que hartar / no es lo mismo ser justo que ¡qué justo te va!... / no es lo mismo/ que sepas que hay gente que trata de confundirnos / pero tenemos corazón que no es igual / lo sentimos... es distinto…

No le permitieron cantar en Venezuela. Pero su voz vuela por los aires, y nos llega suave y nítida.
“… Vale... que a lo mejor me lo merezco / bueno... pero mi voz no te la vendo / puerta... y lo que opinen de nosotros... / léeme los labios, yo no estoy en venta... Puerta y aire que me asfixio, / que no se trata del lado que quieras estar / que estar de un lado o echarte a un lado... / no sé como decirte, no es lo mismo / vivir es lo más peligroso que tiene la vida...”

Quieren que el jilguero no cante, que los gorriones callen, que el trino del ruiseñor se ahogue. Pero, ¿se puede callar la verdad que vuela libertaria entre las nubes? Acaso no entienden que el oficio de cantores no encuentra murallas cuando la verdad está hospedada en sus versos.
“… No es lo mismo basta o va a estar / ni es lo mismo, decir, opinar, imponer o mandar / las listas negras, las manos blancas... / no es lo mismo / no gana el que tiene más ganas / no sé si me explico / que hoy nadie quiere ser igual / que más te da, / no es como un "ismo"... es instinto…”

No viene Sanz a cantarnos este 14 de febrero. Un gobierno indigno cree que prohibiendo verlo en las tablas dejaremos de escuchar su voz, su verdad, su canto. Pero Alejandro canta, canta aunque los tiempos sean de cólera en un país donde el hastío carcome la paciencia.

En las calles, en las plazas y las aceras. En los pasillos de las universidades y en los patios de las lavanderas; en las trastiendas de las cocinas y en las colas de los autobuses, la gente tararea. Lo hace como gatos ronroneando. “No es lo mismo…”

Marsmorb857@cantv.net
Concejal El Hatillo – Un Nuevo Tiempo
12 de febrero de 2008

viernes, 8 de febrero de 2008

Carta a Clarissa

Mi querida muñeca,

Llevas en tus venas sangre de cuatro apellidos: Vizcarrondo, Azpúrua, Morillo y Sosa. De los cuatro abundan las historias y anécdotas. Como yo soy una de tus tía abuelas Morillo, me toca, si me lo permites, hablarte de ese pedazo de tus raíces.

Tu bisabuelo "Abito" - Pancho Morillo, que está pastoreando nubes junto con tu Tío Abuelo Carlos - nació en un villorrio en Zulia llamado La Cañada. En ese pueblecillo sólo había una escuela, de techo de palma, piso de tierra, y un pizarrón que había venido desde Maracaibo a bordo de una piragua. Abito iba todos los días a recibir clases de su adorada maestra, provisto de un taburete (la escuela no tenía pupitres), 2 lápices (con punta) y un cuadernillo. Ah, y un montón de deseos de saberlo todo. Abito aprendió en esa escuelita de pueblo todo lo que la maestra sabía. Cuando ya de ella no podía aprender más, su mamá (Doña Mercedes, mi abuela) le dijo a su marido (Don Francisco, mi abuelo): "Me voy a Maracaibo; Panchito tiene mucho que aprender".

Abito ingresó primero en la Escuela Superior de Varones, y luego en el colegio de los Maristas. Se graduó de bachiller. Padres y tíos henchidos de honra. El mejor estudiante del Estado Zulia. Así constaba en los reportes. Con el título bajo el brazo y una maleta de ambiciones, sueños y proyectos, a Mérida, a la Universidad de Los Andes. A hacerse Abogado y Doctor en Ciencias Políticas. A los 20 años, a mitad de la carrera y con 20 de promedio, muere Don Francisco. Abito tiene que abandonar los estudios por un año para ocuparse de la finca y de su madre viuda. En esas "vacaciones" se enamoró de Abi, tu bisabuela.

Volvió a la Universidad. Abi y Doña Mercedes estaban ahí cuando le otorgaron ambos títulos, esta vez con el mejor promedio del país. En sus ratos libres, autodidacta, aprendió inglés y francés. Dominaba a la perfección el latín. Y compraba manuales y publicaciones de ganadería, agricultura, mecánica, electricidad.

La carrera y trayectoria profesional y humana de Abito ya te la contarán. Lo que quizás no te dirán es alguna que otra curiosidad. Abito leyó, dos veces, la totalidad de la Enciclopedia Británica. Todos los días leía 35 páginas de un libro antes de la siesta, y 35 páginas de otro libro antes de dormir en la noche. Y tres páginas del Diccionario de la Real Academia Española. Leyó todos los clásicos, de todas las épocas. Era, como él mismo lo decía, un adicto al conocimiento. Fue estricto con sus hijos. Nos librara Dios y la Virgen de presentarnos con una calificación menor a 18. Un 16 en Matemáticas me costó 3 meses de castigo. Recio y exigente, no había lujos ("se me ponen mangasmeás") ni espacio a fruslerías. Había sí libros, el que fuera necesario. ¿Juguetes? ¿Qué mejor juguete que soñar con las andanzas de Alejandro Magno, recitar el poema del Mío Cid, o descubrir que se puede montar el “Sueño de una noche de verano de Shakespeare”? ¿Qué mayor diversión que montar a caballo, o estar entre terneritos, o tratar de ordeñar las amorosas ubres de una preciosa vaca? ¿Qué mayor placer que levantar la vista hacia los árboles y ver el pasillanear de una iguana, o echarse en un pozo a chapotear? Con Abito y Abi recorrimos el país, lo saboreamos, aprendimos a amarlo y a decirle “Patria”.

Clarissa, tú y todos nuestros descendientes son niños privilegiados, no sólo porque en esta familia dejaremos de lado cualquier cosa que haya o se desee para lograr que ustedes tengan una buena educación, sino porque en esta familia la Educación es un valor, un principio, un fin, una manera de ser, no sólo una vía para el éxito... En esta familia se le rinde pleitesía al saber. No se espera de ustedes menos de lo que fue una exigencia para nosotros: la próxima generación tiene que superarnos, saber más, ser más cultivada, más instruida, más educada que nosotros.

Tienen ustedes la obligación ineludible de ser mejores que sus antecesores. Tienen el deber de ser absolutamente honrados en su proceder y honestos en su discurrir. No se les permite la flojera ni la pereza. No tienen ustedes excusa. Deberán retornar con creces a la sociedad en progreso y desarrollo lo que la sociedad les ha brindado como oportunidad. Pueden escoger cualquier carrera, la de su preferencia y gusto, pero tiene que haber afán, dedicación, tesón, esfuerzo. Y con la gente, solidaridad, toneladas de solidaridad. Deben practicar la bondad con sus semejantes y la reciedumbre de carácter. Ambas les permitirán ver el horizonte más allá de nubarrones y chubascos. Deberán ser generosos y magnánimos, y ayudar a sus compañeros y amigos. En la vida tener las manos cerradas es un ejercicio de soberbia. En cambio, dar y compartir nutre el alma.

Tendrán libros, siempre habrá libros. Deberán cuidar los libros de texto pues deben estar impecables para el próximo joven que los use. Se les proporcionará un mínimo de comodidades, sin exageración. Al final del camino deberán ser profesionales de alta estima y valía para el país, para su familia y para su sociedad. Se espera que ustedes tengan alta conciencia democrática, ser liberales y progresistas en el pensamiento y abiertos a las nuevas ideas. No permitan que nadie les imponga criterios a ultranza. Huyan de los fanatismos y sectarismos. No acepten que les cercenen la libertad intelectual con rigores estrechos. Y no se conformen con el quehacer mediocre, y menos con el pensar a medias. Pregunten todos los días “¿por qué?” y no acepten un lastimero "no sé". "No sé" es la triste respuesta de quien no sabe pero que no quiere saber. Piensen en grande, tengan sueños grandes, y no se dejen amilanar por los escollos que encuentren en su transitar. No se dejen aplastar por la mediocridad, pues ella es la madre de la pobreza intelectual y espiritual, que es la mayor esclavitud. Sean ustedes mismos, no viles copias. No permitan a nadie pisotear sus ilusiones. Trabajen duro y disfruten el regalo de la vida. Sean buenos y miren al mundo con ojos de ilusión. La vida es un camino, no un destino. Si ustedes no logran esto, habrán fracasado. Y habremos fracasado nosotros, los padres, los tíos, los abuelos, los tíos abuelos. Y yo no quiero que fracasen.

Estoy segura que entre los Vizcarrondo, los Azpúrua y los Sosa hay también muchas historias buenas, sabrosas, amorosas. Todos somos historia de Venezuela, somos venezolanos, hijos de una tierra donde se arrulla a los niños con el himno nacional. Pide que te cuenten esas historias, esos cuentos, esas anécdotas. Pide que te cuenten sobre las tradiciones y las luchas. Es importante conocer de dónde venimos.
Mi querida niña, cuando tú naciste el futuro se nos vistió de alegría. Tu nombre significa “Que es de sentimientos limpios y puros, que es claridad”. Sé claridad de tu casa y también de tu calle, de tu familia, de tu país y de este planeta que Dios nos dio y que necesita mucha luz para convertirse en un mundo un poquito mejor.

Yo siempre estaré cerquita de tu corazón.

¡Dios te bendiga!

La tía Sol