viernes, 18 de diciembre de 2009

Escribir un libro

Emprender la escritura de un libro, sobre cualquier tema, suele ser un asunto complicado. Hay miles de decisiones a tomar: estilo, tono, coloratura, tamaño, etc. Son asuntos que el escritor debe enfrentar antes de afrontar la aventura de poner en palabras o gráficas sus pensamientos. Pero si ello resulta afanoso para una sola persona, tanto más lo constituye escribir un libro por múltiples plumas.

Es la segunda vez en la que soy partícipe de un libro “cooperativo” editado por la Fundación Venezuela Positiva, que tan atinadamente dirige Heraclio Atencio Bello. Hace algunos años él me invitó a escribir un capítulo para “Opinando en femenino”, una producción que, como se presupone de su título, presentaba a mujeres empuñando no las armas sino las plumas, para expresar sus pareceres sobre los temas más diversos.

Hará unos diez meses, Heraclio me invitó a juntarme en un esfuerzo en extremo complejo, el de contar la historia política de Venezuela. Para ello, el “jefe” (como terminamos denominándolo) convocó a cuatro decenas de historiadores, sociólogos, internacionalistas, abogados, politólogos y periodistas. Había en la lista de autores nombres sobresalientes, gentes de esas que una lee y admira por su conocimiento y la capacidad para el análisis y la comunicación. ¿Cabía yo, una simple y sencilla escribidora de oficio, entre tanto y tanto “chivo” de las letras? Dios, reconozco que me asusté. Pero algo me decía que debía plantarle cara al reto.

Para complicar aún más mi ya muy azarosa situación, pues Heraclio me pidió, no que escribiera sobre algún presidente respetado (Carlos Soublette o José María Vargas o Raúl Leoni); ¡qué va!; me asignó nada menos que a Jaime Lusinchi, un presidente por cuya gestión, que padecí en carne viva, no siento ni un ápice de respeto aunque por él, como persona, no siento sino lástima. Escribir sobre ese presidente y esa época no me sería fácil.

Durante meses, todos los autores recibimos los textos de los otros. Llegó un momento cuando todos nos escribíamos en una suerte de sortilegio de complicidades. Cada día surgían verdaderas tertulias cibernéticas.

Hace poco menos de un mes, el libro, “Tierra Nuestra”, fue bautizado. Está ya disponible en las librerías. Heraclio logró lo que parecía misión imposible: que muchos venezolanos armáramos el rompecabezas de las piezas rotas o extraviadas de nuestra propia historia, de los aconteceres, dislates, devaneos irrelevantes, sudados logros, agrios sinsabores e ilusiones a veces sin destino de esta tierra nuestra. Es la primera obra escrita que se realiza con miras al bicentenario de los sucesos de 1810 y como preludio a los muchos análisis que tocará hacer para disponer de ellos cuando se conmemoren los doscientos años de aquel 5 de julio de 1811, eso si de veras y en serio queremos entender y entendernos, si de veras y en serio queremos hacer de nuestra memoria algo más que un adorno inútil, si de veras y en serio nos decidimos de una vez por todas a abandonar la ruta pantanosa de un país que con sus doscientos años a cuestas no consigue sin embargo ser un país. Los invito a buscar el libro y curucutearlo. Está lleno de sorpresas. Es la historia de esta tierra nuestra.

martes, 8 de diciembre de 2009

Un año que viene

Este año que se va pasó rápidamente o fue muy largo, a según se mire. Para los jóvenes, todo pasa muy lentamente. Ellos quieren, como quisimos nosotros en el pasado, comerse el mundo a bocados. Para los que ya somos adultos, el asunto es más lentecito. “Todo pasa y todo queda”, como escribe el poeta Machado. Para los que andan pegados de las faldas del gobierno, este año fue un “hit con las bases llenas”. Los “boliburgueses” o “bolichoros” hicieron caída y mesa limpia, mejoraron exponencialmente su calidad de vida y se agenciaron no pocos negocios de esos que producen muchos dividendos con poco riesgo y casi sin sudar, mientras los “no alineados”, es decir, los que no estamos de acuerdo con este gobierno vagabundo y sátrapa, en 2009 pasamos más trabajo que el perro de El Fugitivo y tuvimos que hacer sortilegios para poder reunir los cobres para que esta navidad no pasara por debajo de la mesa.

A mí no me gusta la navidad, o para ser más clara y específica, no me gusta en lo que se ha convertido la pascua en nuestro país. Hemos adquirido una estética mal colorida, que ya no se sabe qué origen tiene. Y la gente cae en una actitud pegostosa y almibarada, preñada de falsos amores, porque es “políticamente correcto” que quienes durante todo el año se dijeron sapos y culebras, como por arte de magia, nomás asomarse las fiestas navideñas, cambien los insultos más airados por una besuqueadera y abrazadera cursilonas con presencia y tufo a billete de treinta que me resulta francamente intolerable. Para nada ni cosa alguna, porque no vayamos a creer que se han enterrado las hachas. ¡Qué va! En enero vuelven a las andadas, a decirse de todo menos bonito y a declararse en pie de guerra.

Humm
Pero no todo me disgusta de estas fechas. Me encanta, por ejemplo, la gastronomía. Amo las hallacas, y el pan de jamón, y el jamón de navidad, y la ensalada de gallina, y el pernil, y los turrones. ¡Qué rico! No soy de esas que cree que las únicas hallacas buenas son las de mi mamá. No, a mí me gusta casi cualquier hallaca, salvo las extrañas esas que llaman “deconstruidas”, que vienen a ser como cocinar para atrás y terminar ofreciendo una hallaca que se presenta en una copa de Martini contentiva de los sabores de la tradicional “multisápida” pero convertida en espuma de colores y con alguna pinturita verde por encima que sustituye a las hojas de plátano o bijao habituales. De esas, no gracias. Hay cosas en las que no voy a ceder.

Suelo dedicar el asueto navideño a poner en orden papeles, closets y pensamientos. No es tarea fácil para alguien que tiene manía de conservar todo, incluidas todas las tarjeticas de los bautizos y comuniones a los que ha asistido, montañas de recortes de periódicos y cerros de papelitos con frases escuchadas o con recetas de exquisiteces conseguidas en un incansable curucutear por la vida. No voy a las tiendas porque me agobia el gentío y el ruido. Visito a vecinos y utilizo la maravilla del Internet para enviar tarjetas de navidad a mis muchos conocidos y amigos que viven aquí en Venezuela o en otras latitudes.

Acción de gracias
Otra cosa que hago mucho en navidad es rezar. Más que para pedir, oro para dar gracias. Agradezco a Dios, a la Virgen y a San Antonio (el santo que vela por los Morillo) el estar viva para contarlo y estar mediamente bien de salud. Les agradezco también por la salud de mis seres queridos y el que los chamos de mi familia no hayan caído víctimas de una inseguridad ciudadana que el gobierno nada hace por solucionar, aunque el librito azul diga claramente que es responsabilidad del Estado salvaguardar las vidas y las pertenencias de todos cuantos poblamos esta nación. ¡Qué manera de irrespetar la Constitución!

Tiempo de reflexión
Para mí la navidad es tiempo de meditar, de reflexión, de pensar en qué hacer para contribuir con el progreso de mi país. Hago mucho, eso dicen algunos, y sin embargo no estoy, en modo alguno, satisfecha. Soy, quizás, ese tipo de persona que cree firmemente en que sin el buen quehacer no hay cómo salir de los escollos. Y en este país hay demasiada gente dedicada al oficio de mirar los toros desde la barrera, demasiada gente afanada en el cotilleo intrascendente, demasiada gente sumergida en la búsqueda de echarle la culpa a alguien. Hay miles o millones de personas que enterraron el espejo hace años y ni le pusieron encima para al menos saber dónde lo sepultaron. Al referirse a ellos, algunos los tildan de avestruces, concepto incorrecto considerando que no es cierto que los avestruces tengan la costumbre de enterrar la cabeza, porque si lo hicieran morirían asfixiados. Yo los llamo más bien tortugas o caracoles. Se meten en su “casita”, y allí dentro continúan en su lamentación. Y como son altamente gregarios, se juntan con otras tortugas o caracoles a criticar. Claro, criticar es fácil, y más si se siente devoción por Poncio Pilatos.

Generación “progre”
Menos mal que la nueva generación no cree en nada eso. Por fortuna, son talentosos y globalizados. Están enteradísimos de lo está sucediendo en el mundo y no caen en el expediente lastimoso de creer que lo que está mal hoy se pondrá peor mañana. Ellos, los chamos, para mi beneplácito, ven el futuro con ojos de luz y no de oscuridad. No sufren miopía ni el intelecto ni el espíritu. Son hiperactivos, buscan y buscan hasta hallar lo que quieren. Y no se rinden. Ellos, con esa energía y esa mentalidad “progre” van a cambiar a Venezuela. Nada los va a detener y mucho menos una gente que cree que por la vía de una revolución decadente y trasnochada se puede liquidar el futuro. A la mayoría de los chamos no les gusta el gobierno. Les parece que es un esperpento, que piensa en chiquito, que es la flor y nata de la incapacidad. No le compran el patrioterismo ramplón y la neurosis paranoica con el imperio les parece una gigantesca bobada o, más bien, una tremenda farsa. Es cierto, los jóvenes tampoco parecen entusiasmarse mucho con lo que ven en la “acera de enfrente”, es decir, por los lados de la oposición. Si uno se sienta a conversar con cualquier muchacho, muy probablemente tendrá que escuchar frases bien gruesas y críticas muy severas. Son señales que haríamos bien en atender y comprender. Si nadie le está llegando a los jóvenes, por algo será, por algo que estamos haciendo muy mal será.

De nosotros depende
Entonces, si queremos una navidad que sirva para algo, si de veras deseamos que no sea una fiesta más en nuestras vidas, de esas que sólo se traducen en una resaca, entonces hay que entender que el año se va (al fin) y que el año que viene será tan bueno como queramos que sea, siempre y cuando procesemos de una vez por todas que con la tediosa y constante quejadera no llegaremos a ninguna parte buena. Daremos una vuelta, sí, pero de 360 grados. Y por esa actitud e inacción patéticas, los muchachos nos mirarán con lástima y con fastidio y nos dejarán como burro amarrado en la puerta del baile, porque ellos no se van a calar el llantén. No se van a dejar contagiar por el virus del “aquí no hay nada que hacer”. Ellos seguirán adelante.

Feliz 2010. Y lo digo de veras. Lo recibo con los brazos abiertos. Como cantaba la inolvidable Billo’s Caracas Boys en los picoteos de fin de año: “… un año que viene y otro que se va…” Amén.

Los trepadores

Hay pocas maneras de enriquecerse lícita y rápidamente. Una es el premio gordo de la lotería; otra, heredar de un pariente megamilonario. Una tercera, inventar algo de alta demanda de mercado, cuya licencia sea vendida a una trasnacional de esas que pagan fortunas por este tipo de “money makers”. De resto, por la vía del trabajo honesto “magnatizarse” es asunto de años de esfuerzo.

Consecuencias nefastas tuvo el paro de 2002-2003. Pagaron justos por pegadores. El gobierno, irresponsable como es, prefirió la quiebra de muchas empresas antes que ceder a las peticiones de una sociedad que exigía genuina democracia. Una de las más perversas consecuencias fue la aparición de oportunistas que vieron en aquella crisis la ocasión para negocios redondos. Uno de ellos fue Fernández Berruecos, epítome de la burguesía chavista, que se magnatizó al hacerse uno de los principales suplidores de esa cueva de ladrones que es Mercal. Allí, en ese antro que recibe cero vigilancias del inútil Contralor General de República, comenzó a amasar Fernández Berruecos una gruesa fortuna fétida que le abrió la puerta para aún mayores negociados con el gobierno. Claro, para “entrar” hay que repartir tajadas con algún funcionario del gobierno, coimas que se incrementan tanto en cuanto el funcionario tenga más peso en la escalera de poder o cercanía o parentesco con los chivos del gobierno.

Fernández Berruecos siguió “progresando” y acabó agenciándose unos bancuchos en los que el Estado hizo depósitos megamillonarios, financiando así su zarpazo con reales del pueblo. Un gigantesco chanchullo. Chávez grita como loco. O es cierto que es inocente de toda esta sinvergüenzura (en cuyo caso es un gafo de marca mayor, títere de unos cuantos bribones), o sabía del asunto y se hizo el zoquete, o está metido hasta los tuétanos en esta estafa que es de “Guiness”.

Además de Fernández Berruecos, en esta nausea están implicados muchos más, perfectos desconocidos ayer, magnates hoy. Están Arné Chacón, a quien Chávez niega como San Pedro a Cristo, y otros muchos de la intimidad miraflorina y de la familia presidencial. Son los trepadores, los “socios”, los burgueses chavistas. Haremos mal en dejar pasar esta nueva barbaridad del gobierno de Chávez.

Navidad seca

Mientras Chávez habla más que radio prendío tratando de explicar cómo fue que ocurrió esta estafa megamillonaria de la burguesía chavista, mucha gente pasa las de Caín tratando de ver cómo pasa esta navidad que se vislumbra más seca que las arenas del desierto del Sahara. El tipo se fue de viaje, tan campante, luego de horas y horas de hablar paja y de lavarse las manos como Poncio Pilatos sobre este asqueroso asunto. Los empleados de los bancos intervenidos andan por ahí desesperados. Para ellos ha habido lo usual, promesas y más promesas, pero de sus reales, de su sueldo, de sus aguinaldos, nada aún.

Chávez cree que pasará liso de ésta. Que basta con que se haya mandado en ataques contra los ladrones (que son de su directísimo entorno), que se haya puesto presos a unos cuantos y librado órdenes de captura o emitido prohibiciones de salida del país a una manada de pillos chavistas. Sí, chavistas. Porque lo son, porque a partir de serlo entraron en esa cueva de Alí Babá que es el gobierno e hicieron fortunas indecentes y deshonestas, con el beneplácito, la buena pro y el concurso de Miraflores. Mientras muchos advertíamos que los negociados y las coimas abundan, Chávez se desgañitaba hablando maravillas de los nuevos empresarios. Ahora quiere hacerse el inocente. Lo escribí y lo repito: si Chávez nada sabía y se burlaron de su buena fe, entonces es un gafo de marca mayor, uno más de la camada de perfectos idiotas que ha producido nuestro subcontinente en los últimos lustros y que han convertido a nuestros países en territorio de la desgracia. Los que se llenan la boca diciendo que Chávez es brillante, que es más inteligente que Einstein, bien pueden ir amarrándose las lenguas porque su genio es como el bobo del pueblo, ese del que todo el mundo hace sopita.

Yo, por supuesto, no creo en la inocencia y la ingenuidad de Chávez. Y tampoco creo en su inteligencia. Creo más bien que a él el cerebro no le da para entender que no sólo es cuestión de ética y de moral, cuestiones altamente relevantes en el ejercicio de gobernar, sino también es asunto de destrucción del país, tema de cuantiosas pérdidas que asumirá el pueblo, quien en definitiva es quien siempre paga los platos rotos de los desaguisados que hacen y permiten hacer estos gobiernitos de oportunistas y perfectos salvajes.

Los burgueses chavistas, nuevos ricos todos, se pasean exhibiendo sus fortunas. Arrasan en las tiendas más caras, andan en carros a cual más lujoso, beben licores de etiqueta azul y gastan a manos llenas y sin limitación ni moderación algunas. Sus esposas y sus barraganas, mal vestidas y ordinarias todas, pero trajeadas con los trapos más caroso del mundo, inundan las páginas de sociales del continente. Todo el mundo lo ve, menos Chávez. Sí, como no. Muerde aquí.

No es sólo que este país pareciera carecer de memoria, sino que sufre de amnesia próxima. Y si por esa enfermedad le perdona a Chávez este nuevo despelote, bueno, entonces, los pueblos tienen el gobierno que merecen.

Yo quiero pensar que pasar la navidad seca hará que muchos reflexionen y entiendan de una vez por todas lo que está pasando. Que nos estamos arruinando. Gracias a Chávez y su jauría.

domingo, 29 de noviembre de 2009

¿Y quién dijo que sería fácil?

La llevamos complicada. De eso no cabe la menor duda. No hay cama pa’ tanta gente buena que legítimamente aspira a una diputación en la Asamblea Nacional. Y el asunto es aún más enredado cuando se trata de presentar candidaturas que sean apoyadas por toda la alianza.

Créanme, se está trabajando muy duro. Y es harto enredado armar una “alianza perfecta” cuando lo que nos estamos jugando es tan gordo. No es soplar y hacer botellas ni tampoco tema de desprendimientos que suenan muy románticos pero que, lejos de ser en efecto beneficiosos, pueden resultar contraindicados.
La gente tiene que estar clara. No vamos a arrasar en las elecciones. Eso no es posible. Los números no dan para eso. Pero podemos ganar las suficientes curules como para poner en severos aprietos al gobierno nacional. Lograr romper la hegemonía. Y eso, créanme, es en extremo importante con miras a lo que habrá de suceder en los próximos años.

En Argentina está a punto de estrenarse un nuevo parlamento nacional en el cual el gobierno de Madame Botox no tiene mayoría califiacada. Cristinita comenzará a pasar aceite. En Paraguay el Senado reprobó al Presidente Lugo (el “padre de la patria”) y no le aprobó el presupuesto para el año 2010. Lugo pasa aceite.

Poco a poco y con mucha sensatez se va armando el escenario. La Mesa de Unidad ya ha hecho anuncios en extremo importantes, que han sido producto de largos y densos debates en un ente que, lejos de sumergirse en los pleitos estériles, busca acuerdos y soluciones. Se arma un cronograma, se trabaja día tras día en una propuesta que entusiasme a un país que, gracias a los dolores y pesares causados por el gobierno del Presidente Chávez, ha escuchado los cantos de la desesperanza.

Muy pronto estaremos en 2010. Año de mundial de fútbol. Año electoral. Se puede caminar y mascar chicle. Se puede disfrutar el espectáculo máximo del balón sin descuidar la agenda que nos ocupa. Se puede y se debe ser “multitarea”.

Y como en el fútbol, en esta coyuntura que vivimos tenemos que mostrar lo que los brasileros llaman “jogo de cintura” (juego de cintura).

Dejemos que el gobierno continúe sumergiéndose en su discurso insípido. Dejemos que se mojen las patas en los barriales de la incoherencia. Que griten todo tipo de babosadas, que persistan en la cantaleta del “imperialismo” y la paranoia gafa. Finalmente va quedando claro que ni saben trabajar ni saben gobernar. Con el zaperocón de los bancos queda al descubierto que los boliburgueses no son más que una sarta de fétidos bolichoros, unos maleantes de cinco espuelas que sentaron sus posaderas en las poltronas del gobierno para robar.

No nos angustiemos. Vamos por buen camino, porque la senda de la unidad es la correcta. Desunidos los debilitamos todos; unidos nos convertimos en David. Poco a poco la Mesa de Unidad irá haciendo anuncios. Hay que tener paciencia y no precipitarse. Sin prisa pero sin pausa. Esa es la conseja.

Hoy es 29 de noviembre. Hoy los hondureños tienen elecciones. Zelaya, el patético bigotón, sigue refugiado en la embajada de Brasil, haciendo el papelón de su vida. Muchos creyeron que el gobierno de transición presidido por Micheletti no duraría ni una semana. La realidad está ahí, innegable.

Paciencia y más paciencia. Trabajo y más trabajo. Unidad y más unidad.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Iglesia y Estado: ¿choque de trenes?

Conversación con los estudiantes del Seminario de Valencia, estado Carabobo
Buenas tardes y muchas gracias por haberme invitado a conversar con ustedes sobre un tema que realmente me apasiona. No soy tan experta como quisiera serlo. Pero, como en casi todo en la vida, cuando uno se siente atraído por un asunto, pues busca, y quien busca, encuentra la manera de enterarse.

En una veintena de lenguas antiguas, delito y pecado son una sola palabra. Eso puede darnos una idea de cuánto para el ser humano la ética y la moral constituyen asuntos del intelecto y del espíritu, aunque algunos pretendan negarlo.

De los textos religiosos, sea la Torá, el Pentateuco, el Nuevo Testamento o el Corán, se han derivado razonamientos que han nutrido las bibliotecas del derecho. La religión, cualquiera que ella sea, existe desde que el ser humano existe. Lo mismo ocurre con la sociedad y con el estado y, por supuesto, con el derecho.

Los estados teocráticos operaron en el planeta buena parte del tiempo que tenemos los seres humanos danzando sobre la Tierra. Los reyes, príncipes, emperadores o, en fin, los monarcas de las civilizaciones antiguas eran, a su vez, dioses, hijos de los dioses o representantes de ellos. Esos monarcas, esos jefes de Estado tenían, además de la responsabilidad de gobernar lo terrenal, el inmenso peso de ser tutores de los asuntos del alma.

Hoy, en este mundo del tercer milenio de la era de Cristo, quedan pocos estados teocráticos, y los que quedan son criticados o cuestionados o están en proceso de auto-revisión. Es el caso de los talibanes que gobernaron Afganistán y que están cometiendo toda clase de crímenes en esa zona del mundo, con intenciones de recuperar el poder perdido. Dios proteja a esas gentes de los comportamientos salvajes. Y también está el caso de Irán, cuyo análisis sería motivo por sí sólo de una charla, y hasta unas jornadas.

El alma. Ah, los ateos dicen que Dios no existe. Que es un invento humano. Pero, curiosamente, no se ponen de acuerdo sobre la existencia o no del alma. Los ateos son y siempre han sido, por cierto, un grupo cuantitativamente minoritario. Importante y en muchas ocasiones mandón y autoritario, pero minoritario. En tiempos pretéritos, antes de la separación de Estado e Iglesia, el ser ateo era un delito porque era un pecado. A partir de la Revolución Francesa, eso cambió, y cambió para bien, y ojalá para siempre.

Pero que ese cambio haya sido para bien no quiere decir en modo alguno que no haya sido aprovechado por algunos para su propio y malsano beneficio.

Paul Cliteur, catedrático de Jurisprudencia de la Universidad de Leiden de los Países Bajos, en su libro Esperanto moral marca cinco modelos en la relación entre el Estado y la religión:

Está el Estado ateo o ateísmo político o totalitario, que es cuando el ateísmo es la doctrina estatal. La Unión Soviética, creada en 1917, fue el primer estado ateo y sus defensores ideológicos fueron Lenin y Stalin.

Está el Estado laico o religiosamente neutral. El Estado admite todas las religiones pero no apoya ni financia a ninguna. Hay varios modelos, entre ellos la laicité francesa, la Wall of Separation de Estados Unidos y el modelo turco.

También está el Estado multireligioso o multicultural. El Estado ayuda y financia a todas las religiones por igual. Mantiene a sus clérigos, sus templos y sus actividades. Este modelo se reivindica, fundamentalmente, por religiones que se encuentran en minoría en distintos países.

Una cuarta categoría es la del Estado que tiene una Iglesia oficial. El Estado e Iglesia colaboran estrechamente en tareas de gobierno y mantenimiento del orden público. Se toleran otras iglesias pero no se financian. Este modelo junto con el siguiente, en distinto grado, se reivindican por las jerarquías y grupos fundamentalistas del catolicismo, islam y el judaísmo.

Y está también la Teocracia, que es el sistema opuesto al ateísmo político. Una sola religión es favorecida, se aplican las leyes que conciernen a esa religión y las otras religiones son suprimidas. Se mantiene en Arabia Saudí y se instauró en el poder en Irán a partir de 1979; Sudán y Afganistán no logran deshacerse de este sistema y en casi todos los países musulmanes se aplica en cierta manera, con la excepción de Turquía, que es el único estado laico del mundo musulmán.

Para Cliteur, y yo concuerdo con él, la teocracia es tan mala como el ateísmo político o totalitario. En realidad, vienen a ser lo mismo.

Ahora bien, el concepto o la determinación de que el Estado sea laico no pueden ni deben ser confundidos con el ateísmo, o con un Estado que promueva la “paganización” de la sociedad. La laicidad es buena y conveniente, y hace que las sociedades encuentren el camino hacia la democracia, sin estrellarse contra los muros de los teócratas y los fundamentalistas que a estas alturas aún siguen creyendo que los infieles deben ser tratados como descastados.

Pero a no enredarnos ni confundirnos en errores. Que el estado sea laico no le otorga competencias para decidir los asuntos espirituales de los seres humanos y las sociedades. Si los estados teocráticos son una especie en extinción y no están presentes en el hemisferio occidental, lo que sí abunda por estas latitudes es la implantación de mentalidades políticas que buscan poner de lado a las iglesias, sofocarlas, acallarlas, sacarlas de las tribunas sociales, no porque quienes ideen esos perversos planes sean ateos – aunque algunos quizás lo sean- sino más bien, o peor, para apropiarse convenientemente de la relación espiritual con los habitantes de sus países.

Me explico. Una sociedad en la que la Iglesia sea maniatada, donde las gentes tengan que profesar su fe en la oscuridad de lo clandestino, donde la espiritualidad formal sea relegada a estado de sitio, pues es una sociedad en la que algunos encontrarán espacio libre para erigirse en suerte de deidades con las que el pueblo pueda relacionarse de manera vertical y no horizontal.

Yo, como ciudadano, como político y como ser humano que profesa la fe cristiana, católica, apostólica y romana, y que respeta la libertad confesional, creo en el Estado laico. Pero creo, y por ello soy muy criticada, que cuando se produjo la separación Iglesia – Estado, la Iglesia perdió la competencia de gobernar o cogobernar, pero adquirió la responsabilidad de vigilar y actuar contra los abusos del Estado. Así, eso de que los curas y clérigos no pueden meterse en asuntos políticos y deben mantener sus bocas cerradas, eso de que la religión es como una fiesta aparte, que me perdonen algunos doctos, me parece una elaborada y supina estupidez. Muy por el contrario, en mi visión de la política, las organizaciones religiosas deben ser los grandes vigías, los incomparables defensores de la sociedad y de los derechos humanos.

Entonces, fijada mi posición, si les parece, pasemos a revisar un poco la historia, pasemos de lo general a lo particular.

La Laicidad implica la separación mutua como esferas excluyentes del campo de lo jurídico-político del Estado y de las religiones. Ello nos sitúa, más allá del ámbito institucional que delimita relaciones entre entes del Derecho Público con personalidad jurídica reconocida por el Derecho Internacional (como es el caso de la Iglesia Católica), frente a la regulación y defensa de un conjunto de prácticas y expresiones públicas que forman parte de un sistema de derechos.

La regulación de este campo supone aspectos de la vida pública de las sociedades así como las más íntimas convicciones de los ciudadanos. Ello exige que su análisis jurídico se realice a partir de varios planos.

En primer lugar, es imprescindible considerar los aspectos jurídico-institucionales expresados en el modelo de relación Iglesia-Estado. A ello hay que sumar la forma como se consagra el derecho a profesar y practicar los cultos, las regulaciones administrativas que le sean aplicables, e incluso las relaciones sociales de regulación de la vida civil cuya forma normativa influya sobre las diversas creencias.

Hagamos entonces un breve análisis a partir de los documentos constitucionales de la historia republicana (1811 a 1999) en Venezuela, así como de otras normativas que aplican a la materia.

Comencemos por una definición básica
El jurista Henry Capitant propone en 1936 una de las quizás más afortunadas definiciones que la Laicidad ha recibido desde el punto de vista de la doctrina jurídica. Para él, “la laicidad es una concepción política que implica la sociedad civil y la sociedad religiosa, no ejerciendo el Estado ningún poder religioso y las Iglesias ningún poder civil.

Vamos a detenernos un minuto en esta definición. Comencemos por destacar en ella el carácter de concepción político-constitucional del carácter laico de un determinado sistema político, coincidiendo esa concepción con los desarrollos que se generan a partir de la Constitución de los Estados Unidos de América y de la Revolución Francesa. Además, esa definición pone en relieve el carácter relacional del concepto, dado que éste no es una cosa o un lugar, sino más bien una ausencia de relación. No menos importante, dado su carácter político es ante todo la delimitación de dos géneros de poder de naturaleza esencialmente diferente y llamados a expresarse en diferentes esferas de lo social, el poder político y el poder religioso.

Algunos especialistas como Maurice Barbier, aceptando los méritos expositivos de esa definición, la critican. Barbier señala que el planteamiento de Capitant lleva a suponer una cierta oposición entre sociedad civil y sociedad religiosa, cuando lo correcto sería hablar de una separación entre el Estado y la sociedad civil, en el seno de la cual han de expresarse las religiones. Punto de vista interesante, pero que descontextualiza la definición de Capitant, dado que éste se refiere a la separación entre dos géneros de poder, ambos políticos en el sentido amplio, uno que se presenta como de origen divino y otro de origen terrenal, cuyo máximo conflicto se vivió en Europa a partir del siglo XI, con la llamada Revolución Papal y que legó a la posterior evolución de la “sociedad civil” uno de sus momentos clave de diferenciación. La segunda crítica que Barbier hace a Capitant se refiere a la insistencia en la separación de funciones específicas que opera entre las Iglesias y el Estado, cuando conviene más bien hablar de las religiones y el Estado.
Yo tiendo a coincidir con que la separación se establece no tan sólo con las Iglesias, sino con la Religión, puesto que no todas las expresiones religiosas constituyen iglesias. Además no es asunto de despachar el tema con una visión meramente de lucha entre el poder político y el poder religioso. Valga resaltar que históricamente los conflictos de poder se han articulado en torno a las instituciones eclesiales y no alrededor de universos de creencias.

La adopción de un punto de vista laico dentro de un orden jurídico-político trae consecuencias respecto del marco de actuación del Estado, el cual debe adoptar un portafolio de medidas que garanticen la igualdad de los cultos, el libre desenvolvimiento de las iglesias y movimientos religiosos y la garantía absoluta de la práctica religiosa por parte de los ciudadanos, con las limitaciones taxativamente establecidas por las Leyes.

Para Jean Rivero, la laicidad comporta para el sistema jurídico aspectos tanto positivos como negativos:

Por una parte, considera el hecho religioso como exterior al Estado, como ajeno al Estado. Esto coloca al Estado fuera de toda obediencia religiosa, obediencias que son a su vez integradas en el sector privado. Extrañas al régimen de regulación del Derecho Público, pasan a regularse entonces como son reguladas las personas del Derecho Privado.

Por otra parte, el Estado asume la obligación de asegurar y proteger la libertad de conciencia, la libertad religiosa y la libertad de culto, y se convierte en el garante de que estas libertades y de aquellas que se asocian a su ejercicio puedan ser vividas en las condiciones más plenas y como desarrollo de los derechos humanos, tanto individual como colectivamente. Y allí entramos entonces en el mundo de los derechos colectivos y difusos.

Pero hablemos del Estado según sus relaciones con la religión
La relación particular dentro de una sociedad entre el poder político y las prácticas religiosas ha sido siempre un elemento clave para el entendimiento socio-político de la sociedad. Para el análisis de la manera como se organizan las relaciones entre el Estado y las religiones, Barbier propone la siguiente diferenciación.

Cuando existe un vínculo estrecho entre el Estado y una religión particular, se describen dos subtipos:
1. La religión domina y dirige al Estado; esto es la Teocracia.
2. El Estado sostiene y controla la religión: es lo que ha dado en llamarse Estado Confesional.
Ahora bien, cuando la religión y el Estado están estrictamente separados surgen otras dos categorías:
• Cuando el Estado no interviene en materia religiosa y las confesiones no gobiernan los asuntos públicos, estamos frente al Estado laico.
• Cuando el Estado se proclama ateo y combate cualquier forma de religión, eso no es Estado Laico, puesto que hay una posición contra la religión. Esto totalitarismo antireligioso.

Toquemos ahora varios puntos relativos a las especificidades jurídicas del hecho religioso
En conjunción con la relación política, existe una serie de características propias del hecho religioso vivido socialmente, las cuales marcarán huella en las formas particulares que el derecho está obligado a considerar a la hora de regular, constituyendo la especificidad del hecho religioso, que según Rivero se expresa en los siguientes rasgos:

1. En la base de la pertenencia a una religión hay necesariamente un acto de adhesión al sistema que ella propone. Implica una escogencia libre, y en tal sentido forma parte del sistema de derecho que está articulado en torno a la libertad de opinión y a la libertad de conciencia.

Al respecto, caben algunas consideraciones. En primer lugar, la fuerza del entorno sociocultural y la adhesión a una determinada religión hace que en muchos casos la libertad de escoger libremente una creencia pueda estar sometida en los hechos a presiones, leves o insoportables, según el país y el medio en el cual se produce esa escogencia. Por otra parte, como el mismo Rivero señala, la opinión religiosa es diferente a otras opiniones tanto en cuanto constituye la creencia en algo considerado por los “fieles” un “objetivo, trascendental y superior a toda otra creencia”, con lo cual en casos extremos se hace más difícil la aceptación y respeto de opiniones distintas.

2. La adhesión a una religión supone también un conjunto de comportamientos a través de los cuales se enlazan las relaciones de los hombres con un Dios, y que se expresan en ritos, prácticas, penitencias, y un largo y complicado etcétera y también la expresión de un determinado comportamiento ético que marca de forma total la vida del creyente, para quien esas prácticas no son apenas una simple manifestación de fe, sino, mucho más trascendente aún, un misterio por medio del cual se busca la unión con Dios.

3. En casi todas las religiones las relaciones del hombre con la divinidad no son sólo individuales. Suele verificarse un carácter colectivo de los ritos de adoración que alumbran conductas y comportamientos con las cuales se presentan o dan testimonio los fieles frente a la sociedad. Así, para el Derecho no es posible tratar sus regulaciones en el campo de la libertad individual, sin examinarlas como expresión de la libertad de grupos actuantes dentro de la sociedad. De nuevo, derechos colectivos y difusos.

4. Algunas religiones se han desarrollado hasta la construcción de una sociedad religiosa altamente estructurada, organizada, regulada, jerarquizada y de toda disciplina y derecho propio que, al desplegarse dentro de un marco nacional, tiende a invadir las fronteras de actuación del Estado, generándose entonces no pocos conflictos.

5. Al afirmarse portadoras de una verdad absoluta, incontrovertible y salvadora, las grandes religiones son por diseño misioneras. La propaganda religiosa es para ellas, no sólo un derecho, sino ciertamente un deber hacía Dios y hacia los hombres. El Derecho entonces, en una sociedad verdaderamente democrática, debe desarrollar mecanismos para que esta actividad pueda ocurrir con toda libertad, pero con respeto a otros sistemas de creencias. El Estado tiene que actuar para garantizar que no haya espacio para el odio y la intolerancia.

6. El carácter integral que suelen manifestar tanto las grandes religiones monoteístas como las sectas que de ellas se derivan, puede producir choques con las leyes establecidas socialmente, a través de los mecanismos de creación del Derecho y aspectos de las creencias que se profesen. Las regulaciones de la libertad religiosa deben tomar en cuenta el deber de preservar las regulaciones públicas y buscar un equilibrio entre su propia expresión y los sistemas de creencias particulares de una persona o un colectivo.

Hablemos del nombre de Dios en la Constitución Nacional
El primer elemento que hay que tomar en consideración cuando se trata de evaluar el lugar de la religión en la vida pública tiene que ver con la presencia del nombre de Dios en la Constitución, o de su ausencia. Para el constitucionalismo moderno, la Constitución es un documento destinado a todos los ciudadanos, cualesquiera que sean sus creencias, o ausencia de ellas.

Un ejemplo por demás claro de esa posición lo hallamos en la Constitución de los Estados Unidos, cuyo llamado inicial es “Nosotros el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar (...) estatuimos y sancionamos esta Constitución”... Esta proclamación neutra, que no neutral ni neutralizada, refleja el pensamiento de Thomas Jefferson, quien insistía en que hay que construir un muro entre el Estado y las religiones para evitar que cualquier ciudadano pueda sufrir opresión o persecución por sus creencias. Similar argumento hallamos en la ausencia de alusiones a la religión en el juramento constitucional para el Presidente en Estados Unidos: “Juro solemnemente que desempeñaré legalmente el cargo de Presidente de los Estados Unidos y defenderé la Constitución”...”. Pero ustedes me dirán, y con razón, que en los billetes de Estados Unidos, se puede leer claramente la frase “In God we trust”, “En Dios confiamos”, lo cual es revelador de cuán capaces somos los seres humanos de vivir en la contradicción.

Muy distinto es el caso de la Declaración de los Derechos del hombre y los ciudadanos de 1789, de la Revolución Francesa, la cual es dictada “en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo”, fórmula que al decir de Baubérot, posee un carácter tanto religioso como consensual, dado que tal texto hizo que pudieran caber tantos católicos como creyentes de otras confesiones. Más tarde, la Constitución de 1791 cambia el enfoque y se deshace de toda religiosidad al posicionar el origen del reino de Francia en un contrato realizado con la Nación Francesa.

En el caso del devenir constitucional venezolano, hay que resaltar que la mayoría de los textos constitucionales contienen en el preámbulo una expresa invocación religiosa, con la excepción de las constituciones de 1881,1891 y 1914. La expresión más repetida es “En el nombre de Dios Todopoderoso”. Valga destacar que esa protección o ayuda es recibida según los casos, o bien por El Pueblo, o por Los Representantes, o por Los Diputados, o por La Asamblea Constituyente. También cabe resaltar que esas invocaciones, cónsonas con la concepción católica de la soberanía popular, incluyen o se acompañan de frases que tiene olor a masonería, como, Supremo Legislador del Universo, las Leyes de la Naturaleza, etc.

Otro asunto que vale la pena destacar es el referente a las juras de los funcionarios públicos. No es común en nuestras constituciones hallar fórmulas estrictas para esas juras. La Constitución de la Gran Colombia de 1821 presenta el contenido de dicho juramento, pero al no suministrar un texto estricto (Art. 185), deja abierto el camino para fórmulas con llamados vinculados a la religiosidad. Muy distinto fue el caso del juramento de obediencia a las leyes que se exigió en determinados momentos a los representantes del culto católico. Al fin y al cabo, las leyes son para todos los ciudadanos de una nación.

Preguntémonos cuál es el papel del Estado en materia religiosa y el lugar de la religión en la vida pública
Más que casos aislables, la situación debe ser vista como un devenir, como un proceso, en el cual pueden apreciarse hitos relacionados con la mayor o menor influencia de cada una de esas instituciones sobre el espacio público en momentos dados.

Hay que mirar de cerca cada situación, dado que en la vida real un Estado con las características del Estado confesional se halla bajo el influjo de la institución religiosa, la cual en no pocas ocasiones le disputa importantes espacios de poder político. Siendo el Estado protector de la fe, debe al mismo tiempo recuperar y mantener el poder que constituye su razón de ser. El mencionado “conflicto de los juramentos”, es una expresión cabal de como el Estado, aún muy identificado con un determinado sistema de creencias, actúa tratando de imponer la “razón pública”.
Las formas que puede adoptar la regulación que un Estado ejerce sobre una religión considerada como religión de la República (1811), o de los habitantes de la República, según el caso (Ley de Patronato de 1824), pueden transitar más bien hacia un estado de tolerancia hacia otras confesiones, tanto en cuanto éstas se practiquen privadamente (1864); hasta la libertad religiosa propiamente dicha, manteniendo, sin embargo, un estatus de privilegio respecto a aquélla considerada como principal institución religiosa, bajo la suprema inspección del Estado (1904); para llegar al desarrollo de un control similar sobre las expresiones religiosas en general (1911), y el impulso a la autonomía y desarrollo libre de todas las religiones y cultos.
La vigencia a lo largo de nuestra historia republicana del régimen de Patronato Eclesiástico, ha provisto el marco en el que se mueve la acción del Estado venezolano respecto a las religiones, de tal manera que las actitudes de omisión, vigilancia e intervención que describen las posibles pautas de acción de los Estados con relación a las religiones, no son distinguibles en nuestro caso. La larga vigencia del Patronato permitió apreciables diferencias en la forma en que éste fue asumido a lo largo de su permanencia.

El reconocimiento de la influencia de las Iglesias en la formación de las decisiones públicas, y en nuestro caso particular de la Iglesia Católica, ha sido importante a lo largo de la vida nacional, si bien ha estado sujeta a vaivenes. El poder social y político de la Iglesia ha sido tomado en cuenta (o se ha expresado con vehemencia), al momento de la toma de decisiones que afectan la vida social, generándose discusiones agrias al igual que otros países alrededor de “temas espinosos” de la relación Estado-Iglesia-Sociedad, tales como matrimonio, el divorcio, la contracepción, la planificación familiar, la educación y otros asuntos como la práctica o expresión religiosa en espacios y actos públicos y oficiales. Es notoria la tendencia a consultar a las iglesias en la toma de decisiones políticas e incorporarlas incluso en los procesos legislativos.

Hablemos de las libertades fundamentales y la igualdad de derechos
En este punto hay que detenerse para pensar sobre el establecimiento o la ausencia en la Constitución y las Leyes de la libertad religiosa o libertad de culto, como forma de entender cómo una sociedad practica la tolerancia y respeta la libertad de conciencia. En ese asunto hay que tomar en cuenta lo que se llama las libertades concomitantes, es decir, los derechos que pueden en un momento dado servir para viabilizar e incluso establecer la libertad en materia religiosa, y en el caso que ella se encuentre establecida, contribuir a su buen ocurrir.

El modelo clásico de esa agrupación de derechos se encuentra en la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos “…el Congreso no hará Ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado o se prohíba practicarla libremente, o que coarte la libertad de palabra o de imprenta o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y para pedir al gobierno la reparación de agravios”.
Así, de ese modo, se integran las libertades religiosas con las de expresión del pensamiento, la de libre asociación y reunión, y también el derecho de petición formando un grupo integrado de libertades que se refuerzan unas a otras. De nuevo, derechos colectivos y difusos.

Nuestra historia constitucional comienza con una religión única y la prohibición de todo otro culto, mientras garantiza la libertad de imprenta y la de reclamo. En 1830 se incorpora la libertad de asociación, la cual a partir de 1864 se ve complementada por la libertad de reunión.

La Carta Magna de 1864 reconoce la libertad religiosa pero limita la posibilidad para otros cultos diferentes a la católica. En 1881 se elimina este añadido y a partir de 1904 aparece la potestad del Presidente para examinar los cultos, lo cual en el fondo, es una extensión práctica del derecho del Patronato que la República ejercía sobre a Iglesia Católica, extensión que se sucederá con formalidad en 1911.
En cuanto a los derechos concomitantes, éstos mantienen una línea de continuidad y desarrollo, pero valga destacar que en las Constituciones de 1928, 1931 y 1936 aparece la prohibición expresa de doctrinas y filosofías vinculadas al anarquismo, socialismo y comunismo, prohibición que desaparecerá con posterioridad del mandato constitucional. En el espíritu del constitucionalismo social latinoamericano, se suman cláusulas de derechos sociales que en algunos aspectos rozan los tradicionales temas de conflicto Iglesia-Estado.

Hablemos ahora sobre el régimen de cultos y sus bienes
El régimen de culto fue sometido a lo largo de la historia a un conjunto de regulaciones que para la religión católica, única con derecho pleno desde 1811, toman su base en el Patronato que de algún modo es el marco regulatorio en el cual se desarrolla el ejercicio del culto.

Para las otras confesiones la situación es bastante más complicada, puesto que la declaración del artículo 1 de la Constitución expresaba: “La religión católica, apostólica, romana es también la del Estado y la única exclusiva de los habitantes de Venezuela (...) omissis- “no permitirá jamás en todo el territorio de la confederación, ningún otro culto público o privado, ni doctrina contraria a Jesucristo”.

A la vez en el Art. 169 de ese texto constitucional se establecía que, “Todos los extranjeros de cualquier nación se recibirán en el Estado (...) siempre que respeten la religión católica, única del país (...)”.

Hay un claro enfrentamiento entre esa tradición religiosa heredada de la colonia y reforzada por las medidas de las autoridades coloniales destinadas a impedir la libre circulación de las ideas en la América española, y la necesidad que nacida del propio hecho de la independencia tendrá un proceso social casi determinante en lo que será la vida religiosa en la república de estreno. Así, como vemos, desde muy temprano se abre la polémica respecto a estas libertades, aunque su traducción en términos legales y constitucionales tarda en ser plasmada. Primero lo será en forma restringida y mucho después en plenitud.

El establecimiento de grupos de extranjeros con otras creencias y prácticas religiosas hará imposible la prohibición en la práctica de “otros cultos públicos o privados”, de modo que las constituciones posteriores mantienen durante décadas un notorio silencio a ese respecto, no existiendo plena certeza de cuál era la situación de los creyentes de otros cultos. Pero las necesidades del comercio habían ido creando en diferentes sitios del país núcleos de habitantes con creencias diferentes.

Hay evidencias de que para 1824 ya existía en Coro una comunidad hebrea con organización interna y con lugares privados para el culto. Para 1830 existían grupos de comerciantes en los principales puertos del país provenientes de Inglaterra y de religión protestante. Esta presencia trajo sin duda en una sociedad como la nuestra una serie de inconvenientes prácticos, dado que la organización del registro y la administración de los cementerios estaban en manos de los párrocos católicos, situación que se sorteaba a través de la intervención consular y el mantenimiento permanente como súbditos extranjeros de las familias establecidas en nuestro territorio. La Iglesia anglicana, que se establece en 1834, recoge la historia de los hostigamientos a los no-católicos por parte de la población, como el caso de los motines anti-judíos de 1831 y 1855 en Coro, azuzados por el clero y los comerciantes nativos.

Ante esta confusión, el Congreso de 1854 emite una Ley de aclaratoria según la cual se establecía que la libertad de cultos no estaba prohibida en la república. Esta declaración legislativa tiene más bien el carácter de interpretación constitucional del artículo 218, que declaraba la libertad de los extranjeros de establecerse en el país y los derechos concomitantes consagrados en la Constitución de 1830. Sorprende un texto que en lugar de declarar la existencia de la libertad de cultos establece que dicho derecho humano fundamental no está prohibido entre nosotros.

En cuanto a la situación de los ministros de culto, el marco de su actuación fue regulado en lo fundamental por las disposiciones de la Ley de Patronato. Sin embargo, otras normas constitucionales le han estado dirigidas. Así, en la Constitución de 1811 aparece la norma que prohíbe a los catequistas el sacar provecho personal de las actividades religiosas y educativas que llevaban a cabo en detrimento de los derechos de los indígenas que les eran sometidos. En ese mismo instrumento normativo se suprime el fuero del que disfrutaban los miembros del clero, artículo que desencadenó un apreciable grupo de votos salvados en esa Asamblea Constituyente. De igual manera las primeras constituciones del siglo XIX otorgan a las Diputaciones Provinciales o Municipios competencia para incoar procesos a aquello sacerdotes que no cumplan a cabalidad con los deberes de su ministerio. De igual manera durante el siglo XX en varios textos constitucionales se establece como atribución del Presidente de la República el prohibir la entrada al país de religiosos extranjeros.

Las reglas de las incompatibilidades entre el ejercicio de las funciones públicas y el carácter de ministro ordenado del culto, que es piedra angular de muchas legislaciones extranjeras, es muy limitado entre nosotros, y aparece entre 1909 y 1947 limitadas tan sólo a la exigencia de estado seglar para el Presidente de la República. La Constitución de 1947, incluye esta exigencia para los Ministros de Estado, los Magistrados de la Corte Suprema y el Procurador de la República, manteniéndose ese requisito en la Carta de 1953; en la de 1961 se exige para los Ministros y el Presidente, mientras que la Constitución de 1999 la exige sólo para el caso del Presidente y Vicepresidente de la República.

El régimen de los bienes destinados al culto y del mantenimiento de los ministros y de las actividades de la Iglesia se enmarcan, claro está, dentro del régimen especial previsto en la Ley de Patronato, y posteriormente en el Convenio de 1964. Sin embargo, la manera de percibirlo fue siempre punto de discordia entre un Estado empeñado a veces desesperadamente en establecer y organizar sus finanzas y estabilizar su poder político, y la proliferación de recaudaciones, cuyo cálculo de montos, momento y forma de recaudar permanecían en manos de la Iglesia. De allí que durante el siglo XIX, cada medida que el Estado emprendía con ese fin era motivo de controversias y terribles tensiones entre la Iglesia y el gobierno de turno.

Hablemos un poco sobre el tema de la Iglesia y los llamados servicios públicos
La importancia de la consideración de este aspecto tiene particular interés en los países de tradición católica, donde una parte importante de los servicios que hoy en día presta el Estado, de una manera indeclinable en ciertos casos, fueron desarrollados y asumidos por la estructura de la Iglesia católica. Baste señalar el menos polémico de ellos, como era el mantenimiento y fomento de hospitales en los principales poblados. Otros tocan fronteras mucho más conflictivas que colocan, a medida que el Estado republicano se desarrolla, a los párrocos y otros hombres de Iglesia como servidores públicos, y por lo tanto, obligados a la obediencia, a jurar ante las autoridades. Ello generara conflictos que empujan hacia la secularización del aparato del Estado.

En el apéndice sobre el Poder Moral de la Constitución de 1819, Bolívar, un entiende la importancia de la estructura administrativa que posee la Iglesia católica a lo largo y ancho del país, cuando sugiere que la supervisión del deber de educación debe estar, entre otros, en manos del párroco, quien al poseer la información completa sobre el niño puede constatar de manera directa si se cumple o no con esa disposición.

De igual manera, el hoy llamado Registro Civil dependía en forma exclusiva de los registros parroquiales, constituyendo un problema cuando nacían en el país hijos de padres extranjeros de fe diferente a la católica, quienes debían permanecer como extranjeros dado que eran registrados consularmente. Estos problemas se irían agravando: a medida que las Leyes que regulan el matrimonio incluyeron la adopción del matrimonio civil y posteriormente el divorcio, imponían la necesidad de un registro del Estado Civil público.

Otra de las funciones de la Iglesia era la de administrar los camposantos que solían estar a la vera de los templos. Aquí se planteaban graves conflictos, incluso con repercusiones diplomáticas, cuando los párrocos se negaban a dejar descansar en tierra consagrada a herejes e infieles, generándose conflictos entre los poderes públicos y la Iglesia, lo cual obligo a la secularización de ese servicio.
Otro de aspecto conflictivo es el relativo a la educación. Desde muy temprano en la vida republicana el Estado reconoce su responsabilidad en materia educativa (con apogeo en el período de Guzmán Blanco), y reconoce de igual forma la libertad de enseñanza dentro de los parámetros establecidos en la Constitución y las Leyes. Y no nos caigamos a muelas, como se dice coloquialmente, los gobernantes vieron en la educación un espacio donde fertilizar sus apetencias de poder, y no tan sólo la oportunidad para cumplir con su deber de desarrollar intelectualmente al país.

Tratemos el tema de las relaciones con El Vaticano
Después de unos comienzos de gran dificultad cuyo origen se encuentra en la Bula Papal que condena la Independencia y pide obediencia a los americanos al imperio español, la Constitución de 1811, pide afincar la relación a través de los prelados nacionales en 1824, y en el momento de la unión gran-colombiana se dicta la Ley de Patronato, que reguló el funcionamiento de la Iglesia católica venezolana a lo largo de más de 153 años. La relación con el Vaticano quiso ser normada por un Concordato en el año 1862, conocido con el nombre de Convenio Guevara-Antonelli, cuyo perfeccionamiento jurídico no se llegó a terminar.

En 1964 se firma el Convenio entre la Santa Sede y la República de Venezuela, para regir las relaciones entre Venezuela y el Vaticano. Este convenio sustituye como instrumento primario de regulación a la Ley de Patronato del 18 de julio de 1824 y está vigente.

¿Y qué está pasando ahora?
Ustedes se preguntarán qué tiene en mente el gobierno actual en torno al tema de la Iglesia. Pues lo que siempre han tratado de hacer los regímenes orientados hacia el poder: desplazar a la Iglesia del ámbito de sociabilización. Lo hace disfrazándose con el ropaje de cierto fanatismo religioso, que confunde a la gente y muy en particular a los sectores populares. Eso es evidente en su discurso y en los gestos. Mucha “persignadera”, mucha biblia, mucho crucifijo. Pero mientras se dan golpes de pecho, pues elaboraron una ley como la de Educación que, según se interprete, puede significar la deportación, la anulación, el destierro de Dios de la educación, sea Dios Padre, Cristo, Jehova o Alá.

Y en tanto eso ocurre, se fertiliza la paganización, convenientemente dándole a las sectas casi la misma jerarquía que a las iglesias. Florece la santería y los “agentes religiosos libres”.

Y hace pocos días vimos con estupor cómo un musiquito de poca monta, armado de un virulento verbo, tomó el Credo, una de las oraciones fundamentales del cristianismo, y lo masacró convirtiéndolo en una pagana oda al presidente de la república. Y ello ocurrió en un acto público, transmitido por el “canal de todos los venezolanos”, con el auspicio, patrocinio y aplauso del mismísimo señor Presidente. A ese punto de degradación e irrespeto hemos llegado.

Este gobierno, que no se comporta como gobierno sino más bien como régimen de ocupación, no practica ni propulsa el Estado laico. Este gobierno es pura y simplemente anticlerical.

Señores, una cosa es la separación entre la Iglesia y el Estado y otra, muy distinta, la pretensión de relegar a la religión a un claustro, más bien “ghetto”, y castrar su práctica y su expresión pública. Como parte de la sociedad democrática y plural, los cristianos, los judíos, los musulmanes, los hinduistas, los budistas (y en general las gentes que todas las confesiones) tenemos derecho en Venezuela a profesar nuestra fe, tenemos derecho a hablar, a practicar nuestra religión públicamente y sin ningún tipo de cortapisas. Pero más aun, y esto lo digo con el mayor respeto, la Iglesia católica y sus entes de autoridad tienen mucho que decir porque al fin y a al cabo la cultura del país es mayoritariamente católica y respetuosa de la diversidad confesional.

Si en las altas esferas del poder creen que nos van a callar porque se nos insulte y los prelados sean objeto de toda suerte de improperios y puñaladas traperas, pues yerran quienes supongan que se puede triturar nuestra fe. SI creen que nos vamos a convertir en violentos, pues no, eso no va a ocurrir. Nuestras convicciones se solidifican en momentos de adversidad.

Ya termino y no los aburro más. Pero cierro con mi parecer, que estoy dispuesta a defender con los argumentos de la razón y de la fe: las sociedades paganizadas por los políticos se convierten en entes serviles de deidades y objeto de todo tipo de manipulaciones. Y eso es intolerable. Las iglesias tienen el deber espiritual, ético y moral de no dejarse pintar en la pared. Y no me refiero tan sólo a las autoridades eclesiásticas; me refiero también a nosotros, a los feligreses, a quienes con demasiada frecuencia y acaso por comodidad se nos olvida que tenemos responsabilidades y deberes, y creemos que las luchas las tienen que dar otros, los que tiene hábito o sotana.

Este librito que ese señor cuyo nombre prefiero no mencionar blande cual Lucifer con su espada, este librito aprobado por referéndum popular en 1999 y refrendado por el pueblo en 2007 cuando mayoritariamente votó No ante la propuesta de unas reformas insensatas, no dice por ninguna parte que el venezolano tiene que tolerar un Estado anticlerical o la paganización de la sociedad. Este librito, al que con suerte en un futuro no muy lejano habremos de hacerle algunos ajustes y reformas para curar sus “defectos de fábrica”, no dice por ninguna parte que el estado venezolano sea teocrático, ni pagano, ni que pueda castrarnos espiritualmente. Dice que somos libres, que tenemos derechos, derechos que son inalienables e irrenunciables.
Concluyo citando a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, El Libertador, quien en carta al sacerdote Justiniano Gutiérrez fechada en Bogotá en octubre de 1828, escribe: “sin la conciencia de la religión, la moral carece de base”.

Y yo digo Amén.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El metejón del señor Presidente

A la larga, encendida y pendenciera perorata del señor Presidente Chávez en el “Aló Presidente”, en la que ordenó a los militares venezolanos “preparar” al pueblo para la guerra, el gobierno de Colombia respondió con un escueto y mesurado comunicado de 105 palabras que bastaron para aclarar que Colombia no ha tenido gesto bélico alguno para con Venezuela, rechazar las amenazas del gendarme de gallera venezolano y anunciar que acudirá a la OEA y al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para que en esas instancias se aborde este patético asunto.

Yo imagino que hay una minoría de colombianos que detesta a los venezolanos, y viceversa. Son y siempre han sido minorías que nunca han logrado imponer su voluntad. En este asunto, como en tantos otros, el señor Presidente Chávez no representa a la mayoría de los venezolanos, a quienes no se nos cruza por la mente semejante desatino como el de caer en una guerra fratricida con nuestros vecinos. Tal sería un conflicto con características de guerra civil, dados los lazos y parentescos que abundan entre las gentes de ambas naciones. En ese episodio de sinsabores no queremos caer ni colombianos ni venezolanos.

Yo comprendo que el señor Presidente Chávez esté aburrido de los asuntos típicos de gobernar, a saber, la economía, los servicios públicos, la vivienda, la red vial, la seguridad ciudadana, etc. Esas cosas le hastían. El, al fin y al cabo, vino al mundo para ser un héroe, no un gobernante cualquiera que trabaja de lunes a sábado y los domingos descansa. El vino al mundo con un destino, el de salvar a la América toda. Persuadido está que es la reencarnación de Bolívar.

Pero a pesar de lo cantinflérico que parece todo el metejón, los colombianos, que no se toman en juego a Chávez pues saben que es más peligroso que yerno en casa con iniciativa pa’l gasto, olfatean fiebre alta en las ya muy calientes relaciones con Venezuela. Saben bien que el desencuentro es con el señor Presidente Chávez, no con los venezolanos. Los vecinos nos llevamos bien. De vez en cuando tenemos algún pleito, de menor relevancia. Nada que valga la pena poner en los anales de la historia. Ah, pero el señor Presidente Chávez es cosa distinta. El sí quiere pleito y lo quiere en serio, con tropas, aviones, tanques, ametralladoras, misiles, etc. He allí el problema. Los colombianos saben que ese conflicto lo ganarían en un tris, dada su vasta experiencia luego de tantos años de enfrentar a los irregulares y a su superioridad en materia de tecnología y armamento, pero para les interesa ni conviene una guerra con Venezuela. Aquí viven unos 4 millones de colombianos, nacidos en Colombia o Venezuela, gente buena que para nada tiene la culpa de los desafueros del señor Presidente Chávez y de su envidia hacia Uribe. Saben además los colombianos que se convertirían en los malos malucos de la partida, pues el señor Presidente Chávez haría lo que bien sabe hacer, victimizarse. Con el dinero que guarda bajo el colchón emprendería una campaña multinacional feroz, inventando váyase a saber cuántas patrañas. Al fin y al cabo en su historia de soldado, el señor Presidente Chávez es un perdedor.

Yo por de pronto no me preparo para combatir. No lo haré. Uno puede cometer muchas estupideces en la vida, pero hay que tener mesura. Con los hermanos no hay guerra posible. Mal harán mis compatriotas, rojos rojitos o de cualquier tendencia, en seguirle este juego al señor Presidente Chávez.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Deberíamos estar

A punto de cumplirse la primera década de este milenio, deberíamos estar inmersos en discusiones sobre los temas que vinculan a los seres humanos y a las sociedades al desarrollo de la intelectualidad, la ciencia, la creatividad, por sólo mencionar tres asuntos cruciales. Deberíamos estar hablando, como pasa en los países progresistas del planeta, sobre las causas de la crisis financiera, las acciones para salir de ella y las perspectivas en el corto, mediano y largo plazo. Deberíamos estar conversando sobre la relevancia de hombres como Martin Cooper y Raymond Samuel Tomlinson, inventores del teléfono celular el primero y del uso de la arroba como método para el correo electrónico el segundo, quienes han sido recientemente galardonados con el premio Príncipe de Asturias, por su inmensa contribución a la Humanidad. Deberíamos estar debatiendo sobre la próxima implantación de los autos eléctricos, que no contaminan. Deberíamos estar platicando sobre la integración de los países y sus gentes, de cara a un futuro que debemos construir con mirada promisoria, como está ocurriendo en México en la UNAM, que también ha recibido el premio Príncipe de Asturias este año.

Pero en Venezuela, el debate parlamentario y del ejecutivo versa sobre la supervivencia. El año que viene se cumplen 200 años de los hechos del 19 de abril de 1810. Y nosotros arribaremos a esa fecha hablando de bañarse con totuma. Eso es la metáfora de la involución.

Tenemos la fortuna de habitar un territorio que no sufre inviernos atroces. No padecemos los conflictos étnicos que limitan la posibilidad de amalgamas en otras naciones. No hay aquí tribulaciones por sectarismos religiosos. Pero, en lugar de aprovechar nuestras ventajas competitivas y comparativas, nos hemos convertido en una sociedad deprimida y carente de visión y horizonte. En la radio y la televisión se escuchan las quejas justificadamente destempladas de los ciudadanos por cosas tan elementales como el servicio eléctrico y el agua. Y bañarse en totuma es el reflejo de la decadencia.

No es cuestión de esperanza, de palabras que por bonitas no son sino una droga. Se trata de despertar, de revelarnos ante nosotros mismos y ante el mundo como una nación de gentes que son capaces de perforar las murallas de la mediocridad que nos han convertido en un país en estado de sitio. Sí, estamos sitiados por un gobierno y una estirpe política de la peor calaña. Es gente patética, que no sabe pensar, que no sabe hacer, que no sabe construir. Me niego a bañarme con totuma. Me rehúso a aceptar la mediocridad como un sino ineludible. Me rebelo abiertamente contra quienes imponernos su primitivismo cerebral.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

“Tristeza no tiene fin…”

Se dice, con justicia, que las habilidades diplomáticas de los brasileros no tienen parangón en nuestras latitudes. Los vecinos tienen, a no dudarlo, el país más grande y poderoso de Hispanoamérica. Lo saben, lo ejercitan. No tienen amigos; tienen intereses. Así, han siempre demostrado un talento cuasi angelical en el manejo de complicadas situaciones en materia de brollos diplomáticos. Itamaratí, que así se llama la cancillería, llega al agua, se moja las paticas, pero jamás se zambulle. El lío de otros es de otros.

Pero ésta vez, no. Esta vez, para decirlo en criollo, metieron la pata. Han actuado irresponsablemente, y lo suyo no puede ser calificado sino de intervencionismo.
No sé cuándo sabremos los intríngulis de la faena de Zelaya. Sabemos poco, lo cual es peor que saber nada. Huele a Chávez. Del metiche no puede suponerse menos. Intuimos que el “operativo Mel” tuvo que ser apoyado logísticamente por un aparato aceitado con dólares que Zelaya no tiene. De alguna parte surgieron esos reales para pagar tan costosa aventura. Y si llevamos meses subvencionando al hombre del sombrero de alas y los bigotes teñidos con Biguene, cuesta pensar que en esta oportunidad no han sido nuestros cobres los metidos ilegalmente en los bolsillos de la mal llamada “resistencia hondureña”.

Pero, incluso si concedemos que los brasileros nada sabían del “operativo Mel”, que el señor sorpresivamente se les presentó en la reja y al guachimán lo engañaron diciéndole que venían a entregar leche y pan, abrirle la puerta de su embajada en Tegucigalpa y recibirlo como huésped es intervencionismo, del más puro, del más ramplón, y también del más imperialista. Lo digo así, aunque me cueste no pocos ataques e insultos, y aunque nuevamente sea tildada de “políticamente incorrecta”. Lula, a quien respeto, erró. Ya quisiera verlo que se lo hicieran a él; ardería en furia y su característico “jeitinho brasileiro” se tornaría en cólera de Yemanyá. Lo que ha hecho Brasil en este penoso asunto es imperialismo. El grandote se cree con derechos a manejar el poder en un país pequeño. Y que eso tenga el aval de un “progre” como Lula es intolerable e impresentable. Ahora resulta que Lula se cree el comisario del sur, el “gendarme necesario”.

El asunto, lamentablemente, creo que terminará mal, muy mal. Las huestes del infausto Mel harán lo indecible por tomar por asalto la embajada brasilera para rescatar a su héroe. El sólo intento generará un enfrentamiento sangriento. Si las fuerzas militares y policiales hondureñas no defienden el territorio de la embajada serán acusadas. Y si lo defienden, también. La táctica ordenada por Mel y sus “amigos invisibles” es la de una histérica poblada.

Una canción ya vieja en el repertorio de la majestuosa música brasilera, comienza con una frase: “Tristeza não tem fin, felicidade si”. Si a los brasileros les ataca la conciencia y la sensatez, forzarán a Zelaya a calmarse y aceptar un asilo, y lo sacarán de Honduras, evitando así un innecesario y doloroso derramamiento de sangre. Metidos en el bojote y cometidos tan graves errores, el gobierno de Lula hará bien en colaborar y en dejar de lado su “intervencionismo imperialista del siglo XXI”. Que Lula es un presidente, no el Emperador del Sur. El Sur es un subcontinente, no su sambódromo personal.

martes, 15 de septiembre de 2009

Querendón y queridísimo

(Esto no es un panegírico a Aquiles Heredia)
No recuerdo bien cuándo lo conocí. Tuvo que ser por allá por mi lejana pero no olvidada adolescencia, esa época en la que uno adolece de muchas cosas, entre otras de sentido de los límites.

La vida, la maestra vida, quiso e hizo que emparentáramos. Su esposa es prima de mi esposo. Así, nos veíamos con frecuencia, menos de lo que yo hubiera deseado. Vivir en Caracas es un ejercicio permanente de desencuentro. La ciudad, su tráfico, su congestionamiento, su superpoblación. Le perdonamos todo porque igual nos regala El Ávila y nos sigue hospedando.

Tenía un vozarrón de esos que sería la envidia de cualquier actor de teatro. Pero ese tono grueso no lograba disimular su corazón de osito de peluche gigante. Siempre es impresionante hallar tanta dulzura en un hombre tan grandote.

No sé de persona alguna que conociéndolo no hablara bien de él. Y no me refiero tan sólo a la familia por parte de los Heredia y de los Arnal. Hablo de colegas, compañeros de trabajo, amigos, conocidos, relacionados y un largo etcétera.

Era la personificación de “haz el bien y no mires a quién”. Todo ello sin jamás ser una suerte de tonto de quien todos los abusadores se aprovechan. ¡Qué va! Cuando había que decir “no” lo hacía, sin que le temblara el pulso. Era la esencia de la rectitud.

No es lisonja banal decir que lo adornaban las virtudes del “buenagente”.
Querendón y queridísimo, Aquiles no nos deja un vacío. Por el contrario, nos deja las almas repletas de buenos recuerdos, de inagotables anécdotas y, sobre todo, de amor del bueno. Ahora está en el cielo. Seguro trabaja y arregla desaguisados. Y nos mira y protege.

Anoche sonaban truenos en Caracas. Y yo pensaba: “Es Aquiles, su voz retumbando en el espacio sideral”.

Dios te bendiga, querido amigo.
Soledad
Martes, 15 de septiembre de 2009

La ignorancia camina en dos patas


Me precio de ser una persona muy tolerante. No tengo sesgos racistas, ni clasistas, ni religiosos. No desprecio a la gente por sus pensamientos políticos ni sus ideologías (cuando las tienen). Encuentro fascinante la diversidad humana. Pero tengo (lo confieso) intolerancia genética, más que a la brutalidad, a la ignorancia que exhiben algunos con una osadía insultante que da grima y repelús.

Es el caso del actual gobernador del Estado Trujillo, ciudadano Hugo Cabezas, quien no es más ignorante porque no entrena. Este individuo, de muchas penas y pocas luces, se ha permitido emitir una ley decreto condenando nada menos que a Don Mario Briceño Iragorry, quien – quizás en su supina estupidez el gobernador no lo sabe – es una de las glorias del pensamiento y las letras venezolanas.

El texto del decreto rubricado por el minusválido intelectual gobernador dice tanta y tanta barbaridad, que más bien parece redactado por un “homo erectus” y no un ”homo sapiens”. En esas líneas, a las cuales se les ha puesto el sello oficial de la gobernación, el ciudadano Cabezas lista una serie de considerandos, a cual más patético, que concluyen en un dictamen a según el cual Don Mario es confinado al exilio de la historia, como si tal cosa fuere posible.

A Cabezas, quien como bien me apuntan firmaba con una “X” los documentos oficiales cuando estaba en el cargo de director de la Onidex, le informo que cuando se refiera a Don Mario Briceño Iragorry es bueno que se quite la boina de fieltro barato, incline la testa, guarde silencio en absoluta señal de respeto y agradezca a Dios Todopoderoso, a la Virgen María, a las ánimas benditas y a todos los santos el haber nacido en la misma tierra que fue la patria de Don Mario.

Y como seguramente algún “cagatintas” de esos que pululan por las oficinas del gobierno le escribió el texto del fulano decreto, al redactor fantasma y al ciudadano gobernador paso a ilustrarle sobre este venezolano superior, el de “la piedad heroica”, no porque crea que algo habrán de aprender sus anoréxicos cerebros, sino, más bien, porque no se puede permitir que la ignorancia que camina en dos patas (más bien, se arrastra) haga destrozos y consiga enlodar el prestigio del trujillano ilustre. Es imperante quitarle las pulgas a este vergonzoso asunto.

Cabría un recuento biográfico de Don Mario, pero voy más bien a recurrir a sus letras, a su epistolario (palabra que deviene de epístola, no de pistola). En una carta fechada en Madrid el 13 de septiembre de 1955, Don Mario le dice a su yerno Miguel Ángel Burelli Rivas varias frases que iluminan el camino y que dan cuenta de la sapiencia del trujillano:
“… Como pueblo y como intelectuales, carecemos de primer piso. Hemos sido alegremente montados al aire. Adelantándome a presentar mi propia obra de hombre y de escritor como testimonio de esta realidad dolorosa, he insistido en forma fastidiosa sobre ese tema tremendo. Desde mi Caballo de Ledesma, aparecido en 1942, hasta mis más recientes ensayos: Mensaje sin destino, La tradición de los mejores, Aviso a los navegantes, Problemas de la juventud venezolana, he venido machaconadamente dando sobre esta circunstancia transida de angustia… No tenemos primer piso. Estamos montados al aire. Jamás símil más perfecto de nuestra realidad de pueblo o de nuestra específica realidad cultural. Nuestro país, en el área de la interioridad, sigue siendo realmente lo que este orden arquitectónico montado al aire. Carecemos de fondo donde hallen resistencia defensiva los grandes valores que constituyen lo humano. No tenemos primer piso…. A eso ha de tender la Universidad. Su fin es juntar y moldear hombres más que fabricar profesionales. Su principal empeño debe consistir en acercar a los jóvenes a la comprensión de una auténtica dimensión de lo humano, que los salve, por medio del equilibrio entre la libertad y el deber de caer en la filosofía de la angustia a que han sido empujadas las presentes generaciones. Es decir, la universidad debe ayudar al joven a hacerse una conducta. Si ayer esta misión fue negada y traicionada, hoy precisa llevarla a su más vigorosa autenticidad. Así la hora sea por demás difícil, la Universidad debe dar a la juventud luces que orienten su derrotero en medio de la profunda oscuridad de la hora terrible de un mundo arruinado por la propia inteligencia. Un retorno a las humanidades —lógica, letras clásicas, metafísica— pudiera hacer que en las nuevas promociones se avive el ansia de la sabiduría…”

Ese hombre, el que escribiera esas líneas impecables, es Don Mario Briceño Iragorry, el hombre de quien el gobernador Cabezas, cuyo apellido no es más que un adorno fofo, denuesta al emitir un decreto por demás anti trujillano. Don Mario Briceño Iragorry fue y es una de las cabezas más pensantes de nuestra amada patria. El sí tenía cabeza y “primer piso”.

No alcanzan las líneas para escribir con justicia sobre Don Mario. Ojalá los maestros y profesores en las aulas no permitan que de él se inventen infundios. O, peor aún, que se haga caso de leyecitas mal paridas por gobernadores sin cabeza.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Si yo fuera el Presidente

No soy el Presidente de la República y jamás pretendo postularme para tal cargo. Así que algunos dirán que escribo desde la tapa de la barriga, o acaso desde la comodidad del lugar donde se encuentra alguien que no piensa estar nunca en semejante posición de angustia. Pero igual el ejercicio sirve.

Si yo fuera el Presidente, abandonaría todo plan reeleccionista y haría que mi gente entendiera que me hace daño cuando me coloca en los altares. Culminaría mi período cuando aún cuente con buenos índices de aprobación y popularidad. No caería en la tentación de la eternidad presidencial. Por el contario, prepararía el camino para convertirme en una suerte de “pasado magnifico”, de esos que siempre son usados como ejemplo cuando la ocasión la pintan de discurso. En pocas palabras, escogería el camino de la gloria segura y no correría el riesgo innecesario de la posible derrota. Es evidente que luego de tantos años, a la gente a la que no ha votado por mí, no la convenceré de hacerlo. Pero puede ocurrir que pierda apoyo, porque la reelección puede ser vista incluso por gente que me ha apoyado como un gesto intragablemente arrogante. Si yo fuera el Presidente, procuraría salir por la puerta grande y no me empecinaría en añejarme en la silla.

Si yo fuera el Presidente, invertiría todo el tiempo que me queda en el cargo en construir viviendas y carreteras, en arreglar las cárceles, en poner como tacitas de plata a los hospitales y escuelas. Haría todo lo posible para que mi discurso de entrega de la batuta pueda estar repleto de logros en materia de beneficios para las comunidades.

Si yo fuera el Presidente, jugaría ajedrez político. Invitaría a mis “adversarios” a ocupar posiciones en el gobierno, y los dejaría hacer. Total, cualquier triunfo de ellos sería contabilizado para mí y para mi gobierno. Lo mismo haría con los empresarios, quienes al fin y al cabo pueden producir empleos. De nuevo, la gloria de su éxito el pueblo me la achacaría a mí.

Si yo fuera el Presidente, no me pelearía con ningún presidente del vecindario. No respondería a sus ataques verbales. Mi jugada sería “paso y gano”. Los patrioterismos, que suelen producir aplausos, en realidad generan ovaciones pasajeras. Y si no que se lo pregunten a los argentinos, que pusieron tremenda torta cuando apelaron a los valores patrios y se lanzaron en una guerra por las islas Malvinas que ni haciendo magia podían ganar.

Si yo fuera el Presidente, invertiría tiempo, dinero y recursos cuantiosos en el asunto de la seguridad ciudadana. Toda persona que es víctima de la inseguridad es un elemento de destrucción propagandística de la gestión de un presidente. Y esa víctima tiene una gigantesca credibilidad, porque sus familiares, vecinos, amigos y relacionados se verán en el espejo de su sufrimiento y echarán las culpas sobre el gobierno.

Si yo fuera el Presidente, me amigaría con los jerarcas de todas las confesiones. Sabría entender que nadie en toda la historia de la Humanidad ha podido borrar a la religión. Y entendería que quien se mete con curas (y lo mismo ocurre con pastores, rabinos, imanes, etc.) se empava.

Si yo fuera el Presidente, hablaría poco y corto. Le abriría las puertas de mi alma a todos los medios de comunicación y a todos los periodistas, muy especialmente a los que no comulgan con mi pensamiento. Los invitaría a tomar café para escucharlos, y luego de hacerlo, contestaría brevemente y al punto cada una de sus preguntas, sin caer en peroratas con las que sólo se confirman sus malas sospechas.

Si yo fuera el Presidente, me tomaría un buen par de semanas de vacaciones. Me iría a un lugar hermoso, tranquilo, lejos del mundanal ruido, para descansar el cuerpo y el alma, para descongestionarme y librarme de furias y otras pasiones desbocadas.
Pero yo no soy el Presidente. Y es evidente que alrededor del Presidente no hay quien le aconseje bien. El Presidente no tiene reales amigos, no tiene confidentes, no tiene “íntimos” que le canten las verdades en lugar de llorarle las mentiras. Y eso es triste y patético.

Sólo falta que nieve

Hace algunas semanas ocurrió en tierras de la vecina Colombia un suceso que nos hace confirmar que por estas latitudes nuestras el realismo mágico existe y no es tan sólo producto de la fértil imaginación del Gabo. Resulta que en el Magdalena aparecieron unos hipopótamos. Sí, así como lo leen, hipopótamos. Los animales, que son particularmente feroces, fueron a tener allá porque el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria se montó un zoológico para disfrute personal, y entre la fauna se encontraban estos paquidermos africanos. El cuento es mucho más largo, y no me cabe en ese espacio, pero me hizo recordar el muy famoso asunto del pingüino que apareció en Maracaibo.

¿Por dónde van estas líneas? Van por leer cada día la prensa, nacional y local, y confirmar que en este país y en el de los vecinos pasa de todo, aun lo más inesperado. Entonces, no es de extrañar que leamos titulares que dan cuenta, por ejemplo, de que en Venezuela, en los años que van de este gobierno, se “Contabilizan más de dos mil procesados por protestar”. Uno lee eso y le da un síncope. Le pitan los oídos, la vista se le nubla y le comienza correr un sudor frío por todo el cuerpo. ¿Dos mil procesados por transgredir el derecho constitucional al pataleo?
Se entera uno, leyendo la prensa, que hubo un tejemaneje con la compra de unos libros. Resulta que por los libros, cuyo costo de impresión fue de 450 mil dólares, nuestro generoso gobierno pagó la módica suma de 32 millones de dólares. Los libros, imaginarán, dado su costo, deben ser declarados patrimonio nacional, incunables, pues.

En Argentina se publica un libro que revela los intríngulis de los “negociados” alrededor de la famosa valija de Antonini Wilson, el “gordo”. Hay involucrados de toda especie y color. La plata corrió sin diques, y unos cuantos se enriquecieron a costillas de reales que son nuestros, a saber, del pobre pueblo venezolano. Entretanto, Zelaya, el tal “Mel”, se da la gran vidorria, salta de capital en capital, de hotelazo en hotelazo, con cuenta de gastos libre que pagamos los zoquetes de aquí.

Hablando con un buen amigo chileno, un profesor de muchas luces, le comento que aquí están pasando tantas cosas, es tal la pava siriaca que nos ha caído, que sólo falta que a pesar de nuestra condición de país tropical, cualquier día nos levantemos y nieve. Y en ese caso a lo mejor vienen más pingüinos.

miércoles, 26 de agosto de 2009

“¡MAMÁ, ¿Y QUÉ HAGO?!”


El 15 de septiembre, como quien dice pasado mañana, llegará el momento del chocolate espeso. Es decir, se iniciará el año escolar, bajo la égida de la nueva y flamante Ley Orgánica de Educación. Y dará comienzo el proceso de enseñanza/aprendizaje de la domesticación del régimen.

Claro que esto es un asunto de valores y de principios. Lo es y quien crea lo contrario está más pelao’ que rodilla e’ chivo. Pero también es un asunto de la realidad cotidiana. Me refiero a cómo será el comportamiento de las mamás y papás frente a este sistema de aplastamiento. A cómo habrán de reaccionar los cientos de miles de maestros y profesores. Que me perdonen algunos que seguramente pensarán que soy políticamente incorrecta, pero la verdad verdadera es que millones de papás y mamás tienen en la escuela no sólo un lugar de educación para sus muchachos sino, también, un espacio donde dejarlos seguros durante varias horas al día mientras ellos van a trabajar, a ganarse el sustento, sea en un empleo formal o padeciendo los rigores de la economía informal. En un país con notable destrucción del empleo, y donde la masa no está para bollos como para ir poniendo en riesgo el trabajo, los papás y mamás (sobre todo éstas últimas) se sienten en minusvalía frente a un gobierno que usa las debilidades del pueblo para imponer su agenda.

El gobierno, perversamente, sabe bien que la escuela y el liceo son guarderías. Sabe también que lograr un cupo en una escuela o un liceo es más difícil que jugar trompo al revés. Sabe que los papás y mamás se encontrarán entre la espada y la pared. Si se rebelan contra los dictámenes de esta ley, la consecuencia puede ser la expulsión. Y entonces, ¿dónde dejar a los muchachos para poder ir a trabajar?

Es cierto que para enfrentar los efectos de esta perniciosa ley tiene que haber una agenda a largo, mediano y corto plazo. Que tiene que haber acciones jurídicas, políticas y comunicacionales. Por muy inútiles que parezcan, tienen que llover sobre el poder judicial y el TSJ chorros de amparos y “consultas”. Es obvio que también tiene que haber una agenda de acciones de calle, que incluya marchas, manifestaciones, protestas y quejas creativas, lo cual incluye hasta caminar al revés. El abrogatorio ya está descartado. La Constitución establece que tal mecanismo no aplica a instrumentos que desarrollen derechos humanos, y la educación cae en esa categoría. Pero está tomando cuerpo la propuesta de presentar a la Asamblea Nacional una reforma de la ley, por iniciativa popular. Eso es inteligente, pero más que una acción de efecto inmediato, es una jugada estratégica que busca decirle al país que la protesta es propuesta.

Pero sigue pendiente el asunto de Juanito preguntando “Mamá, ¿y qué hago?”. La pregunta no es fácil y tiene truco. ¿Qué hacer cuando en las aulas arranquen a enseñar cuanta estupidez épica roja-rojita exista? ¿Qué hacer cuando comience la domesticación en serio y sin ambages? ¿Qué hacer cuando la respuesta correcta a una pregunta sea destruir la historia, o festejar la revolución, o aplaudir el militarismo ramplón, o decir que la competitividad es una enfermedad capitalista que debe ser eliminada, y un largo etcétera de lavadas de cerebros?

¿Cómo pedirle a las mamás que digan a sus hijos que deben ponerse de pie y rebelarse, cuando ello supone un problema gigantesco en términos reales para el cual no estamos ofreciendo solución? Porque, no nos caigamos a cobas, el asunto tiene relativo fácil remedio en el sistema privado de educación, que es minoritario, pero es de difícil “curación” en el sistema público de educación, que agrupa a la mayoría de los estudiantes. En las escuelas y liceos privados es posible instrumentar un programa de compensación, extracurricular, sin costo adicional, que supondrá ciertamente un sacrificio para padres, alumnos y profesores, pero que es factible si hay la voluntad para hacerlo. Ese programa limpiaría en parte el reguero. Pero, ¿cuán posible es poner en práctica un programa semejante en el sistema público? Yo creo que sí es posible, si nos organizamos. Comienzo por hacerle un llamado a las gobernaciones y alcaldías que no están bajo la bota del “rojismo”. También a las iglesias de todas las confesiones. A las asociaciones de vecinos, a las de padres y representantes, a los estudiantes universitarios, a la multitud de asociaciones de la sociedad civil. Trabajemos en paralelo, que puede ser la mejor manera de trabajar en contra.

Este asunto tan grueso no sólo debe enfrentarse de frente, sino también por los lados. Yo estoy a la orden para trabajar en un programa semejante. Convirtámonos todos en maestros y profesores extracurriculares. Dos horas diarias adicionales pueden hacer la gran diferencia. Eso es una forma de ejercitar el “se acata pero no se cumple”. Se trata de ofrecerle una alternativa viable a los cientos de miles de papás y mamás que el 15 de septiembre serán encerrados por este gobierno infeliz y carente de sentido progresista en una celda pintada con el rojo de la traición al futuro.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Culpa y responsabilidad


Hace unos días, unos colegas de la Cadena Capriles que se hallaban ejerciendo su constitucional derecho a la protesta, fueron vilmente atacados por unos malandros identificados con el “rojismo”. A mis colegas los molieron a golpes, patadas y palos. Y luego estos rojísimos salvajes salieron huyendo de la escena del crimen, como cobardes que son.

Uno de los directores de la Cadena Capriles, Eleazar Díaz Rangel, connotado prochavista de estirpe y abolengo, dio una declaración tan y tan tímida, que escucharlo me produjo la misma nausea que un café con sal. Para condenar los hechos, recurrió a las palabras más bobaliconas que encontró en su vocabulario.
La Fiscal General, Doña Luisa Ortega y Díaz, en un programa de la gloriosa VTV, dijo poco más o menos que mis colegas no estaban protestando como periodistas sino que ejercían el oficio de políticos. En su escasez intelectual, Ña Luisa no entiende que los periodistas somos -a la par de profesionales de la comunicación- ciudadanos de esta Patria, y también tenemos derecho a una posición política. Que una cosa no impide las otras.

Si la memoria no me traiciona (suele suceder en un país donde la traición es moneda de curso) es de Indira Gandhi la frase “con el puño cerrado no se puede intercambiar un apretón de manos”. La violencia es la más patética de las acciones. Supone que quien ataca se cree superior y en el derecho poderoso de infligir daño a otra persona. En realidad, ese complejo de superioridad no es otra cosa que solapado sentimiento de inferioridad. Los violentos son, aunque crean lo contrario, lo que en mi tierra se llama “poca cosa”.

Los violentos suelen juntarse con sus pares y siguen a líderes cuya más conspicua característica es la incapacidad para el manejo de la ira y el ejercicio pertinaz del acoso y la agresión. Las mentes violentas viven sofocadas por el miedo a que alguien se percate de su realidad. Le temen a quedar en evidencia.

Hay culpa y hay responsabilidad. Quienes molieron a mis colegas son culpables, y deben pagar cárcel por ello. Sin excusas ni justificaciones. Pero “el que te conté”, el de Miraflores, es el responsable de este clima de violencia auspiciada, patrocinada y aplaudida. Que no se lave las manos que las tiene bien sucias.

Educar para la mediocridad


¿Qué de digno tiene meter a nuestros chamos en el lodazal de las limitaciones?

No espero para los niños y jóvenes de la Venezuela de hoy y del mañana una educación de inferior calidad y competencia que la que yo tuve. Creo que todos los mayores esperamos que los menores nos superen en saber, que sean mejores que nosotros, mejor preparados, tanto más ilustrados y muchísimo mejor instruidos que nosotros. Eso, gracias a la basura de Ley de Educación que las focas de la Asamblea Nacional han diseñado y sancionado (acatando órdenes expresas de Chávez) será un imposible. El nuevo instrumento de domesticación garantiza la mediocridad, el igualitarismo en lo decadente. Nuestros niños y jóvenes, a consecuencia de esta ley, estarán en minusvalía intelectual con respecto a sus pares del hemisferio y el mundo. Se les ha condenado a la posición de segundones profesionales.

Pero, ¿qué menos se puede esperar de este gobierno? Es, al fin y al cabo, un gobierno que festeja y celebra el pobrecitismo, la vulgaridad, el "peor es nada" y el "10 es nota y lo demás es lujo". Ciertamente, la Venezuela del futuro no vivirá el éxodo de sus jóvenes profesionales. El mundo desarrollado no tendrá interés alguno en sumar a su músculo productivo a profesionales cuyas mentes han sido modeladas para la incapacidad para competir. Sí, competir. Léase bien, medirse en igualdad de condiciones y ser capaces de superar escollos, de ser altamente creativos y de ser vistos con admiración y respeto por esos millones de jóvenes que en el planeta son educados para el progreso. Dicen que es una ley basada en la dignidad. ¿Qué de digno tiene meter a nuestros chamos en el lodazal de las limitaciones?

Algunos consideran antipático compararnos con otros países. Yo no. Un país no es una isla flotando en el espacio sideral en una galaxia desconocida. Un país tiene vecinos con los que tratar y negociar. Un país está inmerso en una realidad continental, hemisférica y mundial. Cuba -lo siento por los adoradores de ese patético tirano que es Fidel Castro- no es ejemplo de nada para nadie. Cuando cayó el muro de Berlín, las gentes de los países tras la cortina de hierro se dieron cuenta de una muy dolorosa realidad: no podían competir con las gentes de sus vecinos países y del hemisferio libre. Tuvieron los occidentales que lanzarse en una campaña de rescate y actualización para lograr la integración de esos millones de individuos que habían sido condenados a la mediocridad de la domesticación de su intelecto. Hoy, veinte años más tarde, han logrado progresar en ese menester, y los alemanes ya son iguales. Así ocurre con los cubanos; se encuentran en posición de minusvalía intelectual cuando se comparan con sus "pares" del mundo libre, aunque esa élite que manda antidemocráticamente en Cuba rellene montañas de informes panfletarios con cifras y logros que son una invención literaria.

En la búsqueda de un igualitarismo hacia abajo, empero se generará mayor distanciamiento social. Muchos harán cuanto sacrificio esté a su alcance para garantizar que sus hijos no caigan en ese bache de ignorancia y decadencia. Quienes puedan, enviarán a sus hijos a estudiar fuera. Y no me refiero a mandarlos a "Gringolandia". No, cerca, muy cerca, está Colombia, un país donde la educación es de primer nivel (aunque le duela a quienes son xenófobos anticolombianos). Los descendientes de europeos aprovecharán las ventajas que les produce su condición para conseguir que sus hijos puedan educarse en aquel continente. Los orientales, como solían hacerlo antes, buscarán matricular a sus muchachos en escuelas y liceos en Trinidad. Y Panamá está "a pata de mingo". Total, que la nueva ley, ese bodrio que pomposamente alardea de igualdad, parirá un escenario de desigualdad.

Creo, y así lo he dicho en varias ocasiones, que es tiempo de dejar de aceptar todo como si fuéramos corderitos que van camino al matadero. Creo que hay que negarse. Y negarse supone ponerse de pie. Hay que negarse a que los niños sean convertidos en focas amaestradas; negarse a que las escuelas, liceos y universidades sean espacios de domesticación política; negarse a que un perfecto extraño decida qué clase de educación van a tener nuestros hijos; negarse a que nuestros niños y jóvenes sean condicionados para el odio, el resentimiento, el rencor y la violencia.

Del maestro Guillermo Morón copio el siguiente extracto de uno de sus muchos artículos: "Una antigua costumbre de los cabildos y ayuntamientos -raíces de los Municipios y Alcaldías- demuestra que los gobiernos municipales fueron bases de descentralización del Poder, que la antigua teoría y práctica de la soberanía popular no es una invención del Estado de Derecho Republicano. 'Se acata pero no se cumple'. Pues esa es la lección para los venezolanos de esta intemperie".

Así las cosas, con el "se acata pero no se cumple", llamo a las gobernaciones y municipalidades y a las gentes de este país a rebelarnos. Y si los jóvenes tienen que perder algunas semanas o meses de clases, bueno, más tiempo se perderá en una educación maltrecha. Mucho más difícil es quitar unas cadenas que evitar que unos cancerberos pongan los candados.

miércoles, 5 de agosto de 2009

El acelerador a la Revolución


En este país unos cuantos mandan, pero esos que mandan no gobiernan

Cuando no es la basura que abunda por todos los rincones, es la falta de agua aunque seamos unos de los países que cuenta con más ríos. Cuando no es la inseguridad que agobia y acecha por todos los rincones es la inmensa cola para poder agarrar el autobús que llega tarde, atestado y es una vieja cafetera. Puede ser el trancón de proporciones colosales porque a algún pánfilo y empantuflado burócrata se le ocurrió la brillante idea de hacer una reparación en pleno horario de trabajo y abrió una tronera en el asfalto que dejó la calle reducida a su mínima expresión. O la cola más larga que ventosidad de culebra en uno de tantos bancos del Gobierno que tienen que hacer los que por esos bancos cobran su misérrima pensión porque sólo hay una taquilla abierta. Claro, hay que contabilizar también las colas para pagar la electricidad, los impuestos, el teléfono. Renovar el RIF es un acto casi heroico.

Maigualida llega a su casa en franco estado de ira. Se pregunta si será que alguien le montó un trabajo y la empavó, porque su día ha sido una retahíla de desesperaciones. De las 12 horas que estuvo en la calle, 6 fueron de desperdicio. Y para acabarla de completar, la conserje le dice que no hay luz, ¡desde hace tres horas! Y que como no hay luz, las bombas no funcionan y no hay modo ni manera de que de las cañerías salga ni media gota de agua. Ah, y que tampoco hoy vinieron a buscar la basura.

Luego de subir los 7 pisos de escaleras, con el recado de olla al hombro (3 plátanos, ½ kilo de cebollas, ½ kilo de tomates, 1 pimentón, dos ramitos de verde y otras "joyas"), Maigualida se encuentra un mensaje de su hijo Chuito pegado en la reja: "Mamá, no hubo campamento, porque había reunión de comando. Estoy en casa de Pedro. Búscame cuando llegues". ¿Reunión del comando? ¡Válgame Dios! O sea, la reunión del comando es más importante que la educación. Y resulta que Pedro vive dos edificios más allá. Y Maigua ya no tiene piernas para bajar, subir, bajar, subir. Bueno, ya se le ocurrirá al chamo regresar antes que oscurezca. Porque luego que cae el sol él sabe que hay "toque de queda".

¿Qué hay que hacer para que gobernantes, burócratas y demás especies aromáticas entiendan que la gente normal, los ciudadanos de a pie, los venezolanos sin pompa y "ciricunstacia" están hartos, hastiados, hasta el remoño de la epopeya de cada día? ¿En qué idioma tienen que hablar los ciudadanos para lograr que a gobernantes, burócratas y demás especies aromáticas les entre en el cacumen que en este país no se vive, se sobrevive, y que eso es un absurdo?

Llueve en Venezuela, pero no hay agua en las viviendas. Nos llenamos la boca pontificando sobre la majestuosidad de nuestros ríos, pero las fallas eléctricas son ya asunto cotidiano. Al país le entró un chorro de petrodólares, más bien una catarata. Pero los venezolanos sin pompa y "ciricunstacia" llevan una vida que va de mal para peor.

En este país unos cuantos mandan, pero esos que mandan no gobiernan. Porque gobernar supone que se trabaje para beneficiar a la gente, no para ser su peor enemigo.

El Presidente, trajeado de militarismo y no de civilidad, se manda con un discurso apocalíptico, en el que en medio de cientos de palabras altisonantes, apunta que va a “seguir metiendo el acelerador a la Revolución”. Es decir, acelerar significa que va a continuar destruyendo. Su revolución acaba cada día con empresas, puestos de trabajo, libertades constitucionales. Su revolución produce una corrupción nauseabunda y pantagruélica. Su revolución no soluciona nada y empeora todo.

Chávez carece del más mínimo sentido de la sensatez y la responsabilidad. Es como una advenedizo chofer en una carrera de Fórmula 1, uno que se colea entre avezados pilotos sin tener la menor idea de cómo se maneja en un circuito de alta competencia.

Y los platos rotos los pagan los ciudadanos de a pie. Y a futuro, los pagarán sus hijos y nietos.